Desde mi arcoíris

La felicidad parecía haberse colado en el interior de la casa de la puerta azul del paseo marítimo de Badalona. La casa de mis papás. Aquel día mamá estaba pintando la pared de mi cuarto, puedo decir que se le daba muy bien dibujar ángeles, pues se parecían mucho a los de verdad. Quizás el tono del cielo real no era tan celeste como ella se lo imaginaba, pero me sentía muy agradecido por el amor con el que revestía mi cuarto. Papá entró al cabo de un rato, cargado con maderas, tornillos, un martillo; a simple vista parecía todo un carpintero pero cuando mirabas más detenidamente veías en él la torpeza que lo caracterizaba. Me reí mucho cuando uno de los palo que compondría mi cuna de ensueño cayó sobre su pie y papá emitió un doloroso quejido semejante al de una niña. A mamá también le hizo gracia, pues su rostro cansado pero lleno de ilusión, dibujó una tierna sonrisa que conquistó mi alma. No podía dejar de mirarla; era tan hermosa. Y al fin, cuando papá se recuperó y mamá dejó de reírse de él, se arremangaron las mangas de sus camisas, intercambiaron una mirada donde ambos vieron reflejada su dicha y procedieron a armar mi cuna.

Esta ardua pero entretenida tarea les llevó toda la tarde, aún hoy la recuerdo con cariño y añoranza, pues en aquel momento la causa de su alegría era mi llegada. Finalmente, después de estar un rato embelesados observando mi cuarto y acariciando con dulzura la tripa abultada de mamá, apagaron la luz y salieron de él. Desde aquel instante, mi cuarto cubierto de amor y sueños, quedó desangelado durante más tiempo del deseado, hasta que otra alma volvió a iluminarlo.

Aquella noche mamá notó un agudo dolor que la obligó a acudir con papá al hospital. Y aunque la vida desde aquí se ve diferente; se siente igual o, incluso, con mayor intensidad por el hecho de poder escuchar sus corazones. Su miedo me llegó como si un viento gélido traspasase mi diáfano cuerpo. Un médico la atendió rápidamente, dejando a papá en una solitaria sala con la única compañía de su ángel de la guarda que intentaba calmar el desasosiego de su alma envolviéndolo con sus alas.

Miré a mi alrededor, aquí sobre mi arcoíris todos parecían tan felices, eran almas igual que, al igual que la mía, no tuvieron la suficiente fuerza para dar el último paso, hacia un mundo donde el odio y la envidia gobernaban los corazones de los hombres. Para ahorrarme dicho sufrimiento mi ángel me recomendó finalizar aquí mi viaje, en un lugar donde podría seguir viendo a mamá y salvar el candor de mi alma. «¿Pero cómo voy a ser feliz sin su sonrisa?», pensé. Volví de nuevo mi atención a ella, papá había dejado la soledad de aquella sala para abrigar a mamá con su amor. Ambos se encontraban ensombrecidos bajo una incandescente iluminación artificial que eclipsaba la luz propia de las almas. El doctor se dirigió a ellos dejando entrever su aflicción, a pesar de haberse encontrado, por desgracia, infinitas veces en esta situación.

—Lo siento —dijo mirando con intensidad los aterrados ojos de mamá—. El corazón de su bebé hace días que dejó de latir.

Su férrea voz llegó a mí como si un rayo procedente de la furia del Creador me traspasara. Miré a mamá. Su rostro se había paralizado, sus grandes ojos de color miel, se nublaron eclipsando su dulce mirada. El espeluznante sonido de su corazón desgarrándose llegó a mí, como el doloroso quejido de la rama de un joven árbol partiéndose.

El calor de las alas de mi ángel, arropando mi desconsuelo, alivió ligeramente mi ánimo. Siempre estaba atento a mí, pero en ese momento un pensamiento nubló todo mi ser «¿Para qué lo va a necesitar un alma que ya no se iba a ver envuelta en las vicisitudes del mundo terrenal?», pensé. Me giré hacia él y advertir mi desolación reflejada en sus ojos ocre iluminando mi alma.

—Lo superará —me dijo intentando ocultarme la falacia que escondían sus palabras.

Intenté creerle y volví mi mirada hacia aquella funesta sala de hospital. Mamá y papá se encontraban abrazados tratando de impedir que el alma del otro huyese en mi búsqueda.

Los días, dieron paso a los meses y la desolación que se alimentaba del corazón de mamá, embebió todos sus sueños desamparándola en un lúgubre vacío que colmaba su alma de melancolía.

El bálsamo que emergía de su afligido corazón y fluía por sus mejillas, había borrado la hermosa sonrisa que alimentaba mi ser. «¿Por qué no tuve la suficiente lozanía para enfrentarme a ese mundo?», pensé. Me sentía triste, pues la debilidad de mi alma había perjudicado el corazón de la persona que más amaba.

—Aún hay una posibilidad —me dijo en tono afable mi ángel.

—¿Una posibilidad para qué?

—Para volver a ver brillar la sonrisa de tu mamá. —Al asimilar la fuerza de sus palabras noté como la luz que alimentaba mi cuerpo translucido, volvía a emerger.

—¿Cuál?

—Enviándole otra alma en tu lugar. Esto no hará que ella se olvide de ti, pero sí que te recuerde con mayor intensidad y dicha.

En ese momento me tendió una de sus alas, me cogí a ella, y volamos hacia el cielo donde nací: el de las almas nonatas. Me alegré de volver, allí me sentía protegido como una perla en el interior de su concha. Tiempo atrás deseaba salir de él, ahora, después de ver lo que esconden los corazones de los hombres, sin duda lo echaba de menos. Reconocí a muchas de las almas que danzaban con despreocupación sobre las frondosas nubes. Pero debía elegir bien; no dudaba de la bondad que rebosaba en su interior, pero mi mamá necesitaba un alma especial; que sanase su dañado corazón y lo colmara de felicidad. Miré a mi ángel, dudoso de lo que estaba a punto de hacer, él me animó con una cómplice sonrisa. Y accedí a darme un paseo por mi antiguo hogar. «Todas son igual de capaces de llenarla de dicha, pero ninguna de aliviarla por completo», pensé. Entonces vislumbré una tenue luz que me era familiar, provenía de una alma que costaba de ver por su extrema transparencia. Estaba perdiendo su fuerza. Me acerqué, y lo reconocí: era el alma que nació de mi misma estrella. Creí que no volvería a verla, pero estaba equivocado. Parecía triste, busqué a su ángel por los alrededores, pero no lo atisbé. «¿Por qué no estaba a su lado aliviándolo?», pensé.

—Hola —le dije con algo de timidez. Mi voz le provocó un respingo, no estaba acostumbrado a que le hablaran. Levantó con lentitud sus ojos, sumidos en un mar atribulado por la desesperación. Su apesadumbrada mirada absorbió la escasa luz que aún habitaba en mí.

—Hola —dijo bajando de nuevo su rostro.

Me senté a su lado, intentando que la cercanía de mi ángel alumbrase su compungida alma. Al rato se sintió con más fuerzas y me contó porqué se encontraba tan triste. Semanas atrás, su ángel de la guarda le comunicó que el encuentro con su mamá estaba muy próximo. Pero éste nunca llegó. El mayor sueño de un alma: arroparse en los brazos de su mamá, no se satisfaría. Pues poco después una triste noticia eclipsó toda su esperanza. Y el ángel que le había cuidado hasta entonces, lo dejó desprotegido de su abrigo «ya no me necesita», pensó y fue en busca de otra alma. Entonces lo supe, por eso mi ángel no me había abandonado, él seguía a mi lado esperando esta oportunidad. Miré de soslayo a mi ángel, y me sonrió levantando sus alas como si todo hubiese sucedido por casualidad «Pues claro —pensé— son ángeles lo saben todo». Tenía delante de mí al elegido, él sanaría el corazón de mamá.

—Ven —le dije tendiéndole mi mano— mamá te está esperando. —Dudó pero accedió a cogérmela.

—¿A dónde vamos?

—Voy a presentártela.

Mi ángel abrió sus alas y nos porteó hasta mi arcoíris. Como desde el cielo no podíamos ver lo que ocurría en la tierra, Dios creó este lugar tan especial para nosotros, los niños que se encontraron a un paso de las puertas de un mundo demasiado cruel para nuestra naturaleza. Un hogar dónde poder sentir el calor del ángel más poderoso de la creación: nuestra mamá.

La superficie del arcoíris es aterciopelada y el olor de su aire, dulce como el de la vainilla. Todo en él te invita a sonreír. No hay lugar para la tristeza, y gracias a esta alma podría disfrutar de dicha felicidad.

—Es ella —le dije mostrándole a una mujer que se encontraba tumbada en su cama, entre arrugadas sábanas y los rayos del sol iluminado su sombría figura. Sus cabellos húmedos debido a las lágrimas de la pasada noche, se le habían adherido a la cara ocultando su hermoso rostro.

—Está muy triste —dijo, con voz tenue.

—Sí; me echa de menos, pero cuando sepa de tu existencia volverá a sonreír. —Me giré para mirarle directamente a los ojos. —¿Te gustaría tener una mamá? —Asintió sin titubear y sonrientes volvimos nuestra mirada hacia ella.

—Pero tú eras el alma que ella esperaba, ¿crees que me amará? —dijo con preocupación.

—Te amará por duplicado. Tú no solo serás su sueño, sino que también mi recuerdo.

Durante varios días observamos juntos a nuestra mamá, ella seguía zambullida en su propio mar de tristeza. Pero una mañana el resplandor del sol la despertó provocándole un fuerte dolor de cabeza. Y corrió de repente hacia el lavado, no presentaba muy buen aspecto. No entendí qué le ocurría, hasta que vino papá y ella le dio la noticia mostrando de nuevo el brillo de su sonrisa.

—Estoy embarazada —le dijo.

Papá la cogió en brazos y le dio varias vueltas en el aire, pensé que se marearía, pero aguantó y no dejó de iluminarme con su felicidad.

—Es la hora —le dije a mi hermano.

—Pero no tengo ángel —dijo mirando al mio abochornado. Sonreí admirado por su inocencia, «sin duda es el elegido».

—Mi ángel será tu guardián. Yo no lo necesito aquí arriba —dije mirando a mi alrededor, las risas de mis amigos me incitaban a unirme a su juego, pero aún me faltaba una cosa por hacer. —¿Me harías un favor? —le pregunté.

—Claro —dijo sin vacilar.

—Cuando aprendas a hablar dile que mi alma se ilumina con su sonrisa y que nunca vuelva a dejarme en penumbras.

Ocho meses después el cielo parecía presagiar lo que ese día iba a ocurrir y todos los fenómenos naturales se dieron cita esa mañana para anunciar la buena nueva. Los rayos, el viento y la lluvia se marcharon con la misma rapidez con la que habían aparecido, dejando el camino libre a un impetuoso sol que descansaba sobre el mar. Y a su lado, uno de los fenómenos más mágicos y hermosos, también quiso dar su especial bienvenida: el arcoíris.

Tras la fachada de la casa de la puerta azul, unos ángeles pintados parecían cantar de alegría susurrando una dulce melodía que llegó hasta sus oídos. Fue entonces cuando mamá asió a su recién nacido y con paso cansado fue hacia la ventana de mi cuarto, se sentó en el alfeizar y observó sonriente mi arcoíris.

—Te amo, hijo mio —me dijo entre susurros. Y yo la correspondí con una centelleante luz que penetró sus ojos, entrando en su corazón en forma del más sincero de los “te quiero”. Y feliz al ver que lo había recibido, me marché a jugar.

Fin

Mi dulce Bestia

Mis pasos se mantenían firmes gracias a la fuerza de su alma, pues en ese momento en qué la música empezó a sonar, todo mi ser dejó de existir y únicamente su amor me sostenía en pie. Alcé mi mirada con cierto temor de no encontrarlo tras el final de aquel largo pasillo, pero allí estaba sonriéndome y esperando mi llegada. Un recorrido que al disfrutarlo como meros espectadores parece relativamente corto, pero cuando eres la protagonista se te hace eterno. Sabía que no volvería jamás a mirar hacia atrás, el futuro que estaba apunto de crear era un sueño hecho realidad, pero mientras avanzaba hacia él me permití saborear con gran satisfacción el momento en que nuestros caminos se cruzaron. Giré mi mirada hacia el anciano rostro de mi padre, nunca había reparado en porqué este paseo se debía hacer acompañada hasta ahora. Él era quien me mantenía con los pies en la tierra, mientras mi mente se sumergía en un mar de recuerdos atesorados, como hermosas perlas en el interior de sus conchas, en un rincón especial de mi corazón.

Aquella mañana en qué decidí presentarme en el umbral de su casa, atraída por su oferta de trabajo, fue sin duda mi perdición. Jamás volvería a ser aquella jovencita que soñaba con vivir un romance de cuento de hadas como el de sus libros. Pues ese día me convertí, sin yo saberlo aún, en la protagonista de mi propia historia. Huérfana de madre desde los cinco años y con un padre enfermo, necesitaba salir de ese mundo de cuentos y empezar a experimentar la dura realidad. Al llegar al suntuoso pórtico, me sentí tremendamente pequeña, como una hormiga bajo la sombra de un rascacielos, creí entonces haberme equivocado, alcé mi diminuta mano con la intención de llamar a la puerta pero mi temor paralizó aquella acción, dudé, y cuando estaba apunto de volverme a casa dispuesta a desechar por completo esta futura fuente de ingresos tan necesaria para mi familia, la puerta de su enorme castillo se abrió.

«¿Me ha sentido?», pensé confundida. Tras la enormidad de aquella puerta de hierro, que impedía cualquier contacto con el exterior y mantenía a todos los que osaran acercarse alejados, lo vi por primera vez. Sus zapatos brillaban tanto que creí ver mi miedo reflejado en ellos y su traje caía sobre su imponente cuerpo realzando su figura y otorgándole una hermosa imagen. De repente me entró un deseo irrefrenable de continuar ascendiendo hasta su rostro, pero al llegar, percibí como si un viento gélido chocase contra mí, frío cual invierno en Alaska. Frente a su presencia sentí como todo mi se difuminaba hasta casi desaparecer. Noté como mis mejillas empezaban a ruborizarse hasta llegar a arder en mi cara, y por fin me atreví a mirarle directamente a los ojos. Verdes como la hierba de la primavera más bella, derritiendo ese hielo ártico que todo su cuerpo pretendía exhalar, lo convertían en un hombre capaz de ofrecer un amor como el de las historias con las que tantas veces había soñado. Su grave pero a la vez dulce voz me sacó de mi ensoñación.

¿Qué desea? —dijo deseoso por despacharme de su vista.

Yo… —titubeé, la mente se me había nublado hasta casi olvidar el motivo de aquella inoportuna visita— venía por la oferta de trabajo que publicó en internet.

Aquellas palabras debieron de desarmarle de cualquier arma que en ese momento poseía, pues tardó unos segundos en encontrar la respuesta adecuada.

¿Es usted la interesada? —dijo buscando a mi alrededor a alguien al parecer mejor cualificada para su trabajo que yo.

Sí.

Después de aquel primer encuentro y aunque noté que mi presencia le irritaba, me permitió quedarme con el puesto de trabajo. Fue a partir de ese momento cuando mi joven corazón, hasta entonces inocente y desconocedor de su poder, empezó a despertar de una larga y dura hibernación; hambriento y con ganas de conocer ese nuevo mundo que acababa de descubrir.

Los días fueron transcurriendo sin mayor sobresalto, pues cuando yo llegaba cada mañana para limpiar su imperioso castillo, él se mantenía encerrado en su habitación, a la espera de que me marchase para salir de ella. «¿Por qué se oculta?», pensé deseosa por saber qué motivos podía llevar a aquel apuesto hombre a alejarse del mundo.

Un mañana, cansada de esperar día tras día volver a ver aquellos hipnotizadores ojos verdes, decidí llamar a la puerta de su cuarto. Tras tocar la puerta que nos separaba, noté un extraño calor que traspasaba la gastada y gruesa madera. Me asusté, era como si al otro lado se estuviese incendiando la sala. Esperé unos segundos, deseando recibir cualquier respuesta suya, pero nadie contestó a mi llamada. Finalmente, desistí aterrada por todo el misterio que envolvía a aquel extraño ser.

Al día siguiente me sorprendió verlo en la sala de estar sentado, leyendo un libro. Al llegar le saludé con timidez mi interior se alivio de verlo sano y salvo, pero su indiferencia me corroboró que mi presencia no le agradaba y me dispuse a empezar mi trabajo de limpieza. Le miré de soslayo y vi como por una fracción de segundo había apartado su mirada de las páginas de su interesante libro para dirigírmela a mí. «Quizás no me odie. Quizás solo me rehuya por temor. ¿Pero a qué puede temer un hombre como él?» el hilo de mis pensamientos mientras subía las escaleras que me llevaban al ala oeste del castillo, me permitió soñar por unos segundos que él pudiera sentir algo por mí. Aquella mañana con mi coraje alimentado por aquellos sentimientos poco creíbles de un amor que jamás existiría, me dispuse a limpiar su refugio. Al colocar mi mano en el picaporte volví a sentir el calor sofocante que debía desprender aquella sala, pero no me achiqué y lo giré empujando hacia su interior con todas mis fuerzas.

Una incandescente luz proveniente del centro de la habitación me impedía ver qué ocultaba en aquel extraño lugar. Y aunque la curiosidad que sentía me invitaba a entrar, aquella sala despedía una fuerza demasiado potente que me lo impedía. «¿Pero qué…? », un feroz grito interrumpió mis pensamientos. La puerta se cerró de repente y tras de mí, apareció el misterioso dueño de la habitación.

No puedes entrar aquí —me dijo rabioso. Con cada sílaba que emergía de su boca pude presenciar la rabia que yo había despertado, después de años adormecida en su interior. Sus ojos ya no me parecieron cálidos sino gélidos y severos.

Pero yo… —titubeé, mientras bajaba mi mirada— solo quería limpiarla, señor.

No. Esta habitación, no. Limpie el resto de salas, o mejor por hoy puede marcharse.

¿Yo… —volví a enfrentarme a sus ojos— puedo saber el porqué? —Llevaba trabajando semanas y jamás había osado preguntarle nada, pero ese día, una extraña fuerza me armó de valor.

No, debería.

Pero, ¿me lo diría?

No.

¿Por qué?

Es personal. Puede marcharse, señorita…

Abigail. —«No sabe ni siquiera cómo me llamo», pensé afligida. Su mirada se tornó cálida como el sol de agosto, «¿quizás mi reacción haya causado este cambio en él?» .

Cerró los ojos, noté como exhalaba un fuerte suspiro cargado de miedos, y me miró. Su mirada dejaba entrever una misteriosa oscuridad. Me asusté. Hice un intento de huir, «debería haberlo hecho antes, cuando él me lo pidió», pensé. Pero entonces su mano rodeó con suavidad mi brazo impidiendo que me marchase.

No se vaya —me pidió.

Nunca —me acerqué a él de un modo que podía sentir el veloz latido de su corazón contra mi pecho.

La oscuridad que desprendía su mirada parecía haber disminuido a su lado me sentía segura, algo en mi interior me dijo que no debía temerle. Me cogió con delicadeza la mano, abrió la puerta de su habitación, la luz cegó mis ojos y noté como me introdujo en ella.

Abra los ojos —me ordenó con dulzura.

Por fin supe de dónde procedía aquella incandescente luz. Una esfera luminosa flotaba en medio de un jarrón de vidrio, colocado del revés sobre una pequeña mesita que había en el centro de la sala. «¿Qué significa esto?», pensé incrédula ante la insólita magia que mis ojos presenciaban.

Esta es mi alma, señorita Abigail. Tras haber sufrido lo suficiente, un día decidí desprenderme de ella y evitar así el dolor. Sí, de esta manera no era una persona completa, no podría sentir emociones, ni amar —dijo volviendo a posar sus intensos ojos verdes sobre los míos— pero su presencia —dejó que un intenso silencio nos envolviese. Estaba luchando en vano por evitar que el dulce hombre que habitaba en su interior saliese— la ha reavivado y podría decirse que hasta curado. —Se acercó a mí y me entró un deseo irrefrenable de acariciar su rostro. Pero cuando lo intentaba, él lo retiró.

Pero si he sido capaz de sanarla, ¿por qué no sé deja sentir de nuevo?

Porque tengo miedo de volver a sufrir.

Le prometo, señor que jamás permitiré que eso ocurra. Me acerqué a su rostro y le besé. —Noté como un intenso calor nos envolvía, dirigí mi mirada hacia la extraña esfera luminosa y vi como esta estallaba liberándose de su cárcel para volver a iluminar su corazón.

Por fin, después del largo y apacible viaje por mis recuerdos llegué al final del pasillo. Me coloqué junto a su cálido cuerpo, mi padre se desprendió de mi mano para entregarme a él. Le miré a los ojos y respiré feliz al pensar que nuestras almas nunca más volverían a estar solas. Desde ese día alimentaríamos su luz con nuestro amor y cuidaríamos mutuamente que nada ni nadie volviese a dañarlas.

Fin

El momento más feliz de mi vida

Hace años un anciano me preguntó por el momento más feliz de mi vida y yo no supe responderle. Me quedé en silencio, repasando todos los recuerdos que atesoraba en lo más profundo de mi corazón. No se equivoque, querido lector, ya por aquel entonces acumulaba muchos y de gran importancia, pero mis labios no se abrieron, pues ninguno poseía la fuerza que el anciano esperaba.

Hoy diez años después, si volviese a encontrarme con ese simpático hombre, no hubiese dudado en responder y describirle el único momento de la vida que merece ese honorable puesto. Ese día aún no lo conocía, no sabía cómo iba a ser ese momento en el que después de mucho soñarte te tuviese entre mis brazos alimentando mi corazón de la única felicidad en la vida que merece ese título. ¿Qué lo diferencia del resto? Su divinidad.

No sé, si con meras palabras podría describir lo que he sentido al ver tu dulce rostro por primera vez. Pero a partir de este momento, sé que no existirá mayor felicidad que la de tenerte entre mis brazos y ver pasar los minutos y las horas mientras estoy absorta admirando tu belleza.

Querido anciano, si está usted leyendo este relato me gustaría que supiese que el momento más feliz de mi vida es este.

Una navidad diferente

Los ángeles dejamos un vestigio para que las almas puras como la tuya, llegado el día, alcen libremente sus alas y regresen a su hogar. Esa huella se impregna en el corazón de la gente a través de una historia. No una cualquiera, sino la de la persona que más admiramos y amamos como humanos y, ahora, como ángeles. Esta no es solo la historia de un niño, sino la de muchos de ellos, cuyo coraje y amor crecen, día tras día, al ser regado por sus lágrimas.

La noche de la tragedia brilló por encima del resto con sus luces y festejo navideños. ¿Irónico, no? Ali se mostraba inquieta, excitado esperanzado con que aquellas leyendas que su padre le había contado sobre unos seres mágicos que se presentaban justo esa noche del año en las casas para dejarles algún un pequeño trozo de chocolate. «¿Chocolate, ni más ni menos, lo he probado alguna vez?», pensó con los ojos iluminados por la emoción con el momento de llegar a saborear aquel dulce placer. Su madre, en cambio, le habló de lo verdaderamente importante de aquellas fechas: los milagros que desde hacia miles de años se hacían realidad durante esa noche tan especial. Años en los que un niño era solo un niño y la navidad su época favorita. Su magia los envolvía como niebla espesa aunando realidad y fantasía entre dulces aromas y divertidos cánticos. El momento perfecto para reunir a la familia frente a un hermoso árbol de Navidad. Pero para el pequeño esta magia estaba a punto de desaparecer de su vida.

Justo antes de que su madre le diese un cálido beso en la frente y le arropase con su colorida manta, Ali había pedido un deseo. No se lo había dicho a nadie, pues sino, no se cumpliría. Por aquel entonces aún no sabía de qué se trataba, pero minutos después su deseo llegó a mí oculto bajo la incandescente luz de una estrella fugaz. Debía hacerlo realidad. Él, un inocente de tan solo cinco años de edad, merecía ser feliz. ¿Pero cómo?

Su madre apagó la luz de su cuarto y salió de él, dejando la puerta entreabierta para que le entrase un pequeño hilo de luz procedente del salón. Sabía que su hijo no podía dormirse si no era así, y no le importaba dejar la luz toda la noche encendida con tal de que los hermosos sueños del niño penetrasen en su alma haciéndole olvidar su realidad.

Ali escuchó como los susurros y risas, provenientes del dormitorio de sus padres, resonaban rompiendo el silencio de la casa. Un profundo suspiro salió de lo más hondo de su alma, liberándolo de su pesar y se adentró en aquel mundo onírico, donde la fantasía relevaba durante unas horas la realidad de la vigilia, para dar paso a los sueños más remotos que habitan en el corazón.

Abrió sus ojos y vio a lo lejos, en la orilla de la playa, a sus padres. He de decir que Ali nunca antes había estado en una, pero su increíble imaginación hacía que su sueño pareciese real. Sus padres le llamaron con un enérgico gesto de manos, Ali miró hacia los lados, pero no había nada que le impidiese ir. Nada que le impidiese disfrutar de aquel magnifico día, lo que le extrañó haciendo que la duda abrazase con mayor fuerza el miedo que lo acompañaba cada segundo de su vida, desde su nacimiento. Después de una espacio de tiempo relativamente corto, se confió y dejó que el miedo volara solo. Se levantó y echó a correr hacia su familia. Por primera vez en su vida la libertad alimentaba su alma. La fría arena de la playa le provocaba una placentera sensación en las plantas de los pies, liberándolo de la fuerte presión que había acumulado durante demasiado tiempo en el pecho. Al llegar a donde su madre le esperaba de rodillas con los brazos abiertos, la abrazó con toda la fuerza que su pequeño cuerpo le permitía. El nexo que los unía era como el más bello de los diamantes: duro e irrompible. Había sido un niño muy deseado a pesar de la época y del lugar en el que había nacido. Siempre pensé que era uno de los niños más amados de mundo. Y ahora que puedo ver en el interior de los corazones de la gente, lo corroboro. Lo era. Ambos cayeron al agua y la presión desapareció de su corazón. Las risas de sus padres lo arroparon en invisibles capas hechas de amor. Un amor incondicional. Un amor que traspasaba todos los confines del mundo. Y juntos entraron en una atmósfera de despreocupación y felicidad en la que nunca antes había estado.

Un ensordecedor estruendo hizo retumbar toda la casa. Abrió repentinamente los ojos. Se llevó su pequeña mano al pecho y se percató: la presión seguía comprimiendo su corazón. «Todo ha sido un sueño», pensó desolado. Esa noche Ali dejó de ser el un niño para convertirse en un adulto con demasiadas cicatrices e historias que contar. Los gritos y sollozos de la gente llegaban como ecos apagados a sus oídos. «¿Qué pasa?»

—¿Mamá? —gritó asustado— ¿Papá?

Otro espantoso estallido seguido de pequeños golpes y gritos volvió a turbarlo, arrasando con la poca felicidad que aún se hallaba en su interior. Siguió llamando a su madre, siempre acudía a su llamada. «Siempre», resonó esta palabra en su nublada mente.

—¿Mamá? —dijo entre sollozos.

Pero nadie acudió esta vez. Salió de su habitación envuelto en lo único que le propiciaba calidez en aquel duro momento: su manta. Sus ojos se abrieron como platos al ver la escena que estaba sucediendo. Fuera del umbral de su cuarto no quedaba nada. Toda su vida, todo lo que había conocido, estaba ahora entre los escombros, incluida su familia. Su casa había desaparecido. La cocina en la que había cenado la noche anterior ahora estaba oculta bajo una niebla cenicienta que le impedía hasta respirar. Se tapó la nariz con su mano y siguió intentando recordar su casa antes del desastre, con el propósito de romper la invisible linea que separaba la realidad de la ficción y sumirse en el único lugar donde había sido feliz: los sueños.

El salón donde su padre le había contado: cómo celebraban la navidad en otros lugares del mundo, cómo decoraban un bonito árbol con bellos adornos y luces y cómo la familia se ponía frente a él a cantar villancicos Historias que le parecían sorprendentes y que esperaba poder vivir algún día. Aquella noche vi un brillo especial en sus ojos, «¿Un ápice de ilusión, quizás?», pensé. Pero duró poco. Pronto se eclipsaron por la lúgubre estampa de navidad que la guerra había dejado en su corazón.

Giró la cabeza en dirección al dormitorio de sus padres. No estaba. Las paredes yacían apiladas en el suelo, el techo sobre la cama y sus padres… bajo este. El silencio se apoderó de él. De su vida. Se sintió solo en un mundo enorme, lleno de odio y maldad. Y lloró. A su alrededor los gritos y el sonido de las bombas que caían hacían retumbar la ciudad, pero para él ya solo existía el silencio. Nada por muy atronador que fuese consiguió hacer vibrar su tímpano. Ya no respondía. Como tampoco lo hacia el resto de su cuerpo.

La luz del dormitorio se encendió, su madre corrió en su auxilio, «Sabía que vendría», pensó aliviado. Abrió los ojos. Estaba transpirando, las sábanas yacían húmedas bajo su cuerpo y él seguía en la cama. La miró confuso. No era ella. Aquella mujer que había corrido a su auxilio, alertada por sus gritos, no era su madre. Esta le abrazó con fuerza, apretándolo hacia su pecho, pero Ali empezó a chillar y mover con rabia sus pequeñas extremidades. Sabía que estaba dañándola, pero aun y así, seguía notando el calor del cuerpo de aquella extraña junto al suyo. No desistió a pesar de la brutalidad de su rabieta siguió abrazándolo, transmitiéndole todo su amor. Pasados unos minutos todo acabó. Ali se calmó y entonces lo recordó. Todo había sido una pesadilla. La sombra de su pasado le acechaba cada noche. El silencio volvió a presidir su corazón.

Volvía a ser navidad, las luces se reflejaban a través de las ventanas del cuarto del pequeño, pero él no las veía. Ya hacía un año de aquel fatídico día, pero gran parte de su cuerpo seguía paralizado. Había dejado de creer en aquella magia de la que tantas veces su madre le había hablado. Su infancia se había desaparecido, al igual que sus padres, bajo los escombros. Su deseo no se había cumplido y ya jamás lo haría. Se abrazó a la mujer con fuerza, pues era lo único que le quedaba, y lloró.

Cada noche, el pequeño Ali se convertía en prisionero de su propio sueño. Una pesadilla que para muchos niños hoy en día sigue siendo real. Pero él tenía la suerte de que al despertar siempre acudía ella a su angustiosa llamada. La mujer que no era su madre pero que sí que lo era. Y le calmaba ofreciéndole todo su amor.

La guerra había dejado un vacío en su corazón. Un hueco que jamás podrá rellenarse ni curarse con nada. Sus verdaderos padres habían fallecido, al igual que sus amigos y vecinos, a consecuencia de ella. Un año después seguía sintiéndose como aquella noche de navidad en la que se despertó tras el sonido de las bombas. Solo, bajo el único refugio de su manta.

La navidad volvió a dejarse caer como un bloque de acero macizo sobre su alma. La ilusión que envuelve a los demás niños no se había dejado ver en su rostro desde entonces. Una mañana su madre le levantó temprano de la cama. «No es día de colegio», pensó Ali. Pero ella lo cogió, le vistió y le llevó hasta el coche.

¿A dónde vamos, ma… —se quedó callado, no podía decir aquella palabra— Neylan?

—A un lugar mágico —le dijo su madre dibujando una hermosa sonrisa llena de amor e ilusión y cogiendo con fuerza su mano.

En ese momento el pequeño se dio cuenta de una cosa. Fuese quien fuese esa mujer, jamás lo soltaría.

Antes de llegar, Neylan le hizo ponerse una venda para darle más expectación a la sorpresa que le iba a dar a su hijo. Ali dudó, pero confió en ella. Cogido de la mano de Neylan y Murat, el hombre extraño que estaba casado con Neylan, el pequeño llegó al maravilloso sitio. Murat le ayudó a quitarse la venda. Ali apretó con fuerza los ojos, pues se le había nublado la visión por la presión de esta, y miró al frente. Su mirada volvió a iluminarse mientras levantaba poco a poco su cabeza fundiéndose esta vez sin temor en una verdadera sensación de seguridad.

Entonces lo supe. La sombra se estaba marchando de su interior y esta vez para no volver. Aquel paisaje cubierto de nieve y con un hermoso árbol de navidad en el centro estaba sanando su herida. No era el árbol en sí, si no lo que representaba para él. La historia que su padre le había contado sobre la navidad en otros lugares del mundo era cierta. Durante sus años en Siria jamás había visto un verdadero árbol de navidad, y allí estaba frente a él. Un espléndido árbol adornado con todo lujo de detalles que resplandecían gracias a la luz de su inocente alma. «La magia existe», pensó. Miró al cielo, sabía que allí había un ángel que velaba por él. El ángel que había hecho posible su deseo. Pues la verdadera magia no es cosa de reyes magos ni de ancianos barbudos vestidos de rojo que van diciendo con voz grave “jo-jo-jo”. Esta magia venía de algo mucho más enigmático y ancestral: el amor.

Levantó su mirada, primero a un lado y luego al otro. Allí estaba, junto a sus padres, dos personas que lo amaban con locura y harían cualquier cosa por él. No eran sus verdaderos padres, pero los amaba como si lo fueran.

Toda historia acaba con un final feliz, ¿No es así? La de Ali termina bien, su oscuridad se disipa de su corazón para dejar paso a la magia que todo niño debe sentir en estas fechas. Pero no todas las historias de niños como Ali acaban bien. Yo he querido contar su historia, pues yo fui su verdadera madre. Y no quisiera que ningún otro niño sufriese lo mismo. Nuestras narraciones no siempre son alegres, pues cada día que pasa se convierten en más trágicas, pero seguimos contándolas con la esperanza de hacer reflexionar a los que aún viven.

Quizás esta no sea una historia típica de navidad, pero por desgracia no todas las navidades se viven del mismo modo. Esta es la navidad vivida a través de los ojos de mi pequeño Ali, y posiblemente la de muchos otros como él. Yo solo soy un ángel que narra historias; tú, en cambio, navegas bajo el influjo de tu corazón, no permitas que otro ángel cuente una historia como la de Ali. Nosotros solo podemos contarlas, tú puedes hacer que estas nunca tengan que narrarse. ¿Sabes ya qué historia no contarás?

Fin

El mundo de los sueños

Érase una vez en un lugar muy remoto vivía una niña de cabellos rosados y piel blanca como la nieve. Sus mejillas parecían dos cuarzos rosas y sus ojos grandes y purpuras te hacían soñar. Su nombre: Galilea. Pues así fui bautizada por mi Creadora. Vivía en un mundo especial, muy diferente al que tú, querido lector, conoces. Pero parte de él depende de ti. Tú eres un Creador. Tu mente ha creado una región solo para ti, en el mundo de los sueños.

Un lugar en el que el sol nunca desaparecía y su luz dejaba una estela brillante y un dulce olor a vainilla. Los habitantes que en él vivíamos estábamos separados por distintas regiones, que se iban, poco a poco, formando gracias a las ilusiones más sinceras y puras de su Creador.

Yo habitaba en Celeste, pues ese era el nombre de mi Creadora. Una arquitecta de sueños. Las regiones podían ser de dimensiones enormes o insignificantes. La mía pertenecía a este segundo grupo, pero no dejaba nada que desear a las del primero, ya que sus sueños eran de los más hermosos. Mi casa estaba hecha de libros, literalmente, las paredes eran columnas de tomos de todos los colores y tamaños, vista desde fuera parecía un libro abierto. Me encantaba. Era la mejor casa de este mundo, al menos. El interior de la casa era un enorme palacio lleno de páginas y páginas escritas. En ella vivíamos muchos más personajes: humanos, animales parlantes y seres fantásticos. Cada personaje tenía su propia historia repleta de grandes dosis de magia y amor. Todos estábamos acostumbrados a nuestros finales felices, pero aunque por aquel entonces no lo sabía, el mundo de los sueños estaba a punto de llegar a su fin y de mí dependía que este fuese feliz o no.

Un día en que el dulce aroma, que el viento transportaba de alguna región vecina, me despertó como cada mañana bajo el centelleante sol, salí de mi casa, feliz como siempre. Fui a saludar, como de costumbre, a mis vecinos que vivían en una hermosa casa en forma de chupete. Todos ellos eran bebés rechonchos y con grandes ojos. Pero ese día no encontré a ninguno. La ausencia de sus contagiosas carcajadas hizo que mi pequeño corazón hecho de ingeniosas ideas se debilitara. Una leve sospecha invadió mi mente y llevé mi mirada hacia mi propio cuerpo. Me sorprendí al ver que mi piel se había vuelto translúcida, en aquel momento decidí no alarmarme y me dirigí como cada mañana a buscar a mi mejor amigo.

Timoteo vivía en la región vecina. Un lugar hermoso lleno de grandes sueños. Él formaba parte de uno de ellos, un sueño de la infancia, imaginé. Pues él tenía el semblante de una pequeña comadreja, pero su pelaje era de un intenso tono azul como el mar. Me gustaba mucho ir a visitarlo pues una dulce melodía sonaba a todas horas inundando nuestros oídos y alimentando nuestras ilusiones, animándonos a soñar. Su Creador, por lo que me contó Timoteo, era un joven muy alegre llamado, en el mundo real, Javi. «Debe de ser una gran persona», pensé el día que me lo confesó. Pues no conocía personaje más dulce, sincero y divertido como mi amigo. Una mala persona no es capaz de crear sueños hermosos. Algunas de estas consiguen sortear a su propia mente con falsos sueños creando una región ególatra, pero la gran mayoría, no crean nada en él. Para mí era un privilegio formar parte de mi mundo, pues era un lugar donde la maldad no tiene cabida y las ilusiones sueñan con hacerse realidad.

Ese día, crucé el enorme umbral que separaba su región de la mía y un extraño escalofrío me envolvió. Las calles y casas seguían como siempre, pero no había nadie en ellas. Me dirigí a la de Timoteo, una especie de madriguera hecha con algodón de azúcar rosado. Nada, ni rastro de él. Sí, todos sus habitantes habían desaparecido. Por lo que deduje que su Creador había dejado de soñar. Entonces lo supe. Volví a mirar mi cuerpo, aterrorizada, y aún estaba más trasparente que antes. Me estaba desvaneciendo. «¿Pero por qué? ¿Qué nos está ocurriendo?», pensé.

No podía quedarme de brazos cruzados. Algo no iba bien y tenía que resolverlo. Sabía cómo hacerlo. El modo no era de mi agrado, pero debía intentarlo. Me armé de valor pues el lugar dónde estaba dispuesta a entrar no era precisamente agradable, y mi ser no estaba acostumbrado a ello. Debía recurrir a mi Creadora para entrar en el otro mundo, el lugar a donde viajaban los sueños rotos: el mundo de las pesadillas.

Me dirigí a lo alto de una torre que se encontraba en el centro de cada región, la mía era de color rosa como mi pelo. Era allí donde podíamos comunicarnos con nuestro Creador. Yo solía ir cada día a susurrarle historias de mi vida aquí y así alimentar sus sueños. Pero ese día estaba a punto de decirle todo lo contrario. Lo que estaba dispuesta a hacer era cruel. Y aunque la amaba con locura, puesto que yo era fruto de su mente, debía hacerlo.

Llegué a la cima en pocos minutos gracias a un ascensor totalmente acristalado que se encontraba situado alrededor del edificio. A medida que iba subiendo este también lo rodeaba permitiéndome así contemplar sin ninguna complicación todo lo que albergaba mi región, desde las altas montañas nevadas donde se decía que vivía una niña con su abuelo, hasta un hermoso mar repleto de seres mágicos. La sala más alta de la torre estaba decorada con suaves sillones de terciopelo, y figuras de caballos alados, como los que solía ver sobrevolando mi cielo. Un único libro presidia el centro de la sala. Custodiado con delicadeza por un cristal que impedía el contacto directo. Su nombre estaba escrito en letras doradas que parecían brillar al leerlas. Reconocí la silueta de la imagen de la portada, era Amel, una de mis compañeras, y sobre ella las palabras seguían incitándote a leerlas. Las había leído todas las veces que había subido, pero esta vez me detuve más de lo normal, aunque no tenía tiempo, eclipsada por la fuerza de su mensaje: «la magia del amor». Conocía a sus personajes, pues vivían en mi casa, y también su historia. Y como último objeto y no menos importante que aguardaba deseoso formar parte del mundo real: una cuna hecha de madera y pintada de un suave tono celeste. Me acerqué decidida a la ventana. Miré hacia mi casa y la de mis pequeños vecinos, con añoranza. Suspiré. Cerré mis ojos y grité mis palabras para que le llegaran a Celeste con mayor intensidad.

Nunca lo conseguirás. Nunca serás escritora ni —titubee— madre.

Mis duras falacias calaron antes de lo que pensaba en su mente. «¿Quizás alguien ya se las había dicho antes que yo? ¿Pero quién? ¿Y por qué?», pensé. Una luz me envolvió con fuerza. Sentí un profundo dolor por todo mi cuerpo y como si de magia se tratase, me desvanecí.


Tardé unos segundos en volver a notar mis pies sobre el suelo. Pero no abrí en ese momento los ojos. Estaba asustada, aquel lugar me trasmitía un vacío enorme. Su hedor traspasaba mis fosas nasales penetrando hasta mi garganta. Hacía frío y a través de mis párpados aún cerrados noté la inmensa oscuridad que me rodeaba. Abrí los ojos. Y lo que vi me aterrorizó. Era horrible, era el peor mundo que podía existir. El sol allí no hacía acto de presencia, en su lugar una pequeña luna de color carmesí gobernaba los cielos del mundo de las pesadillas. Mi ilusión por lo que siempre había creído: los libros, la palabra escrita, las historias de amor y fantásticas, estaba disipándose y cubriéndose de bruma. Cada vez veía más difícil llegar a cumplir el sueño de Celeste. Ya jamás escaparía de este mundo infernal.

Miré a mi alrededor sin saber a ciencia cierta qué era lo que buscaba. Me encontraba en una región. «¿Será la de mi Creadora?», pensé. Pero cuando vi mi casa, no tuve ninguna duda. Allí estaba en forma de libro abierto. Aunque no parecía la misma: su aspecto era lúgubre, el tejado estaba lleno de moho y las paredes hechas de libros rotos. Mi ser se llenó de la más profunda melancolía al ver aquella imagen. Todo estaba exactamente igual que mi región, pero engalanado con un aspecto siniestro. Y lo peor de todo es que vi en ella a todos los personajes que Celeste había creado: los bebes, los personajes de cuentos e historias que salían de su ingenio, los animales fantásticos, etc. Solo faltaba yo. Y ahora ya no quedaba nadie en mi mundo. «¿Significa esto que Celeste ya nunca volverá a soñar?», pensé. Nadie podría susurrarle ya sus sueños. Miré con atención a los personajes con los que había convivido durante toda mi vida. Algunos ya estaban cuando yo nací, otros llegaron más tarde, pero todos éramos una gran familia creada a partir de nuestra arquitecta de sueños. Pero parecían diferentes. Me acerqué a Amel, la protagonista del libro que con tanto cuidado se custodiaba en la sala más alta de la torre, pero no parecía verme. Me dirigí apesadumbrada hacia Samuel, un hermoso bebé que se encontraba sentado sollozando. «No ríe», reparé horrorizada. Quise calmarlo, pero sus grandes ojos estaban velados, no me podía ver ni sentir. Dejé atrás esos horribles sollozos que perturbaban mi ser y levanté mi mirada «Debe de quedar parte de mi mundo en algún remoto lugar del corazón de estos personajes», pensé. Seguí caminando por aquel mundo, esperando encontrar un ápice de ilusión y color en él, pero lo que encontré aún me conmovió más. Sentado sobre un banco de madera astillada estaba Timoteo. Su pelaje que antes brillaba con un precioso tono azul ahora era gris, como el resto de personajes que me había encontrado. Ninguno mantenía su color. Era como si este mundo se hubiese impreso en tonalidades grises. Me acerqué a él, lo echaba de menos, al fin y al cabo había sido mi mejor amigo. Pero éste no se inmutó al verme. Sus ojos me miraban, pero por primera vez en su interior pude ver la Nada. Muchos libros y películas del mundo real la representan como algo físico,una niebla, un lugar… Pero no. La Nada es la ausencia de ilusión. Agaché mi cabeza, apesadumbrada, y con más valor que nunca decidí arreglar esta situación. No sabía cómo, ni qué estaba sucediendo, pero existía en alguna parte de ese terrible mundo una oscura fuerza que estaba destruyendo los sueños.

A lo lejos, encontré una torre que se alzaba hasta el cielo. Se parecía a las que existían en mi mundo, pero ésta era oscura y su cúpula estaba cubierta de una neblina gris que engullía todo lo que encontraba a su paso. Después de quince minutos subiendo escalones por fin llegué a la cúpula. «Son tan crueles que no ponen ni ascensor», pensé. No sabía por qué pero mi intuición me advertía del peligro en el que entraría al cruzar la puerta. Me vinieron a la cabeza mis vecinos de cuentos, mis bebes y mi mejor amigo Timoteo, y la abrí: por ellos, por Celeste y por mí. En su interior se encontraba el ser más terrorífico que jamás había visto. Un personaje oscuro de mirada aterradora, dientes afilados y sonrisa malévola. Aún no me había visto. «Por suerte», pensé. Y me quedé observando lo que hacía. Con la ayuda de una especie de megáfono pregonaba palabras a los cuatro vientos. Su voz resonaba por todo su mundo inundándolo así de un atronador sonido.

—Eres mala, muy mala escribiendo. Jamás llegarás a nada. Tus historias no llegaran a ver nunca la luz. —Mi corazón dio un agudo respingo como respuesta a dichas palabras. Él era el ser que me estaba destruyendo.

Sin querer, choqué contra una mesita que había a mi lado y una lámpara que desprendía una luz roja se tambaleó, provocando un estruendo que alertó al ser. Se giró con rapidez hacia mí. Sus ojos me penetraban, estaban completamente vacíos. Su oscuridad era infinita y en ellos me sentí perdida y desalentada. Estaba aplastando con su mirada toda la ilusión que quedaba en mi interior. «¿Qué estoy haciendo aquí? Él tiene razón: jamás llegaré a ver la luz en el mundo real», pensé hechizada por su oscuridad. Me sonrió. Parecía satisfecho de verme en su mundo ¿Quizás era lo que pretendía? Entonces lo supe. «Esta era la advertencia, pero ¿quién la había puesto en mí? ¿Celeste? Quizás no sea demasiado tarde», pensé más animada. Ella deseaba seguir soñando y me lo había comunicado con aquel sentimiento que había hecho brotar en mí. Él quería que viniese para acabar con mi ilusión y así crear en la mente de Celeste la más profunda Nada. Pero estaba equivocado, no había venido gracias a él, sino que había llegado por ella, desde su mundo me había guiado y juntas pondríamos fin a todas las pesadillas. No retiré mi mirada de la suya, aunque me costó, la aguanté desafiándole. Él parecía sorprenderse pero no se achicó. Se apartó de aquella especie de megáfono y se acercó estrepitosamente a mí. Parecía molesto ante mi perseverancia y, finalmente, al ver que no me inmutaba ante su presencia me gritó con fiereza:

—¡Fuera! —Su voz turbó a todos los seres de su mundo. Llevando su atención hacia aquella oscura torre.

—JAMÁS —dije.

Miré tras él, y una idea brotó en mí. «Gracias», pensé agradeciendo su fiel ayuda. Corrí a través de él, sin duda yo era más ágil, y llegué al megáfono. Lo miré, su rostro ahora reflejaba miedo. Lo que confirmó mis sospechas y me dio la fuerza para actuar.

—NUNCA DEJES DE SOÑAR. CREE EN TI, CELESTE. SERÁS UNA GRAN ESCRITORA Y… —volví a titubear pues sabía cuánto deseaba ese sueño— UNA GRAN MADRE.

Aquellas palabras que salieron de mi boca cayeron como finos copos de nieve sobre aquel ensombrecido mundo, cubriéndolo de luz y alegría. No solo había ayudado a Celeste sino que mis palabras habían devuelto la ilusión a muchos más Creadores.

En aquel momento, algo estalló con fuerza tras de mí. Me giré, y vi caer una pluma negra al suelo. No había rastro de aquel ser, tan solo aquel objeto. La cogí y en aquel momento vi, a través del ventanal de la torre, como todos los seres de aquel lugar habían vuelto a su verdadero hogar. Acto seguido sentí un plácido calor por todo mi cuerpo y me disipé, como la nieve al caer a un húmedo suelo, sin dejar rastro.

Para mi sorpresa no regresé de nuevo a mi mundo, sino que aparecí en otro, el real. El mundo de Celeste. Ella y aquella extraña pluma me habían dado la vida. Y hoy, querido lector, si estás leyendo estas palabras, tú eres testigo de que los sueños se hacen realidad.

Fin

Dedicado con cariño a mi primo Javi que este año nos dejó en el mundo real pero que seguirá habitando siempre en el mundo de los sueños.

El falaz sabor de la felicidad

 

La mañana en que llegó Juan era fría. La niebla cubría todo lo que podía verse tras mi ventana. Sentía como si me estuviese quitando parte de mi oxígeno, y quizás así fuese. Mi vida ya no tenía sentido. Mi familia, mi pareja, mis amigos, etc. Todo parecía insípido después de haber probado el sabor de la falsa felicidad. Una falacia que envolvió todo mi mundo y de la que pocos consiguen escapar. Y cuando todo parecía perdido, llegó él.

Cansado de pasarme las horas y los días mirando a la nada, desde la ventana de mi cuarto, me giré dando la espalda al mundo real. Y allí estaba Juan, de pie junto la puerta. No lo había escuchado entrar, de hecho era imposible que hubiese entrado por la puerta, pues la llave siempre estaba echada. Llevaba meses en aquel cuarto, saliendo muy de vez en cuando por necesidad. Pero él había entrado. ¿Cómo? Más adelante lo sabrás. Pero en aquel momento yo tampoco lo sabía. Así que, creo que lo más justo es que ambos juguemos las mismas cartas y que tú, al igual que yo, en aquel entonces, tampoco lo sepas.

¿Su aspecto? No sabría cómo describirlo. Era un ser diferente. Medio hombre, medio animal o quizás otro tipo de criatura. Con el paso del tiempo, me di cuenta de que su semblante iba cambiando, adquiriendo formas cada vez más inverosímiles.

Me sonrió y me sentí, por primera vez después de meses, bien. Fue como si parte de él entrase en mi interior y me llenase de vida. Desde aquel momento nos hicimos inseparables. Siempre estaba a mi lado. Nos divertíamos juntos y hablábamos largo y tendido sobre la vida. «Un gran amigo», pensaba.

Pero, poco a poco, aunque no física pero sí psicológicamente fui pareciéndome a él. Sus pensamientos se difuminaron en una capa perfectamente homogénea con los míos. Mis seres queridos empezaron a notar algo extraño en mí. Mi mirada, decían, había cambiado y mi silencio ya no era tranquilo, sino más bien tenso. Julia, mi novia, lloraba cada vez que hablaba conmigo. No entendía el porqué en aquel momento. Yo me sentía feliz, después de muchos meses atrapado en la más absoluta indiferencia. Pues lo peor que le puede pasar a una persona es sumergirse en ese mar. Te ahogas en él sin llegar a sentir nada. Y cuando quieres darte cuenta ya es demasiado tarde para salir a la superficie. Pero mi familia no creía que yo estuviese saliendo a ella, sino que seguían viendo como me hundía sin ni siquiera enterarme.

Pasaba los días encerrado en mi habitación igual que antes, pero con la diferencia de que ahora no miraba nunca por la ventana. Aquella pequeña abertura que me mantenía conectado al mundo real, ahora estaba siempre de espaldas a mí. La luz del sol no llegaba a penetrar ni un solo átomo de mi cuerpo. Seguía en la oscuridad, sí, pero no estaba solo, tenía a Juan. Era mi mordaz lazarillo, pues yo me encontraba ciego y solo, en medio de un mundo extraño en el que él me guiaba a placer. Su visión del mundo se introdujo en mi como el hilo en una aguja en mi ser. Creía ver el mundo tal y como era de verdad gracias a él. «Crecí entre falacias», pensaba. Y me sentí confuso y enfadado a la vez con mis seres queridos. Me distancié, aún más, de ellos pero seguía en continuo contacto con mi fiel amigo Juan.

Un día, mi novia entró en mi cuarto. Hacía mucho que no entraba en él. Para mí era muy personal, pues en él estaba lo único en lo que de verdad creía. Todo lo que había al otro lado de la puerta de madera de haya, que custodiaba mi habitación, era mentira. Según Juan: ella, mi familia y mis amigos me habían mentido. El hedor a habitación cerrada y sudor le provocó una pequeña arcada que disimuló colocando la mano sobre su boca y tapando sus fosas nasales. La miré con un ápice de odio, nunca antes lo había hecho, y ella se sobresaltó. Sus ojos me hablaron aterrorizados. En aquel preciso momento olvidé aquel sabor que me había llevado al infierno en el que me había refugiado y recordé lo mucho que la amaba.

Me sentí atrapado. Sin saber qué hacer. Mi única certeza en ese momento era que: “no quería, por nada del mundo, perderla”. Mis ojos se empezaron a empañar y, poco a poco, me fui acercando a ella. Estaba igual que antes de que todo esto empezase, antes de que la droga consumiese mi ser. Todo parecía estar en silencio pero un sibilante susurro me alejó de ella, llevando mis pensamientos a un lugar mucho más lejano y frío. «No. Detente. No vayas hacia ella. Es mala», me decía. Pero por primera vez ignoré aquella voz hipnotizante y la abracé. Recuerdo que pasé el resto del día a su lado, llorando de impotencia por no saber cómo salir a la superficie. Me abrazó con fuerza y me dijo al oído:

Yo te sacaré de aquí.

En ese momento me la imaginé tendiéndome su larga cabellera, como hizo en su día la princesa Rapunzel de los hermanos Grimm, pero en mi caso era para salir de allí, no para entrar. Mi “princesa” era libre, yo no. Y gracias a su apoyo tomé una dura decisión: distanciarme de Juan.

Juan no se lo tomó nada bien. En los días que siguieron a este acontecimiento su voz resonaba con mayor furia en mi interior. Su aspecto se había vuelto diabólico. Pero me giré hacia la ventana de mi cuarto de nuevo y observé lo que aquella pequeña muestra de verdad me revelaba. Vi a Julia saliendo de nuestra casa con Anec, nuestra preciosa perra mestiza. Mi novia estaba igual de bella que el primer día que la vi, tan natural, tan alegre y viva como siempre. Ella era mi anti-yo, todo lo que yo no tenía ella lo poseía en grandes cantidades. Deseaba ser un poco más ella y menos yo. «¿Quizás fuese eso lo que me enamoró de ella? ¿Y lo que me distanció? Si no me amo a mí mismo, ¿cómo podré amarla de verdad? Nunca había llegado a esta conclusión ¿Por qué ahora? ¿Qué está cambiando en mi?», un hilo de pensamientos saturó mi mente durante unos minutos. Sin duda el distanciamiento de Juan me estaba aclarando las ideas. Su presencia y su sibilante voz seguían incordiándome pero lo ignoraba. Seguí observándola mientras jugaba con Anec y, entonces una mueca extraña para mí se dibujó en mi rostro. Estaba sonriendo. Había recuperado algo que creí haber perdido para siempre: mi ilusión. Ella lo había conseguido. Me estaba sacando de la profundidad. Me estaba salvando. En aquel preciso momento, mi corazón empezó a latir de nuevo con fuerza como hacía antes de que todo esto empezase.

Y del mismo modo en que aquella ventana había atraído a Juan hacia mí, encerrándome en mi mundo sin prestar atención al verdadero, también lo hizo poco a poco desaparecer. De igual manera en que entró en mi cuarto sin yo enterarme, se desvaneció. Había llegado a la superficie. Entonces lo supe. Fui yo quien le abrí la puerta al probar aquella sustancia que inundó todos mis sentidos en un mar de locura. Pero también fui yo quien le dio la espalda hasta que desapareció.

Hoy Juan forma parte de mi pasado. Un pasado que no quisiera olvidar jamás, ya que irremediablemente, yo era Juan. Mi nombre verdadero es Gabriel, pero con el tiempo me fui dando cuenta de que aquel personaje lo había creado yo. Cogiendo, de forma inconsciente, la primera sílaba del nombre de Julia y de Anec, los dos seres que mantuvieron a mi corazón con vida. Dando de este modo forma a un horrible ser que me hizo perder la ilusión por soñar y, sobre todo, por vivir mis sueños.

Aún hoy le sigo agradeciendo su visita. Ahora sé las consecuencias que el falaz sabor de la felicidad puede acarrear de forma invisible para muchos y destructiva para otros. Un sabor que dura toda la vida y que aún hoy siento. Pero no con deseo de volver a probarlo. Juan me enseñó a odiarlo con todas mis fuerzas. Desde aquella fría mañana han pasado ya cinco años. Y hoy, ya en la superficie, cogido siempre de la mano de mi mujer, estamos a punto de cumplir nuestro mayor sueño: ser padres.

Con este escrito quiero agradecer, primero a ti lector que hayas leído mi historia y espero que gracias a ella, Juan también haya conseguido crear en tu interior una emoción especial. Una emoción que solo pueden sentir las buenas personas: empatía. Es fácil juzgar, pero es tremendamente difícil empatizar con la persona que es juzgada. Espero que seas de los que se complican la vida pues solo así se consigue un mundo mejor. Y segundo a mí mismo. Suena ególatra, pero conseguí apreciarme lo suficiente como para volver a amar, y por supuesto a soñar.

Recuerda, si dejas de soñar lo pierdes todo, caes en la indiferencia. Pero si sueñas, serás capaz de conseguir hasta lo más inesperado, como este pequeño milagro que está a punto de nacer iluminando aún más mi mundo después haber estado en la más profunda oscuridad. No hay nada perdido, todo está por soñar.

Fin

La mirada de tu corazón

Si miras con los ojos no verás lo que la vida tiene que mostrarte, abre tu corazón y mira a través de él, solo así comprenderás la verdad.

Recuerdo como si hubiese sucedido ayer, la primera vez que vi mi reflejo. Tenía tan solo dos años y pasé por delante del espejo de la habitación de mamá con mi paso torpe, similar al de un tentetieso. Me paré frente a él y vi el rostro de un niño. «Ese no soy yo, yo soy una niña», pensé. Y asustada, corrí, con las lágrimas en los ojos aún esperando resbalar por mis mejillas, hacia mi madre. Ella me sonrió, pensé que no me comprendería, pero olvidé que las madres siempre lo hacen, porque ellas no nos ven con los ojos sino con el corazón. Me asió en sus brazos, limpió el bálsamo que mi corazón dolorido había vertido sobre mi rostro y me llevó de nuevo frente al espejo. Ambas miramos nuestros reflejos, y volví a ver a ese horrible niño, pero ahora, sobre los brazos de mi mamá. Oculté asustada mi rostro en su pecho y con dulzura me dijo:

—Tu reflejo no te representa, cariño. Solo es algo que vemos con los ojos. Ciérralos. ¿Qué ves? —me sorbí los mocos y traté de cerrarlos intentado calmar mi temor.

—Una niña —dije con timidez y algo de preocupación por su reacción.

—Pues ahí tienes tu verdadero reflejo, y así será siempre. Tú eres y serás siempre mi princesa.

La abracé, nunca me había llamado princesa y me encantaba pensar que pudiese ser como Ariel de “La sirenita”, ella también era algo diferente por fuera, y cuando consiguió su sueño, todos la seguían amando por su interior. Si lo piensas bien la apariencia es efímera y el tiempo poco a poco la erosiona hasta dejarla irreconocible, pero el alma que es custodiada en su interior siempre se mantiene igual y será ella la que un día ascenderá a nuestro verdadero hogar.

Después de sentirme como una verdadera princesa algo dentro de mí, empezó a rugir y noté como si destripara con sus garras mi falsa apariencia para mostrar su verdadero rostro. Volví a mirar al reflejo del espejo y, esta vez, vi una hermosa niña en brazos de mamá. Entonces los supe. Mi alma se había abierto paso por la falsa fachada de mi cuerpo. La vista nos engaña, el corazón es el único que comprende la realidad.

Una segunda oportunidad

“Un sueño solo puede triunfar sobre la realidad si se le da la oportunidad.”

Stanislaw Lem, escritor polaco.

El sonido chirriante de la puerta apagó toda la algarabía que los inquilinos del lugar emitían. Un hombre de unos treinta y cinco años de edad que vestía con unos trekkings, pantalones de montaña gris oscuros y una camiseta azul con el logotipo del refugio, entró cogiendo con su mano derecha una correa que un agitado perro, blanco como la nieve, mordía como queriendo jugar con ella.

Lucas llevaba cinco años como voluntario en la perrera y sabía perfectamente el lamentable estado en el que llegaban. La heridas físicas sanan con el tiempo, pero las psicológicas son las más costosas de curar, pues para alcanzarlas tienes que ser capaz de penetrar en el corazón lacerante del enfermo. El paciente carácter del joven permitían con el tiempo llegar hasta ese organo dañado y rescatar lo que quedase de él. Al percibir el miedo del cachorro, se agachó poniéndose a su altura y con un suave susurro lo intentó calmar.

Tranquilo, compi. Yo sé que eres un buen chico, pronto encontrarás a alguien que también lo sepa ver —dijo mientras acariciaba su cabeza—, pero hasta entonces estarás acompañado de alguien muy especial. —Abrió una jaula. Miró al fondo. Y en una esquina ensombrecida yacía asustada una hermosa hembra de color azabache. Toda ella parecía diluirse en la oscuridad tan solo alguna cana en su hocico que dejaba entrever el paso del tiempo en su rostro y sus tristes ojos la delataban—. Mira, Sombra, a quien te traigo —dijo animadamente.

«¿Sombra?», pensó el agitado perro. Su corazón desaceleró en un instante y una sensación contraria enfrentó su pensamientos: por un lado deseaba que fuese ella, por el otro preferiría que ella no siguiese allí. Aquel conflicto mental lo estaba agotando hasta que finalmente decidió levantar su mirada asustada del suelo y ambos pensamientos se unieron en uno. Al verla sus orejas, antes empinadas por la ansiedad, cayeron hasta quedarse como las ramas de un sauce llorón.

Lucas soltó al nuevo inquilino en el interior de la jaula. Su nuevo hogar. Después de comprobar que sus comederos y bebederos estaban llenos, volvió su mirada y suplicó para sus adentros una segunda oportunidad para ellos.

Bueno, chicos, seguro que tenéis muchas cosas que contaros. Portaos bien. Y, Sombra —dijo mirando a su vieja amiga—, no seas muy dura con él. —Abrió la verja y tras de él la cerró corriendo el pestillo.

En el refugio, Sombra era una de las más veteranas. Sus ocho años de edad y su color negro azabache la condenaban a ser una perra sin más opciones que la muerte. Su fecha de salida de éste ya estaba marcada en el calendario de Lucas, con un gran círculo rojo. Tenía que hacer lo posible porque aquel fatídico día no llegase. «Ésta es, posiblemente, su última oportunidad», pensó.

El recién llegado se acercó tímidamente a la perra que seguía camuflada entre las penumbras. Llevando su cola como si estuviese pegada con super glue a su barriga.

Hola, mamá, sigues aquí —dijo en tono apesadumbrado.

La perra lo miró afligida. Llevaba mucho tiempo confinada en su mundo, donde nada ni nadie podía hacerle daño. Sola resguardada en su propia áurea lúgubre conseguía sentir una sensación que se disfrazaba de felicidad. Pero aquel perro… «No es posible», pensó. Se acercó a olerle.

¿Copo? —dijo con un débil hilo de voz.

El pequeño asintió tímidamente.

Has… has vuelto. —Su mirada apagada se convirtió en vidriosa a consecuencia de las lágrimas que intentaba retener. No podía creérselo—. Pero ¿por qué? —dijo mientras lo cubría de babas de arriba a abajo con su ajada lengua.

Dicen que soy muy nervioso y agresivo y que… no tengo arreglo —dijo agachando avergonzado su mirada.

¿Agresivo? —Rio con dulzura, pero si tan solo tienes siete meses. Eres un cachorro.

Mordisqueé un poquito el sofá y eso no está bien. Me lo hicieron saber de muchas maneras: primero se reían de mi conducta graciosa mientras me decían que eso no estaba bien, luego me echaban del sofá y me gritaban un NO rotundo que conseguía asustarme y, por último, me pegaban para ver si lograba entenderlo. Pero para mí era un juego, me lo pasaba bien, no creí que tuviese mayor importancia. Supongo que tenían razón, ya no tengo remedio. Soy un mal perro —dijo con tristeza.

Oh, no, cielo, solo eres un niño. Has de jugar y aprender qué está bien y qué no a ojos humanos, pero tú no eres un mal perro. Son ellos los que no han sabido comprenderte. No te entristezcas, verás cómo pronto habrá alguien que sepa ver en ti toda la bondad que alberga tu corazón.

El pequeño se acercó a su madre, su olor era inolvidable, le transmitía esa paz y seguridad que, desde su separación, no había vuelto a sentir. Dio un par de vueltas frotándose contra ella, hasta que finalmente se dejó caer agotado, acurrucándose entre su cálida tripa. Hacía meses que no se sentía tan en casa como ahora, a pesar de estar encerrado en una fría jaula de metal.

Me quedaré aquí contigo, hasta que te lleven a ti también —dijo mientras un sonoro bostezo se abría paso, relajando así su alma.

Eso sería mucho tiempo, cariño, desgraciadamente no creo que nadie quiera adoptar a una perra como yo —lo miró directamente a los ojos—, pero tú,Acercó su húmedo hocico al de su hijo.— un hermoso cachorro lleno de vida, pronto encontrarás a la familia que Dios creó para ti. Que te ame tal y como eres, que sepan tener paciencia y educarte y, sobre todo, que te vean como uno más de su familia.

Pero tú

Sombra negó sutilmente con su cabeza adivinando los pensamientos de su hijo.

Yo seré feliz soñando día tras día en lo dichosos y amados que son mis cachorros. Me paso las horas imaginándoos con vuestras familias humanas: jugando, correteando por un frondoso parque verde, comiendo comidas deliciosas… Y el día menos pensado me dormiré para siempre pensando en cuan felices sois. Vosotros sois lo único bueno que la vida me ha dado y siempre estaré agradecida por ello. Cariño soy feliz pensando que tu y tus hermanos sois dichosos con vuestras familias y solo espero que percibáis mi último aliento cargado de amor, como una caricia para vuestras almas.

¿Mamá? —dijo mientras sus ojos se aguaban.

¿Sí, cariño?

¿Los humanos son malos?

No, hijo, ellos solo se equivocan igual que nosotros; igual que tú al romper su sofá, que yo al morder a mi antiguo dueño… Los humanos, al ser seres creados con mayor complejidad, tienen más responsabilidades y quebraderos de cabeza que nosotros jamás podríamos comprender. Por este hecho algunos se acaban extraviando, hasta tal punto que son capaces de dañar a seres tan indefensos como nosotros.

¿Mordiste a tu dueño? —dijo dubitativo.

Sombra afirmó en silencio. Después de tantos años aún cargaba con la culpa por aquel horrible accidente.

Él se enfureció mucho porque yo, creyendo que jugábamos, cogí uno de sus juguetes humanos y me lo llevé. Pero al parecer para él no era un simple juguete y… —Una lágrima brotó por sus ojos— me cogió de la cola y me pegó, no era, ni mucho menos, la primera vez que lo hacía, pero aquella vez su furia se interpuso sobre la razón. Sé que fue un error, pero me sentí completamente indefensa, él seguía golpeándome y yo no podía hacer nada y antes si quiera de pensarlo tenía entre mis dientes su carnoso brazo.

Permanecieron un buen rato mirándose mutuamente; una avergonzada y el otro apenado.

Mami, no tienes que sentirte culpable, él te estaba dañando.

, pero… —Cerró los ojos dejando entrever una cicatriz sobre el parpado— Un perro nunca ha de hacerle daño a su dueño —Volvió a abrir los ojos—. Nuestro amo, sea como sea, es nuestro principal sustento de vida: él nos cría, nos educa, nos alimenta, nos da cobijo… Le debemos mucho y sin saber cómo ni por qué lo adoramos. Y ¿sabes, cariño?, aunque me hizo mucho daño, aunque me obligaba a cazar para él, disparando su temible arma junto mi agudo oído —Desde entonces, uno de sus tímpanos quedó dañado para siempre—. Sigo respetándolo y… amándolo por todos los años que me cuidó.

¿Qué pasó después de que le mordieras?

Un día, como otro cualquiera, salimos a cazar. Me sentía feliz, aunque sufría por el inmenso sonido de las balas que pasaban cerca de mí yo disfrutaba de pasar una mañana a solas con él, solo entonces se mostraba atento y cariñoso conmigo. Yo me sentía útil. Pero… ese día él no cogió su arma —Una lágrima se deslizó por su ahora blanquecino lagrimal—. Me llevó muy lejos, estuvimos como una hora en el coche. Y cuando por fin creí que habíamos llegado me abrió la puerta en mitad de la carretera, me echó del coche y se marchó. Jamás volví a verle —dijo en tono afligido.

¿Sabes? —dijo en tono alegre para animar a su madre.

¿Qué?

Un día en el parque me encontré con Aire. Había crecido mucho y su pelaje brillaba bajo el sol. Jugamos durante horas, o al menos eso me pareció a mí, hasta acabar rendidos en la hierba del parque. Luego su mamá humana la cogió con dulzura, al verme junto a Aire no me reconoció, supongo que mi aspecto no era como recordaba, y juntas se marcharon felices de tenerse mutuamente. Me alegré mucho por ella, pero entonces miré a mi dueño y… me entristecí de no haber encontrado yo esa complicidad.

¿Aire?, ¡oh, mi pequeña! Sí, la recuerdo, casi no le dejabais leche entre tú y tus hermanos —sonrió al recordar aquellos momentos.

¿Mamá, crees que algún día volveremos a estar todos juntos?

Algún día —dijo mientras seguía inmersa en sus pensamientos, moviendo lentamente su cabeza de arriba a abajo. Una tímida sonrisa se reflejó unos segundos en su rostro. Sabía que algún día así seria, quizás no en la tierra, pero volvería a reunirse con todos sus cachorros y entonces, por fin, seria feliz.

La puerta volvió a chirriar. La melodia habitual del refugio se silenció. Los inquilinos se mantuvieron alerta, y algunos incluso se separaban de las puertas de su jaula, intentando ocultarse entre las sombras. El miedo empezaba a correr por sus venas, pues en escasas ocasiones esa señal era síntoma de un acontecimiento positivo, pero, esta vez, se equivocaban. Una mujer de unos treinta años de edad apareció cogida de la mano de una hermosa niña de no más de cinco años. Ambas seguían, una en silencio y la otra dando saltos y hablando por los codos, a Lucas, el voluntario que hacía unas horas había dejado a un asustado cachorro en el interior de una oscura prisión embarrotada junto a Sombra, su madre.

La pequeña se acercaba animadamente a todas las jaulas que envolvían el largo pasillo. La madre en cambio observaba desde la lejanía. Hacía tiempo que su mundo se había eclipsado por culpa de su marido, y vivía en el interior de una burbuja de la que en pocas ocasiones salía.

¿Estás bien? —le preguntó Lucas aparentemente sereno, mientras en su interior su corazón palpitaba con furia al mirarla.

Un día hace ya seis meses, ambos se vieron por primera vez en el lugar menos esperado, pero como dicen: las cosas pasan cuando han de pasar, y la vida está llena de sorpresas. Y así mientras ambos esperaban para entrar en la consulta con sus respectivos psicólogos, sus almas se sintieron atraídas y empezaron a engendrar una llama en su interior. Inés, debido a su experiencia anterior, era como una pared de hierro macizo por fuera: fría y dura, pero su alma se estremecía cada vez que el joven la rozaba.

La joven afirmó en silencio con la cabeza, dejando que el contacto de la mano de su amigo la envolviese en una atmósfera diferente a su habitual océano de terror. «¿Seré capaz de volver a amar algún día?», pensaba, lo que ella no sabia al menos en ese momento era que esta capacidad es involuntaria y su magia inmortal. Su amarga vida la había llevado a pasar por horribles circunstancias creyendo que su alma jamás sanaría, pero se equivocaba pues un extraordinario ser estaba apunto de entrar en su impenetrable corazón.

Tranquila —le susurró Lucas dulcemente al oído, antes de darle un cariñoso beso en la mejilla—. Es ella. —Señaló al interior de la jaula, justo donde se encontraba una oscuridad que tan solo dejaba entrever dos bolas brillantes, los ojos de Sombra.

 

La mirada de Inés y de la perra se encontraron, ambas de una profunda tristeza, pero en ellas hallaron la esperanza y el alivio que andaban buscando. La joven se vio reflejada en aquellos afligidos y tímidos ojos, llegando a creer que su alma y la de la perra compartían un mismo mundo interior. Ojos de una vida llena de penurias, que buscaban vislumbrar en cualquier indicio de luz su salida. Y allí estaba. La medicina que tanto tiempo andaba buscando vestía de negro y caminaba a cuatro patas. El corazón de la joven dio un vuelco.

¿Lucaz, ezta ez la perrita que decíaz? —dijo pegada a la verja Alma cambiando como solía hacer la ese por la zeta.

, cariño, es ella. Aunque no sabemos bien su pasado creemos por sus heridas y miedos que fue maltratada —dijo levantando tímidamente la mirada hacia Inés. Nunca había sentido aquella intensa emoción por nadie, pues normalmente prefería la soledad y rehuía el contacto con las personas. Pero ella… despertaba en él todo lo contrario y deseaba, aunque éste había sido siempre su mayor temor: besarla.—. Se llama Sombra y es mi amiga desde hace mucho tiempo.

La joven seguía observando casi sin parpadear a la oscuridad, como si en esa lúgubre aura pudiese hallar la sosegada superficie de su océano.

¿Puedo entrar? —preguntó Inés, dirigiendo una mirada entrecerrada a Lucas.

Claro. —El joven abrió la verja—. Es muy asustadiza. Ve con calma. Ella también lo ha pasado mal.

Inés asintió y cerró tras ella la puerta.

Después de unos minutos a solas en la sombra de tristeza en la que mujer y perra se ocultaban, Inés salió con una sonrisa dibujada en su pálido rostro. En sus brazos llevaba a Copo. El pequeño se sentía feliz de volver a estar entre los cálidos brazos de un humano.

¿Son madre e hijo? —preguntó Inés alzando la mirada directamente hacia Lucas, dejando entrever sus ojos llorosos.

El joven nunca había visto así de feliz y emocionada a su amiga.

Sí. Él acaba de ser devuelto por su antigua familia. Era… —buscaba la palabra adecuada en el interior de su cabeza, pero no encontraba ninguna, tan solo la que los propios dueños le habían dicho con odio— según decían agresivo.

Oh, mamá. Mira, el bebé quiere jugar —dijo la niña interrumpiendo a su madre. Alma se acercó al pequeño y éste lamió con ímpetu su cara dejándola completamente húmeda. Como si de una brocha en manos de un gran pintor se tratase el perro dibujo con su lengua una hermosa sonrisa de felicidad en su peculiar lienzo, el rostro de la pequeña.

Inés vio el brillo de los ojos de su hija y aunque, hacia mucho tiempo que sentía que en su vida todo estaba en penumbras, ese día aquella triste perra la volvió a iluminar.

Nos llevamos a los dos —dijo dirigiendo lentamente su mirada hacia aquel bulto ensombrecido del fondo y dejándose llevar por su corazón.

La mirada de Sombra volvió a iluminarse, sus ojos en la oscuridad se asemejaban a dos brillantes estrellas. No podía creérselo. «¿A ella también?»

¿ A loz doz? —preguntó asombrada la pequeña mirando a su irreconocible madre—. ¿Papá no se enfadará? —dijo con un ápice de temor en su voz.

Inés se agachó a su altura, con el cachorro aún en brazos.

No, cariño, ahora tenemos una nueva familia —dijo mientras Lucas acercó a Sombra hacia ellas. Ella miró a la perra y luego a su amigo, parecía quererle expresar algo más que aquella mirada silenciosa de complicidad, pero sus emociones se reflejaron en forma de dos ruborizadas mejillas.

Él dudoso se acercó a ella, hasta poder oler su respiración. El mundo parecía haberse detenido. Los latidos de su corazón le golpeaban con tal fuerza que traspasaron su cuerpo y atravesaron la coraza que cubría a Ines. Y fue entonces cuando ella sintiéndose aliviada le propinó un dulce beso de amor. Alma, sonrojada por aquella escena, tiró de la camiseta de Lucas pidiéndole que la cogiese. Éste la asió en sus brazos. Hubo un silencio entre ellos, tan solo comunicándose con sus vidriosas miradas. Desde ese día cinco inocentes almas salieron a la superficie de un oscuro mar para ver brillar la luz de un nuevo amanecer, unidas por el lazo más estrecho que jamás haya existido: la familia.

El camino de la vida no es fácil, pero si no pierdes la fe sabrás encontrar la salida.

FIN

Nostalgia

La ciudad se había despertado presidida por la radiante luz del sol. El cantar de los pájaros sobre las ramas de los arboles hacía las veces de despertador para los más madrugadores. Todo en aquel día parecía perfecto. Había soñado demasiadas veces con él, todo estaba planeado hasta el último detalle en mi mente. Todo, menos un extraño sentimiento que crecía silenciosamente en mí interior.

No había pegado ojo en toda la noche debido a la presencia del imponente traje que acechaba frente a mi cama. Ese vestido era como la tentadora portada de un buen libro: su belleza exterior era admirable a simple vista, pero todas las experiencias y aprendizajes que aguardaban en su interior eran mil veces mejor que su fachada.

Tardé hora y media en desayunar, peinarme con la ayuda de mi madre y de la importuna histeria de mi hermana pequeña y, finalmente, vestirme. «Estoy lista», pensé al mirarme al espejo de pie que había en el dormitorio de mis padres. Me sentía preparada, o eso creía.

—¿Mamá, dónde están los zapatos? —dije mientras miraba mis pies cubiertos con unas zapatillas hechas de toalla rosa. Por un segundo me imaginé saliendo así de casa, media sonrisa se dibujó en mi rostro.

—En la terraza, cariño. Te lo dije anoche —gritó mi madre desde la cocina.

Puse los ojos en blanco. No soportaba aquel “te lo dije” que siempre le acababa poniendo mi madre a todas sus frases, como si esta fuese su muletilla estrella.

Me dirigí a la terraza. No recordaba cuando fue la última vez que había salido con la luz del día sobre mí. Normalmente cuando llegaba de trabajar ya era de noche y no veía ni tres subidos en un burro. Pero estaba igual a como la recordaba. Nada, prácticamente, en estos quince años había cambiado en ella. Su suelo de color verdoso me transportaba a aquellos años en que yo y mi hermano imaginábamos que estábamos tumbados sobre un césped impoluto y suave. El balancín que con el tiempo y el desgaste del sol había perdido el color azulado del toldo que lo cubría. La mesa de plástico frente a él, en la que tantos veranos habíamos comido y jugado toda la familia junta. «¿Qué estoy haciendo? Llegaré tarde si me pongo a hacer inventario de todo lo que hay en la terraza», me dije a mi misma. Entonces recordé por qué había salido, ¡los zapatos! Ahí estaban, sobre una mesita de madera donde mi madre tenía alguna que otra planta moribunda, pero que seguía regando, creyéndose que podría salvarla con su cabezonería. «Son tan bonitos», pensé. Había hecho la elección acertada después de visitar todas las tiendas de un centro comercial. Los cogí. A su lado vi un bote de cristal lleno de conchas de todas las formas y tamaños. Lo abrí. Su olor a mar me trasladó a todos los veranos que pasaba buceando en la playa junto a mi familia. Eran otros tiempos, no mejores, solo pasados.

—¿Cariño, qué haces? —me preguntó mi madre con una mirada entrecerrada, cuando entré de nuevo al comedor.

—Buscar los zapatos —dije levantando la mano que los sostenía.

Me senté sobre el sofá para calzármelos. Mi hermana pequeña no paraba de dar saltos sobre él a mi lado. «Yo hacía lo mismo a su edad », recordé. De hecho este sofá tenía un gran hoyo en el centro, imagino que de todo el trote que mis hermanos y yo le hemos dado. El reloj que había sobre el mueble empezó a dar las once. «¿Esa hora es ya?», pensé. Pero mis pensamientos volvieron a vagar por cada objeto, rincón, lugar… Llevándome hacia mis más remotos recuerdos. Junto al reloj vi una figura de cerámica, era una enfermera pintada en tonos pastel sosteniendo en brazos a un bebé recién nacido. Fue el regalo que mi padre le hizo a mi madre cuando mi hermano nació. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de todos aquellos recuerdos que se encontraban escondidos en cada objeto de mi casa? Para mí eran entonces simples objetos, ese día en cambio eran mucho más, eran pequeños fragmentos de mi vida. Mi hermano apareció en ese instante por la puerta del comedor, su cabeza casi rozaba con el marco de la puerta. «Madre mía, no ha llovido nada desde entonces», pensé. Me puse de pie con dificultad, aún no estaba acostumbrada a mis nuevos zapatos, pero era un día especial y aunque me hicieran herida no estaba dispuesta a quitármelos hasta la noche. En mi bolso había metido una caja de tiritas y pomada por si las moscas.

—¿Mamá, dónde está mi corbata? —preguntó mi hermano con su habitual expresión apática.

—En la tercera estantería de la derecha del armario. —Miré a mi hermano y juntos gesticulamos la muletilla que segundos después soltó mi madre—. Te lo dije. —Nos reímos.

Hacía tiempo que no jugaba con mi hermano y por un momento recordé lo bien que nos lo pasábamos juntos. Habíamos crecido. El tiempo nos arrastra sin pausa, los años pasan con rapidez y por mucho que ahora sea tres palmos más alto que yo, siempre será mi hermano pequeño.

Me acerqué de nuevo al espejo de la habitación de mis padres, era el más grande que teníamos en toda la casa. Observé con determinación mi reflejo «ahora sí estoy lista», pensé. O eso volví a creer.

Un pergamino colgado sobre la pared que se reflejaba a la derecha en el espejo llamó mi atención. Me giré. Mi típico gesto de ojos, volvió a aparecer. «Claro, mi izquierda», pensé. Los nervios no me dejaban pensar con claridad. Una sonrisa se dibujó en mi rostro al pensar en lo absurdo que habría sido si alguien me hubiese visto. Por fin di con él. Era un escrito que, hacia años, le había hecho a mi madre. La amaba con locura a pesar de sus muletillas y sus chistes malos. Era mi madre y eso nada lo cambiaba, «ni… el gran acontecimiento de hoy, podría separarnos nunca», pensé. Eché un último vistazo a mi reflejo, mis ojos empezaban a brillar tímidamente.

Me abrí paso entre las quejas de mi hermano, los lloros de mi hermana y los nervios mal disimulados de mi madre, para dirigirme a mi habitación. Mientras caminaba abstraída de todo lo que ocurría a mi alrededor iba haciéndome un lista mental: dejar las zapatillas, coger mi bolso, comprobar que lo llevaba todo y… despedirme.

Para llegar a ella tenía que pasar primero por delante de la cocina. «¡oh, no!», pensé. El olor a galletas recién horneadas seguía impregnando el ambiente. La afición de mi madre por hacer galletas había llegado a convertirse en una obsesión. Una manera, imagino, de liberar sus emociones y sentirse más aliviada. Anoche, con la excusa de que venían unas cuantas amigas preparó una buena tanda de éstas. Sus favoritas: las de canela. He de reconocer que le quedaron muy ricas, pero ¿por qué demonios las tubo que preparar ayer? «Cuánto voy a añorar ese olor», pensé. Hice una gran inspiración con el propósito de almacenarlo en mi memoria. Era la fragancia de mi hogar.

Por fin, después de varios minutos inmersa en mis recuerdos y pensamientos, conseguí salir de ellos. ¿Y para qué lo hice? Los lloros de mi hermana pequeña retumbaban por toda la casa, el resoplar de mi hermano se hacía notar, algo más sutil pero igual de claro, desde su cuarto. Y, como no, mi madre de los nervios intentando en vano mantener la calma.

Llegué por fin a mi habitación. Había estado evitando, de manera inconsciente, aquel momento. De hecho me dio la sensación de tener una casa enorme, pero nada más lejos de la realidad, casi no cubría los sesenta metros cuadrados. Parada frente a la puerta aún cerrada de mi cuarto, un repentino pensamiento volvió a absorberme reflejando en mi rostro una sonrisa. Recordé que de pequeña siempre había querido vivir en un enorme palacio como el de las princesas de mis cuentos, pero, hasta hoy, no me había dado cuenta de lo grande que podía llegar a ser mi casa si la miraba a través de mis recuerdos. Suspiré. Puse mi mano sobre el pomo dorado de la puerta y antes de abrirla la miré. En letras de madera algo infantiles mi nombre presidia la puerta: “CELESTE”. Siempre había estado ahí, al menos que yo recuerde. Día tras día me recordaba que lo que ocultaba tras ella me pertenecía. Tras unos segundos me armé de valor y abrí la puerta.

La luz que entraba por la ventana resaltaba el color rosa de las paredes, que le daba a la habitación un toque de fantasía y dulzura. «Hice un gran trabajo», pensé, al ver todo lo que había dibujado y escrito en las paredes: frases, dibujos, los nombres de todos mis animales… Toda mi vida parecía estar impresa en ellas. Siempre me había sentido orgullosa de mi cuarto, pero hoy que era la última vez que lo vería a través de la intensa sensación de posesión que solo una habitación de tu infancia puede generarte, más. Llevé mi mano con delicadeza sobre cada uno de los nombres que había escritos: Quisi, Niko, Nelly, Hada, Mel, Buda, Baby e Hina. Todos en un color distinto pero la misma carga sentimental. En aquel momento mi madre entró en la habitación.

—¿Cariño, te falta mucho? —dijo mirando extrañada la mano que ahora reseguía el último nombre de la lista: Hina.

Mis ojos se habían empezado a empañar, me sentía avergonzada. «¿Por qué me siento triste?», pensé. Finalmente hice un gesto negativo con mi cabeza.

—Bien. Si te parece, tus hermanos y yo te esperamos abajo. —Se acercó para darme un beso en la frente—. No hagas esperar más de la cuenta al novio —sonrió.

Escuche el sonido de la puerta tras ellos y, después, un silenció que embriagó todo mi ser. Tan solo podía escuchar mis pensamientos y fue entonces cuando una lágrima resbaló por mi mejilla.

Me senté un segundo sobre mi cama. Tenía la consistencia perfecta: ni muy dura, ni muy blanda. Acaricié la colcha de punto que la cubría. Hacía años que me la había hecho mi yaya. Sus colores ahora ya más desvaídos y su tacto algo más espeso, me reafirmaron mis sospechas: el tiempo había pasado como un leve suspiro y jamás volvería a ser como antes. Mi infancia se había ido desgastando como la colcha, ahora de ella solo me quedaban mis recuerdos y… Un pensamiento me vino a la cabeza, me giré para mirar el lugar donde se encontraba el cabecero de la cama. Allí sobre la almohada permanecía una parte de mi infancia. Estrellita, mi pequeña yegua de peluche con la que tantos momentos había compartido: juegos, sueños, conversaciones…

El sonido del interfono me sacó de mi ensoñación. Entonces me acordé. «Mi boda», pensé. Me levanté de la cama, cogí mi bolso y me dirigí hacia la puerta de mi cuarto. Volví mi mirada a la guarida que con el tiempo me había creado, con la inconsciente intención de albergar hasta el último recuerdo. Suspiré y finalmente me atreví a cerrar la puerta, dejando mi infancia en su interior.

Al bajar por las escaleras, me tropecé con la larga cola de mi vestido, pero, por suerte, la única parte de mí que de verdad sufrió aquel pequeño traspié fue mi pelo. Intenté colocarme de nuevo el tocado, y esta vez decidí cogerme la cola para no volver a tropezar. Cuando dejé atrás el último escalón de las escaleras una muchedumbre me estaba esperando. Crucé el umbral y me quedé parada bajo un precioso arco decorado con flores blancas y rosas. Frente a mi estaban mis padres, mis hermanos y mi yaya. Me emocioné al verla de pie, tan solo con la ayuda de su cayado. Las lágrimas volvieron a hacer acto de presencia. «No creo que a este paso me dure mucho el maquillaje», pensé. Y tras ellos un precioso coche de caballos me aguardaba en la puerta. Miré a mi madre emocionada, ya no había forma de parar las lágrimas, y ella me tendió su mano.

—Cariño, quiero que sepas que siempre seguiré a tu lado. —Yo asentí. No podía hablar—. Y éste siempre será tu hogar. —Me abrazó emocionada.

Juntas nos sumergimos en una atmósfera ajena a todo lo que sucedía a nuestro alrededor. En aquel momento solo estábamos ella y yo. Se lo agradecí. Aunque parezca absurdo, por un momento me sentí sola en medio de tanta gente. Pero no lo estaba y jamás lo estaría. Ella siempre estaría conmigo.

Mi hogar seguiría en el mismo lugar, solo que quizás cuando regresase mis sentimientos hacia él habrían madurado por el paso del tiempo. Al fin y al cabo, las vivencias nos ayudan a crecer y nos hacen ver de manera diferente lo que nos rodea. Pero si una cosa había aprendido ese día es que todo sigue estando como siempre, solo hay que saber mirar a través de los recuerdos.

¡Gracias por estar siempre a mi lado, mamá!

Un amor sin fin

Los humanos somos demasiado orgullosos y arrogantes en vida, no valoramos lo que tenemos hasta que la muerte nos vuelve humildes.

Ella se encuentra sentada en nuestro escritorio. Su delicada nuca permanecía igual que el primer día que la vi, desnuda y pálida como el marfil.

Amor mio, hoy sin duda es un día muy especial. El día en que tú y yo, celebramos nuestra boda definitiva. El amor no es finito, la muerte no es una barrera, tan solo una nueva oportunidad de hacer de él, un amor infinito.

No puedo verte, pero sí sentirte y aunque me siento despedazada, como si un enorme roedor hubiese jugueteado a placer con mi corazón, sé que estás a mi lado.

La gente me mira con pena, incluso a veces creo oír sus pensamientos: «pobre mujer, con lo que ha luchado siempre…». Ven en mí una viuda más, pero están muy equivocados. Sigo casada con el hombre de mi vida: TÚ.

Nuestra vida ha sido como el reflejo de la mar; a veces trasparente y en calma y otras revuelta y oscura. Pero no hay un solo día que no haya disfrutado de tu amor.

Me intentan consolar diciéndome que ya no estas con nosotros, pero hablan sin saber. Tu esencia sigue viva en nuestros hijos y tu recuerdo en mi corazón.

Gracias cariño, por compartir tu vida conmigo. Has sido, eres y será mi mayor regalo.

TE AMO ESTÉS DONDE ESTÉS.

—Y yo —digo sin esperar que sus débiles oídos puedan oírme. Sus palabras siguen repitiéndose en mi interior como susurros suaves pero hipnotizantes.

Las lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas dejando algún borrón de tinta en la carta. Finalmente decide plegarla. La introduce en un sobre y la sella con su dulce saliva. «Aún me parece recordar su sabor». Se pone en pie y saca del cajón de la mesita de noche un frasco de cristal, lo destapa y lo coloca bajo uno de sus pómulos, esperando llenarlo con esa salada secreción que ha conseguido escapar de su dolorido corazón.

 

—¿Mamá estás lista? —La voz de nuestra hija la sobresalta. Y la devuelve al mundo “real”.

—Casi.

Pero consigue volver a introducirse en ese otro mundo. Un lugar al que solo unos pocos, que saben entenderlo, tienen acceso: el mundo de las emociones, de los sentimientos, de las almas. Extiende una mano hacia una pequeña caja de color naranja que tiene a su derecha. En la tapa puedo distinguir una foto; somos nosotros el día de nuestra boda. Dos nombres entrelazados lucen escritos con suma delicadeza sobre nuestros jóvenes rostros. Resigue con ternura mi rostro y accede a levantar la tapa. Introduce la carta a un lado y el pequeño frasco al otro, pero sus pensamientos me muestran que falta lo más importante. Se levanta y se dirige hacia el armario. Todos mis trajes siguen tal y como yo los dejé. Introduce su fina mano en el bolsillo de mi esmoquin, el mismo que utilicé el día de nuestra boda, y saca mi alianza. Se la acerca a su ojeroso rostro y puedo notar, a través de sus sentidos, mi aroma aún en ella. Su corazón se contrae de repente y sus ojos se cierran de dolor. Pero su fuerza no le permite echarse atrás, así que introduce el anillo en la caja y la cierra para siempre. Sellándola con el amor de un dulce beso.

Se encuentra frente las escaleras con la caja llena de recuerdos en una mano y la cola de su largo vestido de novia en la otra. Suspira, el oxigeno que entra por sus pulmones la llena de valor y empieza a bajar. «Esta preciosa», pienso.

Son las doce en punto. El sonido susurrante de las campanadas de la iglesia nos llega a través del viento. La mañana está dando sus últimos coletazos y con el sol situado en su punto más álgido, llego a la conclusión: «Es la hora».

Todos los invitados a la ceremonia van vestidos con alegres trajes. Frente a mí, se encuentran mi mujer, mis hijos, mis amigos… todos escuchando con atención la voz del párroco. El corazón de mi mujer late con rapidez, no es tristeza lo que en él intuyo sino pasión. Estamos a punto de sellar nuestra unión para siempre. Hoy he aprendido una importante lección y es que la muerte no es un obstáculo para el amor, pues es en vida cuando éste puede disiparse y romperse. «Ahora ya nada podrá acabar con él», pienso mientras la miro con satisfacción.

La melodía de nuestra primera boda empieza a sonar: el tango “volver” de Carlos Gardel. Ella levanta su mirada, posando sus ojos en mí. «No puede verme, pero sabe que estoy aquí», pienso. La miro y me siento parte de ella.

Vuelve su mirada hacia el féretro. Deposita la caja con delicadeza, como si del más valioso talismán se tratase, junto a mi cuerpo sin vida. Siento mi alma liberada. Me he quitado un peso de encima, y nunca mejor dicho —sonrío. La arena cae sobre mí, pero nada interrumpe la claridad que me rodea. Mi luz no proviene del sol, sino del amor que custodia en su interior.

 

Por siempre jamás.