El falaz sabor de la felicidad

 

La mañana en que llegó Juan era fría. La niebla cubría todo lo que podía verse tras mi ventana. Sentía como si me estuviese quitando parte de mi oxígeno, y quizás así fuese. Mi vida ya no tenía sentido. Mi familia, mi pareja, mis amigos, etc. Todo parecía insípido después de haber probado el sabor de la falsa felicidad. Una falacia que envolvió todo mi mundo y de la que pocos consiguen escapar. Y cuando todo parecía perdido, llegó él.

Cansado de pasarme las horas y los días mirando a la nada, desde la ventana de mi cuarto, me giré dando la espalda al mundo real. Y allí estaba Juan, de pie junto la puerta. No lo había escuchado entrar, de hecho era imposible que hubiese entrado por la puerta, pues la llave siempre estaba echada. Llevaba meses en aquel cuarto, saliendo muy de vez en cuando por necesidad. Pero él había entrado. ¿Cómo? Más adelante lo sabrás. Pero en aquel momento yo tampoco lo sabía. Así que, creo que lo más justo es que ambos juguemos las mismas cartas y que tú, al igual que yo, en aquel entonces, tampoco lo sepas.

¿Su aspecto? No sabría cómo describirlo. Era un ser diferente. Medio hombre, medio animal o quizás otro tipo de criatura. Con el paso del tiempo, me di cuenta de que su semblante iba cambiando, adquiriendo formas cada vez más inverosímiles.

Me sonrió y me sentí, por primera vez después de meses, bien. Fue como si parte de él entrase en mi interior y me llenase de vida. Desde aquel momento nos hicimos inseparables. Siempre estaba a mi lado. Nos divertíamos juntos y hablábamos largo y tendido sobre la vida. «Un gran amigo», pensaba.

Pero, poco a poco, aunque no física pero sí psicológicamente fui pareciéndome a él. Sus pensamientos se difuminaron en una capa perfectamente homogénea con los míos. Mis seres queridos empezaron a notar algo extraño en mí. Mi mirada, decían, había cambiado y mi silencio ya no era tranquilo, sino más bien tenso. Julia, mi novia, lloraba cada vez que hablaba conmigo. No entendía el porqué en aquel momento. Yo me sentía feliz, después de muchos meses atrapado en la más absoluta indiferencia. Pues lo peor que le puede pasar a una persona es sumergirse en ese mar. Te ahogas en él sin llegar a sentir nada. Y cuando quieres darte cuenta ya es demasiado tarde para salir a la superficie. Pero mi familia no creía que yo estuviese saliendo a ella, sino que seguían viendo como me hundía sin ni siquiera enterarme.

Pasaba los días encerrado en mi habitación igual que antes, pero con la diferencia de que ahora no miraba nunca por la ventana. Aquella pequeña abertura que me mantenía conectado al mundo real, ahora estaba siempre de espaldas a mí. La luz del sol no llegaba a penetrar ni un solo átomo de mi cuerpo. Seguía en la oscuridad, sí, pero no estaba solo, tenía a Juan. Era mi mordaz lazarillo, pues yo me encontraba ciego y solo, en medio de un mundo extraño en el que él me guiaba a placer. Su visión del mundo se introdujo en mi como el hilo en una aguja en mi ser. Creía ver el mundo tal y como era de verdad gracias a él. «Crecí entre falacias», pensaba. Y me sentí confuso y enfadado a la vez con mis seres queridos. Me distancié, aún más, de ellos pero seguía en continuo contacto con mi fiel amigo Juan.

Un día, mi novia entró en mi cuarto. Hacía mucho que no entraba en él. Para mí era muy personal, pues en él estaba lo único en lo que de verdad creía. Todo lo que había al otro lado de la puerta de madera de haya, que custodiaba mi habitación, era mentira. Según Juan: ella, mi familia y mis amigos me habían mentido. El hedor a habitación cerrada y sudor le provocó una pequeña arcada que disimuló colocando la mano sobre su boca y tapando sus fosas nasales. La miré con un ápice de odio, nunca antes lo había hecho, y ella se sobresaltó. Sus ojos me hablaron aterrorizados. En aquel preciso momento olvidé aquel sabor que me había llevado al infierno en el que me había refugiado y recordé lo mucho que la amaba.

Me sentí atrapado. Sin saber qué hacer. Mi única certeza en ese momento era que: “no quería, por nada del mundo, perderla”. Mis ojos se empezaron a empañar y, poco a poco, me fui acercando a ella. Estaba igual que antes de que todo esto empezase, antes de que la droga consumiese mi ser. Todo parecía estar en silencio pero un sibilante susurro me alejó de ella, llevando mis pensamientos a un lugar mucho más lejano y frío. «No. Detente. No vayas hacia ella. Es mala», me decía. Pero por primera vez ignoré aquella voz hipnotizante y la abracé. Recuerdo que pasé el resto del día a su lado, llorando de impotencia por no saber cómo salir a la superficie. Me abrazó con fuerza y me dijo al oído:

Yo te sacaré de aquí.

En ese momento me la imaginé tendiéndome su larga cabellera, como hizo en su día la princesa Rapunzel de los hermanos Grimm, pero en mi caso era para salir de allí, no para entrar. Mi “princesa” era libre, yo no. Y gracias a su apoyo tomé una dura decisión: distanciarme de Juan.

Juan no se lo tomó nada bien. En los días que siguieron a este acontecimiento su voz resonaba con mayor furia en mi interior. Su aspecto se había vuelto diabólico. Pero me giré hacia la ventana de mi cuarto de nuevo y observé lo que aquella pequeña muestra de verdad me revelaba. Vi a Julia saliendo de nuestra casa con Anec, nuestra preciosa perra mestiza. Mi novia estaba igual de bella que el primer día que la vi, tan natural, tan alegre y viva como siempre. Ella era mi anti-yo, todo lo que yo no tenía ella lo poseía en grandes cantidades. Deseaba ser un poco más ella y menos yo. «¿Quizás fuese eso lo que me enamoró de ella? ¿Y lo que me distanció? Si no me amo a mí mismo, ¿cómo podré amarla de verdad? Nunca había llegado a esta conclusión ¿Por qué ahora? ¿Qué está cambiando en mi?», un hilo de pensamientos saturó mi mente durante unos minutos. Sin duda el distanciamiento de Juan me estaba aclarando las ideas. Su presencia y su sibilante voz seguían incordiándome pero lo ignoraba. Seguí observándola mientras jugaba con Anec y, entonces una mueca extraña para mí se dibujó en mi rostro. Estaba sonriendo. Había recuperado algo que creí haber perdido para siempre: mi ilusión. Ella lo había conseguido. Me estaba sacando de la profundidad. Me estaba salvando. En aquel preciso momento, mi corazón empezó a latir de nuevo con fuerza como hacía antes de que todo esto empezase.

Y del mismo modo en que aquella ventana había atraído a Juan hacia mí, encerrándome en mi mundo sin prestar atención al verdadero, también lo hizo poco a poco desaparecer. De igual manera en que entró en mi cuarto sin yo enterarme, se desvaneció. Había llegado a la superficie. Entonces lo supe. Fui yo quien le abrí la puerta al probar aquella sustancia que inundó todos mis sentidos en un mar de locura. Pero también fui yo quien le dio la espalda hasta que desapareció.

Hoy Juan forma parte de mi pasado. Un pasado que no quisiera olvidar jamás, ya que irremediablemente, yo era Juan. Mi nombre verdadero es Gabriel, pero con el tiempo me fui dando cuenta de que aquel personaje lo había creado yo. Cogiendo, de forma inconsciente, la primera sílaba del nombre de Julia y de Anec, los dos seres que mantuvieron a mi corazón con vida. Dando de este modo forma a un horrible ser que me hizo perder la ilusión por soñar y, sobre todo, por vivir mis sueños.

Aún hoy le sigo agradeciendo su visita. Ahora sé las consecuencias que el falaz sabor de la felicidad puede acarrear de forma invisible para muchos y destructiva para otros. Un sabor que dura toda la vida y que aún hoy siento. Pero no con deseo de volver a probarlo. Juan me enseñó a odiarlo con todas mis fuerzas. Desde aquella fría mañana han pasado ya cinco años. Y hoy, ya en la superficie, cogido siempre de la mano de mi mujer, estamos a punto de cumplir nuestro mayor sueño: ser padres.

Con este escrito quiero agradecer, primero a ti lector que hayas leído mi historia y espero que gracias a ella, Juan también haya conseguido crear en tu interior una emoción especial. Una emoción que solo pueden sentir las buenas personas: empatía. Es fácil juzgar, pero es tremendamente difícil empatizar con la persona que es juzgada. Espero que seas de los que se complican la vida pues solo así se consigue un mundo mejor. Y segundo a mí mismo. Suena ególatra, pero conseguí apreciarme lo suficiente como para volver a amar, y por supuesto a soñar.

Recuerda, si dejas de soñar lo pierdes todo, caes en la indiferencia. Pero si sueñas, serás capaz de conseguir hasta lo más inesperado, como este pequeño milagro que está a punto de nacer iluminando aún más mi mundo después haber estado en la más profunda oscuridad. No hay nada perdido, todo está por soñar.

Fin

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