El mundo de los sueños

Érase una vez en un lugar muy remoto vivía una niña de cabellos rosados y piel blanca como la nieve. Sus mejillas parecían dos cuarzos rosas y sus ojos grandes y purpuras te hacían soñar. Su nombre: Galilea. Pues así fui bautizada por mi Creadora. Vivía en un mundo especial, muy diferente al que tú, querido lector, conoces. Pero parte de él depende de ti. Tú eres un Creador. Tu mente ha creado una región solo para ti, en el mundo de los sueños.

Un lugar en el que el sol nunca desaparecía y su luz dejaba una estela brillante y un dulce olor a vainilla. Los habitantes que en él vivíamos estábamos separados por distintas regiones, que se iban, poco a poco, formando gracias a las ilusiones más sinceras y puras de su Creador.

Yo habitaba en Celeste, pues ese era el nombre de mi Creadora. Una arquitecta de sueños. Las regiones podían ser de dimensiones enormes o insignificantes. La mía pertenecía a este segundo grupo, pero no dejaba nada que desear a las del primero, ya que sus sueños eran de los más hermosos. Mi casa estaba hecha de libros, literalmente, las paredes eran columnas de tomos de todos los colores y tamaños, vista desde fuera parecía un libro abierto. Me encantaba. Era la mejor casa de este mundo, al menos. El interior de la casa era un enorme palacio lleno de páginas y páginas escritas. En ella vivíamos muchos más personajes: humanos, animales parlantes y seres fantásticos. Cada personaje tenía su propia historia repleta de grandes dosis de magia y amor. Todos estábamos acostumbrados a nuestros finales felices, pero aunque por aquel entonces no lo sabía, el mundo de los sueños estaba a punto de llegar a su fin y de mí dependía que este fuese feliz o no.

Un día en que el dulce aroma, que el viento transportaba de alguna región vecina, me despertó como cada mañana bajo el centelleante sol, salí de mi casa, feliz como siempre. Fui a saludar, como de costumbre, a mis vecinos que vivían en una hermosa casa en forma de chupete. Todos ellos eran bebés rechonchos y con grandes ojos. Pero ese día no encontré a ninguno. La ausencia de sus contagiosas carcajadas hizo que mi pequeño corazón hecho de ingeniosas ideas se debilitara. Una leve sospecha invadió mi mente y llevé mi mirada hacia mi propio cuerpo. Me sorprendí al ver que mi piel se había vuelto translúcida, en aquel momento decidí no alarmarme y me dirigí como cada mañana a buscar a mi mejor amigo.

Timoteo vivía en la región vecina. Un lugar hermoso lleno de grandes sueños. Él formaba parte de uno de ellos, un sueño de la infancia, imaginé. Pues él tenía el semblante de una pequeña comadreja, pero su pelaje era de un intenso tono azul como el mar. Me gustaba mucho ir a visitarlo pues una dulce melodía sonaba a todas horas inundando nuestros oídos y alimentando nuestras ilusiones, animándonos a soñar. Su Creador, por lo que me contó Timoteo, era un joven muy alegre llamado, en el mundo real, Javi. «Debe de ser una gran persona», pensé el día que me lo confesó. Pues no conocía personaje más dulce, sincero y divertido como mi amigo. Una mala persona no es capaz de crear sueños hermosos. Algunas de estas consiguen sortear a su propia mente con falsos sueños creando una región ególatra, pero la gran mayoría, no crean nada en él. Para mí era un privilegio formar parte de mi mundo, pues era un lugar donde la maldad no tiene cabida y las ilusiones sueñan con hacerse realidad.

Ese día, crucé el enorme umbral que separaba su región de la mía y un extraño escalofrío me envolvió. Las calles y casas seguían como siempre, pero no había nadie en ellas. Me dirigí a la de Timoteo, una especie de madriguera hecha con algodón de azúcar rosado. Nada, ni rastro de él. Sí, todos sus habitantes habían desaparecido. Por lo que deduje que su Creador había dejado de soñar. Entonces lo supe. Volví a mirar mi cuerpo, aterrorizada, y aún estaba más trasparente que antes. Me estaba desvaneciendo. «¿Pero por qué? ¿Qué nos está ocurriendo?», pensé.

No podía quedarme de brazos cruzados. Algo no iba bien y tenía que resolverlo. Sabía cómo hacerlo. El modo no era de mi agrado, pero debía intentarlo. Me armé de valor pues el lugar dónde estaba dispuesta a entrar no era precisamente agradable, y mi ser no estaba acostumbrado a ello. Debía recurrir a mi Creadora para entrar en el otro mundo, el lugar a donde viajaban los sueños rotos: el mundo de las pesadillas.

Me dirigí a lo alto de una torre que se encontraba en el centro de cada región, la mía era de color rosa como mi pelo. Era allí donde podíamos comunicarnos con nuestro Creador. Yo solía ir cada día a susurrarle historias de mi vida aquí y así alimentar sus sueños. Pero ese día estaba a punto de decirle todo lo contrario. Lo que estaba dispuesta a hacer era cruel. Y aunque la amaba con locura, puesto que yo era fruto de su mente, debía hacerlo.

Llegué a la cima en pocos minutos gracias a un ascensor totalmente acristalado que se encontraba situado alrededor del edificio. A medida que iba subiendo este también lo rodeaba permitiéndome así contemplar sin ninguna complicación todo lo que albergaba mi región, desde las altas montañas nevadas donde se decía que vivía una niña con su abuelo, hasta un hermoso mar repleto de seres mágicos. La sala más alta de la torre estaba decorada con suaves sillones de terciopelo, y figuras de caballos alados, como los que solía ver sobrevolando mi cielo. Un único libro presidia el centro de la sala. Custodiado con delicadeza por un cristal que impedía el contacto directo. Su nombre estaba escrito en letras doradas que parecían brillar al leerlas. Reconocí la silueta de la imagen de la portada, era Amel, una de mis compañeras, y sobre ella las palabras seguían incitándote a leerlas. Las había leído todas las veces que había subido, pero esta vez me detuve más de lo normal, aunque no tenía tiempo, eclipsada por la fuerza de su mensaje: «la magia del amor». Conocía a sus personajes, pues vivían en mi casa, y también su historia. Y como último objeto y no menos importante que aguardaba deseoso formar parte del mundo real: una cuna hecha de madera y pintada de un suave tono celeste. Me acerqué decidida a la ventana. Miré hacia mi casa y la de mis pequeños vecinos, con añoranza. Suspiré. Cerré mis ojos y grité mis palabras para que le llegaran a Celeste con mayor intensidad.

Nunca lo conseguirás. Nunca serás escritora ni —titubee— madre.

Mis duras falacias calaron antes de lo que pensaba en su mente. «¿Quizás alguien ya se las había dicho antes que yo? ¿Pero quién? ¿Y por qué?», pensé. Una luz me envolvió con fuerza. Sentí un profundo dolor por todo mi cuerpo y como si de magia se tratase, me desvanecí.


Tardé unos segundos en volver a notar mis pies sobre el suelo. Pero no abrí en ese momento los ojos. Estaba asustada, aquel lugar me trasmitía un vacío enorme. Su hedor traspasaba mis fosas nasales penetrando hasta mi garganta. Hacía frío y a través de mis párpados aún cerrados noté la inmensa oscuridad que me rodeaba. Abrí los ojos. Y lo que vi me aterrorizó. Era horrible, era el peor mundo que podía existir. El sol allí no hacía acto de presencia, en su lugar una pequeña luna de color carmesí gobernaba los cielos del mundo de las pesadillas. Mi ilusión por lo que siempre había creído: los libros, la palabra escrita, las historias de amor y fantásticas, estaba disipándose y cubriéndose de bruma. Cada vez veía más difícil llegar a cumplir el sueño de Celeste. Ya jamás escaparía de este mundo infernal.

Miré a mi alrededor sin saber a ciencia cierta qué era lo que buscaba. Me encontraba en una región. «¿Será la de mi Creadora?», pensé. Pero cuando vi mi casa, no tuve ninguna duda. Allí estaba en forma de libro abierto. Aunque no parecía la misma: su aspecto era lúgubre, el tejado estaba lleno de moho y las paredes hechas de libros rotos. Mi ser se llenó de la más profunda melancolía al ver aquella imagen. Todo estaba exactamente igual que mi región, pero engalanado con un aspecto siniestro. Y lo peor de todo es que vi en ella a todos los personajes que Celeste había creado: los bebes, los personajes de cuentos e historias que salían de su ingenio, los animales fantásticos, etc. Solo faltaba yo. Y ahora ya no quedaba nadie en mi mundo. «¿Significa esto que Celeste ya nunca volverá a soñar?», pensé. Nadie podría susurrarle ya sus sueños. Miré con atención a los personajes con los que había convivido durante toda mi vida. Algunos ya estaban cuando yo nací, otros llegaron más tarde, pero todos éramos una gran familia creada a partir de nuestra arquitecta de sueños. Pero parecían diferentes. Me acerqué a Amel, la protagonista del libro que con tanto cuidado se custodiaba en la sala más alta de la torre, pero no parecía verme. Me dirigí apesadumbrada hacia Samuel, un hermoso bebé que se encontraba sentado sollozando. «No ríe», reparé horrorizada. Quise calmarlo, pero sus grandes ojos estaban velados, no me podía ver ni sentir. Dejé atrás esos horribles sollozos que perturbaban mi ser y levanté mi mirada «Debe de quedar parte de mi mundo en algún remoto lugar del corazón de estos personajes», pensé. Seguí caminando por aquel mundo, esperando encontrar un ápice de ilusión y color en él, pero lo que encontré aún me conmovió más. Sentado sobre un banco de madera astillada estaba Timoteo. Su pelaje que antes brillaba con un precioso tono azul ahora era gris, como el resto de personajes que me había encontrado. Ninguno mantenía su color. Era como si este mundo se hubiese impreso en tonalidades grises. Me acerqué a él, lo echaba de menos, al fin y al cabo había sido mi mejor amigo. Pero éste no se inmutó al verme. Sus ojos me miraban, pero por primera vez en su interior pude ver la Nada. Muchos libros y películas del mundo real la representan como algo físico,una niebla, un lugar… Pero no. La Nada es la ausencia de ilusión. Agaché mi cabeza, apesadumbrada, y con más valor que nunca decidí arreglar esta situación. No sabía cómo, ni qué estaba sucediendo, pero existía en alguna parte de ese terrible mundo una oscura fuerza que estaba destruyendo los sueños.

A lo lejos, encontré una torre que se alzaba hasta el cielo. Se parecía a las que existían en mi mundo, pero ésta era oscura y su cúpula estaba cubierta de una neblina gris que engullía todo lo que encontraba a su paso. Después de quince minutos subiendo escalones por fin llegué a la cúpula. «Son tan crueles que no ponen ni ascensor», pensé. No sabía por qué pero mi intuición me advertía del peligro en el que entraría al cruzar la puerta. Me vinieron a la cabeza mis vecinos de cuentos, mis bebes y mi mejor amigo Timoteo, y la abrí: por ellos, por Celeste y por mí. En su interior se encontraba el ser más terrorífico que jamás había visto. Un personaje oscuro de mirada aterradora, dientes afilados y sonrisa malévola. Aún no me había visto. «Por suerte», pensé. Y me quedé observando lo que hacía. Con la ayuda de una especie de megáfono pregonaba palabras a los cuatro vientos. Su voz resonaba por todo su mundo inundándolo así de un atronador sonido.

—Eres mala, muy mala escribiendo. Jamás llegarás a nada. Tus historias no llegaran a ver nunca la luz. —Mi corazón dio un agudo respingo como respuesta a dichas palabras. Él era el ser que me estaba destruyendo.

Sin querer, choqué contra una mesita que había a mi lado y una lámpara que desprendía una luz roja se tambaleó, provocando un estruendo que alertó al ser. Se giró con rapidez hacia mí. Sus ojos me penetraban, estaban completamente vacíos. Su oscuridad era infinita y en ellos me sentí perdida y desalentada. Estaba aplastando con su mirada toda la ilusión que quedaba en mi interior. «¿Qué estoy haciendo aquí? Él tiene razón: jamás llegaré a ver la luz en el mundo real», pensé hechizada por su oscuridad. Me sonrió. Parecía satisfecho de verme en su mundo ¿Quizás era lo que pretendía? Entonces lo supe. «Esta era la advertencia, pero ¿quién la había puesto en mí? ¿Celeste? Quizás no sea demasiado tarde», pensé más animada. Ella deseaba seguir soñando y me lo había comunicado con aquel sentimiento que había hecho brotar en mí. Él quería que viniese para acabar con mi ilusión y así crear en la mente de Celeste la más profunda Nada. Pero estaba equivocado, no había venido gracias a él, sino que había llegado por ella, desde su mundo me había guiado y juntas pondríamos fin a todas las pesadillas. No retiré mi mirada de la suya, aunque me costó, la aguanté desafiándole. Él parecía sorprenderse pero no se achicó. Se apartó de aquella especie de megáfono y se acercó estrepitosamente a mí. Parecía molesto ante mi perseverancia y, finalmente, al ver que no me inmutaba ante su presencia me gritó con fiereza:

—¡Fuera! —Su voz turbó a todos los seres de su mundo. Llevando su atención hacia aquella oscura torre.

—JAMÁS —dije.

Miré tras él, y una idea brotó en mí. «Gracias», pensé agradeciendo su fiel ayuda. Corrí a través de él, sin duda yo era más ágil, y llegué al megáfono. Lo miré, su rostro ahora reflejaba miedo. Lo que confirmó mis sospechas y me dio la fuerza para actuar.

—NUNCA DEJES DE SOÑAR. CREE EN TI, CELESTE. SERÁS UNA GRAN ESCRITORA Y… —volví a titubear pues sabía cuánto deseaba ese sueño— UNA GRAN MADRE.

Aquellas palabras que salieron de mi boca cayeron como finos copos de nieve sobre aquel ensombrecido mundo, cubriéndolo de luz y alegría. No solo había ayudado a Celeste sino que mis palabras habían devuelto la ilusión a muchos más Creadores.

En aquel momento, algo estalló con fuerza tras de mí. Me giré, y vi caer una pluma negra al suelo. No había rastro de aquel ser, tan solo aquel objeto. La cogí y en aquel momento vi, a través del ventanal de la torre, como todos los seres de aquel lugar habían vuelto a su verdadero hogar. Acto seguido sentí un plácido calor por todo mi cuerpo y me disipé, como la nieve al caer a un húmedo suelo, sin dejar rastro.

Para mi sorpresa no regresé de nuevo a mi mundo, sino que aparecí en otro, el real. El mundo de Celeste. Ella y aquella extraña pluma me habían dado la vida. Y hoy, querido lector, si estás leyendo estas palabras, tú eres testigo de que los sueños se hacen realidad.

Fin

Dedicado con cariño a mi primo Javi que este año nos dejó en el mundo real pero que seguirá habitando siempre en el mundo de los sueños.

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4 Comentarios

  1. Me han entrado escalofríos, muchos escalofríos.
    Cariño, nadie se va si no quieres. Y lo que has hecho ha sido lo más bonito que he visto. Estás llena de dulzura.
    Y si alguna vez has pensado que nunca vas a poder ser una gran escritora, no te preocupes porque ese sentimiento lo tuvieron los grandes artistas también. Precisamente es el deseo de superar a los grandes lo que te va a dar la fuerza necesaria para dar lo mejor de ti.
    Un abrazo muy muy fuerte.

    • Gracias Elena por leerme siempre, y tranquila mis sueños siguen más vivos que nunca y seguiré luchando por ellos, y espero poder compartirlos durante mucho tiempo contigo amiga <3

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