Los portadores de ilusión

Hace mucho, mucho tiempo, cuando las aguas estaban más llenas de vida y los bosques más habitados. En uno de los siete cielos tres almas brillaban por encima del resto. Se encontraban danzando como bailarinas de ballet sobre las estrellas que les habían dado la vida. Era un espectáculo digno de ver. Estaban en su bautizo celestial, una celebración que une a cada alma con su Don Divino, un ritual previo a la bajada a la tierra. Un ángel de cabellos níveos como la nieve, fue el encargado de oficiar dicha ceremonia. Y envueltos entre una dulce melodía celestial, las almas giraban sobre si mismas como auténticos derviches, mientras sus dones iban envolviéndolas en una intensa luz, mientras penetraban en su interior. Las tres recibieron el mismo: el poder de interpretar el lenguaje de las estrellas. Quizás parezca un don poco importante, pero no lo es. Y pronto entenderás porqué.
Al completarse la unión, cada alma se montó sobre su estrella y juntas sobrevolaron mundos remotos. Todos ellos muy diferentes entre sí, hasta llegar al suyo. Fue entonces cuando cada estrella tomó su propio rumbo, hasta llegar a su objetivo: el pequeño cuerpo que se estaba gestando en el cuerpo de su madre. Una vez la estrella se separa de su alma, esta permanece sobre ella durante toda su vida terrenal, hasta que cuando dicha vida finaliza, vuelven a reencontrarse. Si miras al cielo cuando la luz del sol ya no eclipsa el brillo de las estrellas, es posible que sobre ti encuentres la tuya, iluminando tu alma.

A pesar de haber viajado juntos, pues así estaba estipulado en la profecía, los tres pequeños llegaron a la vida en distintos momentos. El primero fue bautizado con el nombre de Melchor, al segundo lo llamaron Gaspar, y al último Baltasar.
Melchor creció rodeado de riqueza, pues sus padres eran unos importantes y reconocidos reyes. Por lo tanto, al pequeño nunca le faltó de nada. Su lujosa cuna brillaba cual diamante recién tallado. Sobre ella un precioso móvil con resplandecientes estrellas, entretenía y tranquilizaba al pequeño. Sus padres, dos personas ya de avanzada edad, andaban en busca de un bebé desde hacía mucho tiempo y, cuando prácticamente habían perdido la esperanza, un ángel se les apareció en sueños. Les concedió su mayor deseo, pero con la condición de que a la edad de cinco años su pequeño debía ser educado para ser mago. Ellos aceptaron, aunque a regañadientes. En su alta clase social no estaba bien vista la magia, pero si ese era el requisito para convertirse en padres, lo cumplirían. Y así fue como Melchor un pequeño bebé de cabellos dorados y ojos claros como el cielo, nació entre sabanas de seda y hermosos bordados dorados que adornaban los puños y cuello de sus trajes.

Una repentina visita, el día en que el pequeño cumplía los cinco años, alteró la calma que reinaba en el hogar. Un extraño anciano de cabellos blancos, que vestía de manera extravagante y poco común para la época, vino a por el pequeño Melchor. Sus padres que rezaban para que ese día no llegase accedieron, aunque no sin notar en su corazón una fuerte presión, a dejarle marchar. Así fue como años más tarde conoció a sus inseparables amigos, pero esta es una historia que contaré más adelante.
Gaspar nació en un gélido y aislado lugar. Rodeado de grandes montañas heladas y extensos lagos congelados. Su casa había sido construida por su padre, años antes de su nacimiento, con modestos tablones de madera. Una colosal chimenea presidia el centro del hogar y junto a ella reposaba la cuna del recién nacido. Hecha de madera de roble como el resto de la casa. Sus padres se sentían inmensamente agradecidos, pero en su interior una bestia gemía con furia al ver crecer a su pequeño. Pero irremediablemente el día llegó y Gaspar celebró por todo lo alto su quinto aniversario. Todo el bosque se había unido a la fiesta: osos, caballos, ardillas, ciervos, etc. Acompañaron al pequeño Gaspar en un día muy especial. El sol resplandecía con fuerza, y el reflejo del hielo de las montañas iluminaba el feliz rostro de Gaspar. Un viento inesperado turbó a los asistentes al convite. Un espléndido caballo alado, fue el causante de aquel repentino aire. Venía a por Gaspar. Y, sin explicación alguna por parte de sus queridos padres, se marchó de su hogar. Pero esta es una historia que contaré más adelante.

Baltasar, la última de las tres almas en nacer, fue destinado a la familia más pobre, pero no por eso menos feliz. Su hogar era una pequeña cabaña hecha con cañas y barro. Y mientras su padre iba a cazar y su madre, limpiaba las pieles para hacerle un precioso traje, él jugaba con sus hermanos mayores. Era el menor de ocho hermanos y el más travieso y juguetón. Se pasaba el día entero haciendo bromas a toda la familia para sacarles una sonrisa. Su nacimiento llegó justo en el momento adecuado, pues la familia no pasaba por los mejores momentos. El séptimo hermano estaba muy enfermo y justo cuando parecía que su luz se estaba apagando, el pequeño Baltasar llegó para avivarla. Pues no solo alegró sus vidas, sino que con su llegada el pequeño Enam mejoró considerablemente, llegando incluso a salir de casa y jugar como el resto de sus hermanos. El día de su quinto cumpleaños todos pasaron una velada muy divertida viéndole reír y hacer bromas, y Enam que tenía devoción por su hermano pequeño se las reía todas, llegando incluso a participar en alguna que otra travesura. Aquellas sonrisas se eclipsaron con la repentina llegada de un ángel. Ningún hermano incluido el propio Baltasar sospechaba que aquel era el último día que estarían juntos. El ángel le tendió su ala, y Baltasar, cabizbajo la aceptó, no sin antes echar un último vistazo a su querido hermano Enam. «Volveré pronto», quiso decirle con su mirada, pero las lágrimas que empezaron a brillar de los ojos de su hermano, le dieron a entender que no le había entendido. Y finalmente se marchó, para reencontrarse con las otras dos almas elegidas. Esta es una historia que ahora sí vamos a contar.
Los tres pequeños velados por sus respectivas estrellas y aquel extraño ser encargado de recogerlos, viajaron durante días. El primero en llegar fue Melchor, luego Gaspar y por último Baltasar hasta estar los tres juntos en la escuela de magia. Donde según la profecía debían convertirse en magos, para acometer una importante misión.

Un gran castillo, muy diferente al que hoy en día pintan en las películas, les recibió a su llegada. El majestuoso edificio estaba hecho de cristal: sus escaleras, puertas, suelos, muebles, incluso camas. Y hasta que no se acostumbraron, los tres pequeños tuvieron ciertas dificultades a la hora de amoldarse a aquel extraño lugar. Hasta después de un mes, no fueron capaces de encontrar a la primera sus aulas, pues estas cambiaban de lugar cada día, repitiendo la misma secuencia cada semana. Y otro mes más, hasta perder el vértigo a las alturas. Pues desde el piso más alto, el lugar donde se encontraban sus dormitorios, podían ver la última planta tan sólo con mirar sus pies. Así de peculiar era la mansión de la ilusión. Todo lo que en ella había, desde los cubiertos donde se suponía que se debían de utilizar para comer, hasta los armarios que dejaban entrever todo lo que en ellos se ocultaba, confundía a los sentidos, sobre todo al de la vista. Así que hasta la fecha, nadie sabe a ciencia cierta como era de verdad aquel castillo, ni de que estaba realmente hecho. La única certeza que tenemos hoy en día, es que lo que en él se enseñaba era verdadera magia. Las varitas y hechizos que se emplean hoy en día para hablar de magia, no tenían cabida en aquel hermoso lugar, pues su magia venia de otro lugar, no de las palabras, ni de objetos embrujados, sino del corazón. El verdadero mago era el que sabía crear la proporción perfecta entre: amor, bondad e ilusión, y conseguir con su magia salir airosos de las más complejas situaciones. Y así, durante años los tres magos, se vieron envueltos en un mar de experiencias cada vez más complejas, hasta conseguir lograr su objetivo. Ilusionar. Y aunque hoy en día, muchas personas incluida tu, les conozcan con otro nombre, ellos se hacían llamar: “los portadores de ilusión”. Y llegaron a ser sin duda, los mejores de la escuela. Hasta que llegaron a su último y más difícil cometido. Completar la profecía.
Únicamente llegarían a convertirse en verdaderos magos, si conseguían realizarla con éxito. Y para ello debían de poner a prueba su mayor don: el conocimiento del lenguaje de las estrellas. La profecía hablaba de un bebé recién nacido al que debían visitar, guiados por su estrella.

Tras despedirse de sus maestros y del resto de compañeros emprendieron el largo camino que les llevaría por fin a convertirse en verdaderos reyes. Los primeros días, les resultó complicado dar con la dirección correcta, pues las estrellas no se ponían de acuerdo, todas habían sentido hablar de aquel bebé tan especial, pero ninguna ofrecía una información viable en cuanto al rumbo a seguir. Melchor, Gaspar y Baltasar recorrieron juntos muchos quilómetros a pie, hasta dar con una pequeña estrella que centelleaba de manera intermitente, lo cual les llamó la atención y decidieron seguirla. Guiados por la luz irregular de la estrella llegaron a un pequeño pueblo, situado a las afueras del desierto. La estrella yacía sobre una humilde cabaña y unos llantos en su interior, esperanzaron a los tres cansados magos. Un hombre, que les había visto llegar desde el interior, les invitó a entrar. La imagen de una joven dando el pecho con la dulzura única de una madre, hizo que los tres magos se quedasen ensimismados. Y sin pensarlo dos veces se arrodillaron frente a la madre y el bebé.
—No es ella —dijo Melchor convencido.
—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó el joven Baltasar con vehemencia.
—Las estrellas me han hablado. Ella no es el bebé que estamos buscando, pero sí que es una pieza clave para llegar hasta él.
—¿Por qué? —preguntó Gaspar.
—Gracias a ella, un presente muy valioso entregaremos a nuestro bebé predilecto.
Y así fue. Los padres de la pequeña, se mostraron tan agradecidos por las esperanzadoras palabras que los tres magos habían interpretado de la estrella de su hija, que sacando de un lujoso armario un brillante cofre dorado se lo entregaron a Melchor. Sabían que pronto nacería un niño muy especial, pues todos hablaban de él. Lo que nadie en el pueblo sabía era cuando, ni donde seria. Dijo el marido entregándoles su mayor tesoro un cofre lleno de monedas de oro, como ofrenda para el niño que según cuenta una antigua profecía se convertiría en el salvador.

Al salir de la casa, tres majestuosos camellos, les esperaban en la entrada.
—¿De dónde han aparecido estos camellos? —preguntó confuso Melchor. Echó primero una mirada a Gaspar pero su desconcertado rostro le garantizó que él no había tenido nada que ver. Entonces volvió la mirada hacia su compañero de piel oscura, que disimulaba una pícara sonrisa. Entonces lo supo. —¿Esto ha sido idea tuya Baltasar?
—Yo solo he pensado que nos iría bien tener un poco de ayuda —dijo mientras se acercaba a uno de los camellos y le acarició por detrás de la oreja—. Además, estamos a punto de entrar en un gran desierto. ¿Queréis morir de cansancio antes de lograr nuestra misión? —Los otros dos se miraron y no pudieron disimular su sonrisa. Sí, Baltasar tenía un Don, uno que había sido forjado a la vez que su alma, y aunque ni Melchor y Gaspar sabían cómo lo lograba, siempre les contagiaba su ilusión, dibujando en sus rostros una sonrisa. Y os peguntareis, ¿pero de dónde los sacó? Su asignatura preferida en la escuela era la de aparición, y sin duda, le divertía hacer aparecer de la nada, objetos o seres de lo más extraños. Una vez, con tal de animar a un niño que acababa de llegar y estaba asustado, hizo aparecer una cría de dragón que cuidaron y amaestraron para convertirla en la cariñosa y divertida mascota del castillo. Donde aún hoy, dos mil años después, habita.
Subidos sobre la joroba de los camellos, emprendieron de nuevo el rumbo. Guiados esta vez por una estrella algo mayor y resplandeciente que la anterior. Tras largas caminatas, entre las dunas y violentas tormentas de arena, llegaron a un pequeño pueblo que se encontraba en medio del desierto. La estrella descansaba sobre una caseta hecha de hojas de palma. Dejaron los camellos y entraron en aquel pequeño hogar. «¿Se encontrará aquí nuestro bebé?», se preguntó un agotado Melchor. Los años en la escuela habían pasado, al menos a su parecer, muy rápidos pero sus canas revelaban su longevidad. El pequeño se encontraba tapado con una fina sabana, sobre la suave tierra del desierto. Se arrodillaron con el beneplácito de sus padres, y con hermosas palabras les explicaron lo que la voz de su estrella les cantaba. Pues se dice que cuando un alma es pura y feliz, su estrella no solo brilla con fuerza sino que emite una melodía única, animando a las almas que la escuchan.

—Será un niño muy feliz —dijo Gaspar dejando entrever a través de su larga barba una impecable dentadura.
Los padres del pequeño, dudaban del futuro que le aguardaba a su hijo en aquel pobre y aislado lugar. Y aquellas cinco palabras penetraron en sus almas como un bálsamo de alivio. Y como muestra de su agradecimiento les entregaron un cofre plateado, repleto de incienso.
—No es gran cosa… pero… —dijo la mujer.
Baltasar que presenciaba con especial atención la escena, se acercó a la joven que seguía sentada con su bebé encima, y mirando directamente los ojos color esmeralda, le dijo:
—Nada de lo que se entrega con el corazón es poco. —Pues él lo sabía mejor que nadie. Nunca había poseído grandes cosas, pero todo lo que tenía a su alrededor durante aquella época de su infancia, tenía un gran valor para él.
Y dicho esto se despidieron y abandonaron aquel pobre pero entrañable hogar.
De nuevo, aunque algo más cansados, la voz, esta vez de dos estrellas que brillaban muy unidas les llamó la atención, pues estas no cantaban, más bien sollozaban y su luz casi imperceptible parecía un bombilla a punto de fundirse. No eran las más luminosas, ni las más bellas, pero algo en ellas hizo que los magos siguieron su débil luz hasta llegar a un pueblo. Sus calles estaban bordeadas por decenas de casas, pero no paseaba ni un alma entre ellas. Observaron la casa que la tenue luz de las estrellas alumbraba. En su interior una bella mujer, que sostenía entre sus brazos a un bebé recién nacido, les ofreció entrar.
—Sabía que tarde o temprano vendríais —dijo Marianne.
—¿Cómo? —Preguntó desconcertado Baltasar.
—Un sueño me lo mostró. —Sonrió enigmática. En ese momento otro bebé, este de un año de edad, llegó gateando hasta los pies de su madre. Ella se agachó, con gran agilidad a pesar de tener a su otro hijo en brazos, y lo cogió. —Ellos son Alejandro y Aristóbulo, mis hijos.

Los tres magos giraron a ambos lados sus cabezas, en busca de algo o más bien de alguien.
—¿Y su… padre? —Preguntó Gaspar. Él se había criado en el seno de una pequeña familia, pero el amor que sus padres le habían otorgado era mayor a muchas familias más numerosas. Sabía que los pequeños no estaban faltos de cariño, lo percibía en el brillo que surgía de los ojos de su madre al mirarlos, pero aún y así, faltaba una importante figura en aquel hogar.
—Nos… —Los ojos de Marianne empezaron a aguarse— desterró. Pero —dijo limpiando sus lágrimas y tratando de cambiar de tema—, no buscáis a mi marido, ¿verdad?
—No —dijo Melchor, disimulando la conmoción que le había causado aquella joven madre soltera.
—El niño que buscáis está a punto de nacer. Su madre, María y su padre, José se encuentran a una semana de aquí. Su nombre aún lo desconozco, pero él será el verdadero rey de los judíos, lo vi en mi sueño.
Marianne tenía un don especial, un don que había ensombrecido la figura de su importante marido, y por ese motivo decidió expulsarlos de sus tierras. Con sus dos hijos y un mísero cofre de cobre bajo el brazo, cuyo interior contenía el augurio de su familia, la joven se alejó del gran castillo donde reinaba su marido, el actual rey de Judea, Herodes.
—El rey de los judíos —dijo pensativo Gaspar.
—Gracias, por su información y hospitalidad, señorita…
—Marianne —dijo acabando la frase del más anciano de los magos—Pero antes de marchar, ¿les importaría dedicarles unas palabras a mis hijos? Sé que ustedes son magos y pueden ver el futuro.
—No vemos el futuro. Sólo escuchamos a las estrellas. Cada alma tiene una estrella sobre sí, algunas más brillantes otras, menos. Ellas nos hablan y nosotros las escuchamos. Esto no es magia, es nuestro don.

Y dicho esto los tres magos satisfechos con la información que la joven les había ofrecido, prestaron atención a las voces de las estrellas de los pequeños. Su mensaje provocó que el pálido rostro de Melchor, se volviese aún más claro; que el rosado de Gaspar, se tornase blanco como la nieve y que el oscuro de Baltasar adquiriese un tono desvaído. Los tres permanecieron en silencio, sus palabras no conseguían salir de sus bocas. Lo que las estrellas les habían desvelado era terrible. La muchacha dejó a su hijo mayor, Alejandro, en el suelo y recordando la única posesión que tenía, fue en su busca. La tenía en el interior de un destartalado cajón y al cogerla, una fugaz desazón le atravesó el pecho. Finalmente, entregó con sus manos temblorosas el cofre a Baltasar. Los tres magos, cada uno con su respectivo cofre en las manos, salieron de aquella casa a la que le aguardaba una horrible tragedia. Pero esto es otra historia, que ya ha sido contada en innumerables ocasiones, y que en la nuestra, no adquiere mayor importancia.
Tras pasar dos noches y un día sin escuchar la voz y ver el brillo de una estrella, un haz de luz se iluminó en el cielo y su alegre y dulce melodía alentó los ánimos de los magos. «Esta debe de ser la estrella que anuncia el nacimiento del niño», pensaron. Siguieron su luz, que les llevó hasta un pequeño pueblo, Belén. La estrella reposaba sobre un destartalado pesebre y allí, fue donde lo encontraron. Su rostro rosado y sus brillantes ojos confirmaron sus sospechas. Era él. Al acercarse al pequeño y ofrecerle los cofres con sus respectivos presentes: oro, incienso y mirra. Escucharon con atención a su estrella. Su melodiosa voz, les llenó de alegría. Lo habían conseguido y ahora la profecía se cumpliría, él sería el nuevo rey de los judíos.

Su aprendizaje había llegado a su fin, ya eran, tal y como, muchos les conoces: Reyes Magos. Y podrían regresar a casa.
Pero justo cuando estaban a punto de montar en sus camellos y quizás hacer algo de magia para acortar el viaje, un ángel muy especial, el mismo que un día, hacía ya algunos años atrás, les había ido a buscar para emprender esta aventura.
—Habéis realizado esta importante misión con gran éxito. Gracias a vuestro amor —dijo dirigiendo en la mirada a Melchor—, bondad —miró a Gaspar— e ilusión —posó esta vez sus ojos sobre los humildes ojos del joven Baltasar —, el día de hoy será recordado para siempre como el día de los tres reyes magos. Nos habéis guiado hacia el salvador y lo habéis colmado de presentes e ilusión. Pero hoy no he venido por él, sino por vosotros. Os acabáis de convertir en auténticos magos y como recompensar vengo a liberaros del tiempo.
—¿Liberarnos del tiempo?
—Así es. El tiempo es lo que nos hace nacer, crecer, y morir. Si os libro de él, jamás moriréis, y podréis seguir portando vuestra ilusión, cada año en una noche como esta, a todo niño y adulto que crea en vosotros.
—¿Y si no creen? —preguntó un angustiado Baltasar.
—Si no creen vuestra magia, poco a poco, irá desapareciendo hasta morir. Pero, mientras siga existiendo una sola estrella en el cielo que brille iluminando un alma creyente, seguiréis portándole vuestra ilusión, cada cinco de enero, todos los años de su vida.
Y así fue, como la profecía se cumplió y la leyenda de los tres reyes magos de Oriente, se convirtió en realidad. Y esta noche mientras sueñes, tu estrella se iluminará en el cielo para guiarnos hacia ti, y poner en tu alma un pedacito de nuestro mayor Don: la ilusión.

¡No dejes de creer en la magia!

Atentamente: Los portadores de ilusión.

Publicado en relato y etiquetado , , , , .

10 Comentarios

    • Tita gracias por leerme en serio 🙂 y sí, mi idea es que fuese mágico, pero no de poderes ni hechizos, sino que su magia procediese del corazón, espero haberlo conseguido 🙂

    • ¡Ooh! Adela tu comentario se ha transformado en una fuerza e ilusión aún mayores al llegar a mí. Me ha encantado y gracias por decir que llevo en mi la magia es de verdad un elogio increíble 🙂 Gracias por leerme 🙂 Y ya sabes, a seguir formándonos y aprendiendo 🙂
      ¡MIL BESOS!

Deja un comentario