Mi dulce Bestia

Mis pasos se mantenían firmes gracias a la fuerza de su alma, pues en ese momento en qué la música empezó a sonar, todo mi ser dejó de existir y únicamente su amor me sostenía en pie. Alcé mi mirada con cierto temor de no encontrarlo tras el final de aquel largo pasillo, pero allí estaba sonriéndome y esperando mi llegada. Un recorrido que al disfrutarlo como meros espectadores parece relativamente corto, pero cuando eres la protagonista se te hace eterno. Sabía que no volvería jamás a mirar hacia atrás, el futuro que estaba apunto de crear era un sueño hecho realidad, pero mientras avanzaba hacia él me permití saborear con gran satisfacción el momento en que nuestros caminos se cruzaron. Giré mi mirada hacia el anciano rostro de mi padre, nunca había reparado en porqué este paseo se debía hacer acompañada hasta ahora. Él era quien me mantenía con los pies en la tierra, mientras mi mente se sumergía en un mar de recuerdos atesorados, como hermosas perlas en el interior de sus conchas, en un rincón especial de mi corazón.

Aquella mañana en qué decidí presentarme en el umbral de su casa, atraída por su oferta de trabajo, fue sin duda mi perdición. Jamás volvería a ser aquella jovencita que soñaba con vivir un romance de cuento de hadas como el de sus libros. Pues ese día me convertí, sin yo saberlo aún, en la protagonista de mi propia historia. Huérfana de madre desde los cinco años y con un padre enfermo, necesitaba salir de ese mundo de cuentos y empezar a experimentar la dura realidad. Al llegar al suntuoso pórtico, me sentí tremendamente pequeña, como una hormiga bajo la sombra de un rascacielos, creí entonces haberme equivocado, alcé mi diminuta mano con la intención de llamar a la puerta pero mi temor paralizó aquella acción, dudé, y cuando estaba apunto de volverme a casa dispuesta a desechar por completo esta futura fuente de ingresos tan necesaria para mi familia, la puerta de su enorme castillo se abrió.

«¿Me ha sentido?», pensé confundida. Tras la enormidad de aquella puerta de hierro, que impedía cualquier contacto con el exterior y mantenía a todos los que osaran acercarse alejados, lo vi por primera vez. Sus zapatos brillaban tanto que creí ver mi miedo reflejado en ellos y su traje caía sobre su imponente cuerpo realzando su figura y otorgándole una hermosa imagen. De repente me entró un deseo irrefrenable de continuar ascendiendo hasta su rostro, pero al llegar, percibí como si un viento gélido chocase contra mí, frío cual invierno en Alaska. Frente a su presencia sentí como todo mi se difuminaba hasta casi desaparecer. Noté como mis mejillas empezaban a ruborizarse hasta llegar a arder en mi cara, y por fin me atreví a mirarle directamente a los ojos. Verdes como la hierba de la primavera más bella, derritiendo ese hielo ártico que todo su cuerpo pretendía exhalar, lo convertían en un hombre capaz de ofrecer un amor como el de las historias con las que tantas veces había soñado. Su grave pero a la vez dulce voz me sacó de mi ensoñación.

¿Qué desea? —dijo deseoso por despacharme de su vista.

Yo… —titubeé, la mente se me había nublado hasta casi olvidar el motivo de aquella inoportuna visita— venía por la oferta de trabajo que publicó en internet.

Aquellas palabras debieron de desarmarle de cualquier arma que en ese momento poseía, pues tardó unos segundos en encontrar la respuesta adecuada.

¿Es usted la interesada? —dijo buscando a mi alrededor a alguien al parecer mejor cualificada para su trabajo que yo.

Sí.

Después de aquel primer encuentro y aunque noté que mi presencia le irritaba, me permitió quedarme con el puesto de trabajo. Fue a partir de ese momento cuando mi joven corazón, hasta entonces inocente y desconocedor de su poder, empezó a despertar de una larga y dura hibernación; hambriento y con ganas de conocer ese nuevo mundo que acababa de descubrir.

Los días fueron transcurriendo sin mayor sobresalto, pues cuando yo llegaba cada mañana para limpiar su imperioso castillo, él se mantenía encerrado en su habitación, a la espera de que me marchase para salir de ella. «¿Por qué se oculta?», pensé deseosa por saber qué motivos podía llevar a aquel apuesto hombre a alejarse del mundo.

Un mañana, cansada de esperar día tras día volver a ver aquellos hipnotizadores ojos verdes, decidí llamar a la puerta de su cuarto. Tras tocar la puerta que nos separaba, noté un extraño calor que traspasaba la gastada y gruesa madera. Me asusté, era como si al otro lado se estuviese incendiando la sala. Esperé unos segundos, deseando recibir cualquier respuesta suya, pero nadie contestó a mi llamada. Finalmente, desistí aterrada por todo el misterio que envolvía a aquel extraño ser.

Al día siguiente me sorprendió verlo en la sala de estar sentado, leyendo un libro. Al llegar le saludé con timidez mi interior se alivio de verlo sano y salvo, pero su indiferencia me corroboró que mi presencia no le agradaba y me dispuse a empezar mi trabajo de limpieza. Le miré de soslayo y vi como por una fracción de segundo había apartado su mirada de las páginas de su interesante libro para dirigírmela a mí. «Quizás no me odie. Quizás solo me rehuya por temor. ¿Pero a qué puede temer un hombre como él?» el hilo de mis pensamientos mientras subía las escaleras que me llevaban al ala oeste del castillo, me permitió soñar por unos segundos que él pudiera sentir algo por mí. Aquella mañana con mi coraje alimentado por aquellos sentimientos poco creíbles de un amor que jamás existiría, me dispuse a limpiar su refugio. Al colocar mi mano en el picaporte volví a sentir el calor sofocante que debía desprender aquella sala, pero no me achiqué y lo giré empujando hacia su interior con todas mis fuerzas.

Una incandescente luz proveniente del centro de la habitación me impedía ver qué ocultaba en aquel extraño lugar. Y aunque la curiosidad que sentía me invitaba a entrar, aquella sala despedía una fuerza demasiado potente que me lo impedía. «¿Pero qué…? », un feroz grito interrumpió mis pensamientos. La puerta se cerró de repente y tras de mí, apareció el misterioso dueño de la habitación.

No puedes entrar aquí —me dijo rabioso. Con cada sílaba que emergía de su boca pude presenciar la rabia que yo había despertado, después de años adormecida en su interior. Sus ojos ya no me parecieron cálidos sino gélidos y severos.

Pero yo… —titubeé, mientras bajaba mi mirada— solo quería limpiarla, señor.

No. Esta habitación, no. Limpie el resto de salas, o mejor por hoy puede marcharse.

¿Yo… —volví a enfrentarme a sus ojos— puedo saber el porqué? —Llevaba trabajando semanas y jamás había osado preguntarle nada, pero ese día, una extraña fuerza me armó de valor.

No, debería.

Pero, ¿me lo diría?

No.

¿Por qué?

Es personal. Puede marcharse, señorita…

Abigail. —«No sabe ni siquiera cómo me llamo», pensé afligida. Su mirada se tornó cálida como el sol de agosto, «¿quizás mi reacción haya causado este cambio en él?» .

Cerró los ojos, noté como exhalaba un fuerte suspiro cargado de miedos, y me miró. Su mirada dejaba entrever una misteriosa oscuridad. Me asusté. Hice un intento de huir, «debería haberlo hecho antes, cuando él me lo pidió», pensé. Pero entonces su mano rodeó con suavidad mi brazo impidiendo que me marchase.

No se vaya —me pidió.

Nunca —me acerqué a él de un modo que podía sentir el veloz latido de su corazón contra mi pecho.

La oscuridad que desprendía su mirada parecía haber disminuido a su lado me sentía segura, algo en mi interior me dijo que no debía temerle. Me cogió con delicadeza la mano, abrió la puerta de su habitación, la luz cegó mis ojos y noté como me introdujo en ella.

Abra los ojos —me ordenó con dulzura.

Por fin supe de dónde procedía aquella incandescente luz. Una esfera luminosa flotaba en medio de un jarrón de vidrio, colocado del revés sobre una pequeña mesita que había en el centro de la sala. «¿Qué significa esto?», pensé incrédula ante la insólita magia que mis ojos presenciaban.

Esta es mi alma, señorita Abigail. Tras haber sufrido lo suficiente, un día decidí desprenderme de ella y evitar así el dolor. Sí, de esta manera no era una persona completa, no podría sentir emociones, ni amar —dijo volviendo a posar sus intensos ojos verdes sobre los míos— pero su presencia —dejó que un intenso silencio nos envolviese. Estaba luchando en vano por evitar que el dulce hombre que habitaba en su interior saliese— la ha reavivado y podría decirse que hasta curado. —Se acercó a mí y me entró un deseo irrefrenable de acariciar su rostro. Pero cuando lo intentaba, él lo retiró.

Pero si he sido capaz de sanarla, ¿por qué no sé deja sentir de nuevo?

Porque tengo miedo de volver a sufrir.

Le prometo, señor que jamás permitiré que eso ocurra. Me acerqué a su rostro y le besé. —Noté como un intenso calor nos envolvía, dirigí mi mirada hacia la extraña esfera luminosa y vi como esta estallaba liberándose de su cárcel para volver a iluminar su corazón.

Por fin, después del largo y apacible viaje por mis recuerdos llegué al final del pasillo. Me coloqué junto a su cálido cuerpo, mi padre se desprendió de mi mano para entregarme a él. Le miré a los ojos y respiré feliz al pensar que nuestras almas nunca más volverían a estar solas. Desde ese día alimentaríamos su luz con nuestro amor y cuidaríamos mutuamente que nada ni nadie volviese a dañarlas.

Fin

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