Nostalgia

La ciudad se había despertado presidida por la radiante luz del sol. El cantar de los pájaros sobre las ramas de los arboles hacía las veces de despertador para los más madrugadores. Todo en aquel día parecía perfecto. Había soñado demasiadas veces con él, todo estaba planeado hasta el último detalle en mi mente. Todo, menos un extraño sentimiento que crecía silenciosamente en mí interior.

No había pegado ojo en toda la noche debido a la presencia del imponente traje que acechaba frente a mi cama. Ese vestido era como la tentadora portada de un buen libro: su belleza exterior era admirable a simple vista, pero todas las experiencias y aprendizajes que aguardaban en su interior eran mil veces mejor que su fachada.

Tardé hora y media en desayunar, peinarme con la ayuda de mi madre y de la importuna histeria de mi hermana pequeña y, finalmente, vestirme. «Estoy lista», pensé al mirarme al espejo de pie que había en el dormitorio de mis padres. Me sentía preparada, o eso creía.

—¿Mamá, dónde están los zapatos? —dije mientras miraba mis pies cubiertos con unas zapatillas hechas de toalla rosa. Por un segundo me imaginé saliendo así de casa, media sonrisa se dibujó en mi rostro.

—En la terraza, cariño. Te lo dije anoche —gritó mi madre desde la cocina.

Puse los ojos en blanco. No soportaba aquel “te lo dije” que siempre le acababa poniendo mi madre a todas sus frases, como si esta fuese su muletilla estrella.

Me dirigí a la terraza. No recordaba cuando fue la última vez que había salido con la luz del día sobre mí. Normalmente cuando llegaba de trabajar ya era de noche y no veía ni tres subidos en un burro. Pero estaba igual a como la recordaba. Nada, prácticamente, en estos quince años había cambiado en ella. Su suelo de color verdoso me transportaba a aquellos años en que yo y mi hermano imaginábamos que estábamos tumbados sobre un césped impoluto y suave. El balancín que con el tiempo y el desgaste del sol había perdido el color azulado del toldo que lo cubría. La mesa de plástico frente a él, en la que tantos veranos habíamos comido y jugado toda la familia junta. «¿Qué estoy haciendo? Llegaré tarde si me pongo a hacer inventario de todo lo que hay en la terraza», me dije a mi misma. Entonces recordé por qué había salido, ¡los zapatos! Ahí estaban, sobre una mesita de madera donde mi madre tenía alguna que otra planta moribunda, pero que seguía regando, creyéndose que podría salvarla con su cabezonería. «Son tan bonitos», pensé. Había hecho la elección acertada después de visitar todas las tiendas de un centro comercial. Los cogí. A su lado vi un bote de cristal lleno de conchas de todas las formas y tamaños. Lo abrí. Su olor a mar me trasladó a todos los veranos que pasaba buceando en la playa junto a mi familia. Eran otros tiempos, no mejores, solo pasados.

—¿Cariño, qué haces? —me preguntó mi madre con una mirada entrecerrada, cuando entré de nuevo al comedor.

—Buscar los zapatos —dije levantando la mano que los sostenía.

Me senté sobre el sofá para calzármelos. Mi hermana pequeña no paraba de dar saltos sobre él a mi lado. «Yo hacía lo mismo a su edad », recordé. De hecho este sofá tenía un gran hoyo en el centro, imagino que de todo el trote que mis hermanos y yo le hemos dado. El reloj que había sobre el mueble empezó a dar las once. «¿Esa hora es ya?», pensé. Pero mis pensamientos volvieron a vagar por cada objeto, rincón, lugar… Llevándome hacia mis más remotos recuerdos. Junto al reloj vi una figura de cerámica, era una enfermera pintada en tonos pastel sosteniendo en brazos a un bebé recién nacido. Fue el regalo que mi padre le hizo a mi madre cuando mi hermano nació. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de todos aquellos recuerdos que se encontraban escondidos en cada objeto de mi casa? Para mí eran entonces simples objetos, ese día en cambio eran mucho más, eran pequeños fragmentos de mi vida. Mi hermano apareció en ese instante por la puerta del comedor, su cabeza casi rozaba con el marco de la puerta. «Madre mía, no ha llovido nada desde entonces», pensé. Me puse de pie con dificultad, aún no estaba acostumbrada a mis nuevos zapatos, pero era un día especial y aunque me hicieran herida no estaba dispuesta a quitármelos hasta la noche. En mi bolso había metido una caja de tiritas y pomada por si las moscas.

—¿Mamá, dónde está mi corbata? —preguntó mi hermano con su habitual expresión apática.

—En la tercera estantería de la derecha del armario. —Miré a mi hermano y juntos gesticulamos la muletilla que segundos después soltó mi madre—. Te lo dije. —Nos reímos.

Hacía tiempo que no jugaba con mi hermano y por un momento recordé lo bien que nos lo pasábamos juntos. Habíamos crecido. El tiempo nos arrastra sin pausa, los años pasan con rapidez y por mucho que ahora sea tres palmos más alto que yo, siempre será mi hermano pequeño.

Me acerqué de nuevo al espejo de la habitación de mis padres, era el más grande que teníamos en toda la casa. Observé con determinación mi reflejo «ahora sí estoy lista», pensé. O eso volví a creer.

Un pergamino colgado sobre la pared que se reflejaba a la derecha en el espejo llamó mi atención. Me giré. Mi típico gesto de ojos, volvió a aparecer. «Claro, mi izquierda», pensé. Los nervios no me dejaban pensar con claridad. Una sonrisa se dibujó en mi rostro al pensar en lo absurdo que habría sido si alguien me hubiese visto. Por fin di con él. Era un escrito que, hacia años, le había hecho a mi madre. La amaba con locura a pesar de sus muletillas y sus chistes malos. Era mi madre y eso nada lo cambiaba, «ni… el gran acontecimiento de hoy, podría separarnos nunca», pensé. Eché un último vistazo a mi reflejo, mis ojos empezaban a brillar tímidamente.

Me abrí paso entre las quejas de mi hermano, los lloros de mi hermana y los nervios mal disimulados de mi madre, para dirigirme a mi habitación. Mientras caminaba abstraída de todo lo que ocurría a mi alrededor iba haciéndome un lista mental: dejar las zapatillas, coger mi bolso, comprobar que lo llevaba todo y… despedirme.

Para llegar a ella tenía que pasar primero por delante de la cocina. «¡oh, no!», pensé. El olor a galletas recién horneadas seguía impregnando el ambiente. La afición de mi madre por hacer galletas había llegado a convertirse en una obsesión. Una manera, imagino, de liberar sus emociones y sentirse más aliviada. Anoche, con la excusa de que venían unas cuantas amigas preparó una buena tanda de éstas. Sus favoritas: las de canela. He de reconocer que le quedaron muy ricas, pero ¿por qué demonios las tubo que preparar ayer? «Cuánto voy a añorar ese olor», pensé. Hice una gran inspiración con el propósito de almacenarlo en mi memoria. Era la fragancia de mi hogar.

Por fin, después de varios minutos inmersa en mis recuerdos y pensamientos, conseguí salir de ellos. ¿Y para qué lo hice? Los lloros de mi hermana pequeña retumbaban por toda la casa, el resoplar de mi hermano se hacía notar, algo más sutil pero igual de claro, desde su cuarto. Y, como no, mi madre de los nervios intentando en vano mantener la calma.

Llegué por fin a mi habitación. Había estado evitando, de manera inconsciente, aquel momento. De hecho me dio la sensación de tener una casa enorme, pero nada más lejos de la realidad, casi no cubría los sesenta metros cuadrados. Parada frente a la puerta aún cerrada de mi cuarto, un repentino pensamiento volvió a absorberme reflejando en mi rostro una sonrisa. Recordé que de pequeña siempre había querido vivir en un enorme palacio como el de las princesas de mis cuentos, pero, hasta hoy, no me había dado cuenta de lo grande que podía llegar a ser mi casa si la miraba a través de mis recuerdos. Suspiré. Puse mi mano sobre el pomo dorado de la puerta y antes de abrirla la miré. En letras de madera algo infantiles mi nombre presidia la puerta: “CELESTE”. Siempre había estado ahí, al menos que yo recuerde. Día tras día me recordaba que lo que ocultaba tras ella me pertenecía. Tras unos segundos me armé de valor y abrí la puerta.

La luz que entraba por la ventana resaltaba el color rosa de las paredes, que le daba a la habitación un toque de fantasía y dulzura. «Hice un gran trabajo», pensé, al ver todo lo que había dibujado y escrito en las paredes: frases, dibujos, los nombres de todos mis animales… Toda mi vida parecía estar impresa en ellas. Siempre me había sentido orgullosa de mi cuarto, pero hoy que era la última vez que lo vería a través de la intensa sensación de posesión que solo una habitación de tu infancia puede generarte, más. Llevé mi mano con delicadeza sobre cada uno de los nombres que había escritos: Quisi, Niko, Nelly, Hada, Mel, Buda, Baby e Hina. Todos en un color distinto pero la misma carga sentimental. En aquel momento mi madre entró en la habitación.

—¿Cariño, te falta mucho? —dijo mirando extrañada la mano que ahora reseguía el último nombre de la lista: Hina.

Mis ojos se habían empezado a empañar, me sentía avergonzada. «¿Por qué me siento triste?», pensé. Finalmente hice un gesto negativo con mi cabeza.

—Bien. Si te parece, tus hermanos y yo te esperamos abajo. —Se acercó para darme un beso en la frente—. No hagas esperar más de la cuenta al novio —sonrió.

Escuche el sonido de la puerta tras ellos y, después, un silenció que embriagó todo mi ser. Tan solo podía escuchar mis pensamientos y fue entonces cuando una lágrima resbaló por mi mejilla.

Me senté un segundo sobre mi cama. Tenía la consistencia perfecta: ni muy dura, ni muy blanda. Acaricié la colcha de punto que la cubría. Hacía años que me la había hecho mi yaya. Sus colores ahora ya más desvaídos y su tacto algo más espeso, me reafirmaron mis sospechas: el tiempo había pasado como un leve suspiro y jamás volvería a ser como antes. Mi infancia se había ido desgastando como la colcha, ahora de ella solo me quedaban mis recuerdos y… Un pensamiento me vino a la cabeza, me giré para mirar el lugar donde se encontraba el cabecero de la cama. Allí sobre la almohada permanecía una parte de mi infancia. Estrellita, mi pequeña yegua de peluche con la que tantos momentos había compartido: juegos, sueños, conversaciones…

El sonido del interfono me sacó de mi ensoñación. Entonces me acordé. «Mi boda», pensé. Me levanté de la cama, cogí mi bolso y me dirigí hacia la puerta de mi cuarto. Volví mi mirada a la guarida que con el tiempo me había creado, con la inconsciente intención de albergar hasta el último recuerdo. Suspiré y finalmente me atreví a cerrar la puerta, dejando mi infancia en su interior.

Al bajar por las escaleras, me tropecé con la larga cola de mi vestido, pero, por suerte, la única parte de mí que de verdad sufrió aquel pequeño traspié fue mi pelo. Intenté colocarme de nuevo el tocado, y esta vez decidí cogerme la cola para no volver a tropezar. Cuando dejé atrás el último escalón de las escaleras una muchedumbre me estaba esperando. Crucé el umbral y me quedé parada bajo un precioso arco decorado con flores blancas y rosas. Frente a mi estaban mis padres, mis hermanos y mi yaya. Me emocioné al verla de pie, tan solo con la ayuda de su cayado. Las lágrimas volvieron a hacer acto de presencia. «No creo que a este paso me dure mucho el maquillaje», pensé. Y tras ellos un precioso coche de caballos me aguardaba en la puerta. Miré a mi madre emocionada, ya no había forma de parar las lágrimas, y ella me tendió su mano.

—Cariño, quiero que sepas que siempre seguiré a tu lado. —Yo asentí. No podía hablar—. Y éste siempre será tu hogar. —Me abrazó emocionada.

Juntas nos sumergimos en una atmósfera ajena a todo lo que sucedía a nuestro alrededor. En aquel momento solo estábamos ella y yo. Se lo agradecí. Aunque parezca absurdo, por un momento me sentí sola en medio de tanta gente. Pero no lo estaba y jamás lo estaría. Ella siempre estaría conmigo.

Mi hogar seguiría en el mismo lugar, solo que quizás cuando regresase mis sentimientos hacia él habrían madurado por el paso del tiempo. Al fin y al cabo, las vivencias nos ayudan a crecer y nos hacen ver de manera diferente lo que nos rodea. Pero si una cosa había aprendido ese día es que todo sigue estando como siempre, solo hay que saber mirar a través de los recuerdos.

¡Gracias por estar siempre a mi lado, mamá!

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9 Comentarios

  1. ¡Dios mío! He sentido escalofríos a medida que iba leyendo el relato. Eres muy tierna escribiendo. Me ha encantado 🙂 ¡Gracias por compartir esta dulzura!

    • Jajaja Gracias Elena la verdad es todo un elogio para mí recibir un cumplido tan de corazón como el tuyo. Y en estos momentos me viene muy bien para levantar los ánimos <3 Eres un sol 🙂

    • Gracias Mari, espero poder vivir pronto este dia nostalgico y a la vez hermoso día 🙂 Por la parte que te toca aunque tu hijo no sea tan expresivo seguro que lo vivís de forma parecida <3

  2. Es precioso ♥ Hay tanta realidad en este relato (aunque no todo es real XD)
    ¡Gracias a ti, hija mía! Siempre, pase lo que pase, estaré a tu lado.

  3. Nunca te cansas…
    De dejarme sin palabras? 😉
    Al igual que todos los demás, este me encanta.
    (siempre tendrá mi apoyo para lo que sea)
    🙂 <3 <3

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