Un Amor para Recordar

Coloqué su taza de chocolate caliente sobre la mesa. Mis ojos se posaron sobre ella, no podía dejar de observarla, la volvía a tener a mi lado. Su mirada, aún perdida, se posó sobre la mía. «Aún no me ama», pensé para mis adentros. Pero lleno de un optimismo que había vuelto a asentarse en mi ser, me dije: «si una vez conseguí conquistar su corazón, ¿Por qué no podría volver a hacerlo?».

Me senté frente a ella. Le di un pequeño sorbo al humeante chocolate recién hecho; su olor, su sabor me trasportaban a través del tiempo. Siempre al mismo momento. Al día en que todo mi mundo se esfumó por completo para dar paso al suyo.

¿Quieres que te cuente una historia? —le pregunté.

Sus inocentes ojos se posaron en mi. Expectantes. «Es como una niña», pensé. Mientras asía su taza con una mano y con la otra acariciaba la cabeza de Vida, nuestra atolondrada perra, afirmó animosa con su cabeza. Suspiré «¿me siento preparado?», dudé, por un momento, de lo que iba a hacer. Pero no era un relato doloroso o triste, sino que fue la historia que cambió por completo mi vida, sin duda y aunque pueda parecer extraño, a mejor.

Todo empezó un día otoñal. La lluvia caía con fuerza uniendo visiblemente el cielo y la tierra. Bajo aquel maravilloso regalo de Dios, un hombre se encontraba en el interior de su modesta casa, situada en un remoto pueblo catalán, lamentándose y maldiciendo aquella agua que llegaba meses tarde. La gran sequía, que el pasado verano embistió a todo el país, le había dejado sin poder recolectar ninguna uva. Su viñedo era su única fuente económica, y se había marchitado como los débiles tallos de la borraja bajo la masiva presencia de los temibles caracoles.

El hombre, atrapado en un cuerpo insensible, se había convertido en mero espectador de su propia vida. Dejando que el paso del tiempo escribiese sus días, sin esperar nada de ella. Se satisfacía simplemente viéndola pasar sumido en un continuo letargo.

Su mujer, que lo amaba con locura, decidió intervenir en aquella situación. No podía quedarse sentada viendo como su marido se consumía día tras día en el sofá. Así que, gracias a unos vecinos del pueblo, que sabían la gran tragedia que había acometido al honrado matrimonio, dejó de lado su tranquila vida en los viñedos para irse cada día a realizar duros trabajos que nadie queria hacer. De esta manera ellos se ahorraban recurrir a mano de obra especializada, mucho más cara, y a cambio les ayudaban económicamente.

El hastiado hombre en cambio, empezaba su deprimente jornada a eso de la una del mediodía cuando su mujer estaba apunto de regresar. Su relación antes cálida y unida ahora pendía de la cuerda floja, debido al gran desconsuelo que le impedía ver mas allá de su propia desgracia. Aunque, prácticamente, no se veían, ella cada mañana le seguía preparando una taza de chocolate caliente como gesto del inmenso amor que sentía por él. Y junto a su taza, una nota: TE AMO MI VIDA. TODO SALDRÁ BIEN. SONRÍE.

Se sentía avergonzado. «¿Sonreír? No tenemos dinero, no podemos mantener la casa, las viñas, no tengo nada que poder ofrecerte. ¿Por qué sigues conmigo?», pensaba mientras miraba su abandonado cuerpo. Se encontraba sentado en un sofá destartalado y lleno de pelos de su perra. Su pijama, ahora dos tallas más grandes, estaba sucio y pegajoso del chocolate que cada día desparramaba en él. Su barba larga y áspera, parecía un pincel usado. Y lo peor no era su aspecto, sino su mente. Y aunque sabía que la amaba, pensamientos dañinos paseaban a sus anchas por su interior: No conseguirás hacerla feliz. Déjala marchar. No volverás a ser lo que eras. No te volverá a mirar como lo hacia antes.

Cada día, la observaba, atrapado en el interior de su propia pecera, llegar de su jornada laboral exhausta pero animada. Su aparición era como si de repente entrase un soplo de aire fresco en una habitación permanentemente cerrada. Se dirigía, una vez había dejado su abrigo y su bolso mal colocados sobre la mesa, hacia él brindándole un delicado beso en la frente, acompañado de un cálido sentimiento que le transmitía con la mirada: “todo está bien”.

Una lágrima resbaló por mi mejilla, pero por suerte ella no se percató, y proseguí con mi historia.

Después de saludar a su desesperada perra que saltaba y ladraba de alegría al verla, se dirigía a la ducha. Al terminar su aseo personal le contaba las hazañas de su día, sin duda mucho más entretenidas que las de él, mientras preparaba la cena con la dulzura que predominaba en su interior. Cenaban frente al televisor, ya que él nunca tenia de qué hablar y prefería entretener sus autodestructivos pensamientos con absurdas imágenes. No se atrevía a enfrentarse a sí mismo. Él era sin lugar a dudas, su peor enemigo.

Un día como otro cualquiera, se levantó a la misma hora de siempre y se asomó a la ventana, atraído por el sonido de la fuerte lluvia al chocar contra el tejado. Fuera la luz y la vida brillaban por su ausencia. Paradójicamente se parecía con creces a la oscuridad que se había apoderado desde hacia meses en su interior. Cogió desganado su taza de chocolate, leyó su nota con una delicada caligrafía y un significado aún mayor que el que en ellas se leía: TE QUIERO, NO LO OLVIDES. Ese día por algún extraño motivo las palabras habían cambiado, pero su amor y dulzura seguían tras ellas. Una tímida sonrisa se dibujó en su firme rostro. Se sentó en el sofá a esperar que, por algún extraño motivo, algo extraordinariamente bueno le despertase y le devolviese las ganas de vivir.

El teléfono sonó, «¿quién podría ser?», pensó con una mezcla de enfado y preocupación. Nadie solía llamar nunca, había perdido con el tiempo a sus amigos y su mujer se encontraba trabajando. Vida, que estaba tranquilamente tumbada, se sobresaltó, la perra tampoco estaba acostumbrada a aquel extraño sonido que ofrecía señales de vida del exterior. Cogió el teléfono y lo colocó sobre su oído sin mediar más palabras que un simple monosílabo “¿Sí?”. Escuchó, con la mirada perdida, lo que la persona que había tras la línea le estaba contando. Cuando la información pasó de su oído a sus neurotransmisores, que enviaban la información transmitida a sus neuronas, sus manos empezaron a temblar. Dejó caer el teléfono al suelo. Se quedó unos segundos petrificado. Su adormilada mente se había paralizado y no enviaba ninguna señal a ninguno de sus músculos.

Cuando recuperó parte de su movimiento, se puso un chándal viejo que encontró en un cajón. Llevaba meses sin ponerse ropa de calle, ni siquiera se molestaba en sacar a Vida, ya que no se atrevía a salir y sentir el aire que alimentaba su odioso ser haciéndole sentir vivo. Por eso se limitaba a malvivir entre penurias, con la esperanza de que un día por arte de magia todo cambiase. Sin duda ese parecía el día, pero no era como se lo esperaba, Dios parecía haberle dado de lado hacía mucho tiempo. «Quizás solo me esté enviando lo que merezco», se decía a sí mismo, tratando de encontrar un sentido a todo lo que le acontecía.

—¿Su perra se llamaba, como…? —miró a su lado, donde la perra seguía tranquilamente tumbada disfrutando de la compañía de su mamá humana.

Asentí. Noté un brillo especial en su mirada. «¿Está empezando a recordar o son imaginaciones mías?», pensé. Pero decidí proseguir con mi narración.

Media hora después de aquella llamada llegó a la zona de urgencias del hospital central. Aparcó su abandonado vehículo y entró por una puerta corredera que chirriaba al abrirse y cerrarse. Frente a él se encontraba la recepcionista. Se acercó corriendo sin cerciorarse si antes de él había alguien esperando. No veía nada. No atendía a nada. Tan solo tenía un pensamiento y una imagen en su mente, ella.

Lo siento, ahora mismo no puede visitarla —dijo la recepcionista después de unos largos cinco minutos de buscar en su lista de pacientes—. Los horarios de visita en la unidad de cuidados intensivos ya han finalizado, esta tarde a las cinco el turno de visitas se volverá a abrir, entonces podrá verla.

«¿Unidad de cuidados intensivos?». Se estaba empezando a encolerizar ante aquella negación cuando un doctor, que estaba cerca de él, se aproximó y le dijo que él había atendido a su mujer. El doctor, un hombre de unos treinta años, fue franco con él.

Su mujer se encuentra en un estado muy crítico. Ha sufrido un grave accidente de tráfico y su cerebro está muy afectado. —Dejó unos segundos para que el hombre asimilara esta información y prosiguió—: Se encuentra en un profundo coma del que es muy posible que nunca despierte.

El médico lo acompañó a una pequeña sala muy iluminada debido a las luces artificiales que la regentaban. En el centro una cama presidia la habitación. Las máquinas gobernaban aquella escueta estancia. Allí estaba, inmóvil y más apagada que nunca. No recordaba haber visto nunca así a su mujer, tan falta de vida como en aquel momento. Siempre había sido una luchadora nata, nada, ni nadie había conseguido parar la bestia que rugía en su interior, hasta ese día.

Tenía la cara amoratada, llena de tubos por todo su cuerpo, y una mascarilla azul le cubría parte del rostro facilitándole la respiración. Físicamente era ella, pero él percibía que había perdido a su mujer, al menos la que había convivido veinte años con él, para siempre.

 

Las siguientes cuatro semanas se las pasó, prácticamente, en el hospital. Recorriendo, siempre que los médicos le impedían estar junto a ella, los pasillos de aquella desangelada clínica. Para escapar de sus propios pensamientos observaba a la gente e imaginaba sus posibles vidas.

Un día mientras vagaba como alma en pena por uno de esos pasillos se topó con unos niños, llevaban puesto el pijama del hospital, por lo que dedujo que debían de ser pacientes, pero su rostro, a pesar de estar totalmente ausente de pelo, desprendía felicidad y vitalidad. Al parecer aquellos chiquillos, que no debían de superar los catorce años de edad, le acababan de gastar una broma a una enfermera, la cual iba enfurecida tras ellos. No podían parar de reírse, su vida parecía fácil, pero su rostro pálido y pelón parecía decir lo contrario. Aquella travesura fue su interruptor.

Aquellos críos inocentes le habían enseñado algo muy importante; a dejar atrás sus temores y vivir. Había desperdiciado su vida y ahora debía recuperarla.

Volvió a la habitación donde yacía su mujer. Le acarició el pelo y con un suave susurro le pidió perdón. Se sentía mal por haber estado tan ausente durante tanto tiempo. Había vivido en un mundo donde él era el centro de todo, pero la realidad le había hecho ver lo equivocado que estaba. El centro de su vida no giraba en torno a él, ni a sus supuestas miserias, sino a ella. En aquel momento consiguió salir de su propia pecera.

Cada mañana antes de salir de casa para ir al hospital, sacaba a pasear a Vida, sabía que ella también la echaba mucho de menos, eran una familia, y les faltaba la pieza fundamental. Así que le dedicaba mucho más tiempo a la perrita desde que su mujer estaba en coma. Sabía que ella, al igual que él, estaba sufriendo y entendía su dolor. Una vez habían caminado, jugado y olisqueado todos los bosques que había alrededor de la casa, dejaba a Vida tranquilamente durmiendo sobre el sofá. Preparaba un termo de chocolate caliente, tal y como solía hacer ella cada mañana antes del accidente. Cogía sus tazas, decoradas personalmente con mucho cariño por su mujer. “La vida es un regalo, disfruta de ella cada día” había escrito en la de él y “La única receta para vivir es amar” en la de ella. Y aunque las había releído día tras día desde el accidente, pudo entender por primera vez el significado de ambas frases. «Siempre tiene que tener razón», pensó mientras una sonrisa se le dibujaba en su rostro.

Cuando abrían el turno de visitas él ya estaba en la puerta esperando para entrar a verla. Se sentaba junto a su mujer, le llenaba su taza de chocolate recién hecho, con la esperanza de que el intenso aroma del amor la hiciese volver de ese mundo lejano en el que se encontraba. Y mientras él se tomaba el suyo, le contaba un cuento inspirado en sus vidas que hechizaba toda la habitación.

Un día en que el cielo había despertado despejado de la densa niebla que llevaba días acechando el amanecer, bajo el radiante sol que las puertas de la primavera dejaban como indicios de su proximidad, sus ojos se abrieron. Él no podía creérselo. Su felicidad había llegado a su punto álgido en aquel instante. La miró y atisbó una brizna de asombro y miedo en su rostro. Levantó su mano izquierda para tratar de colocarle bien el pelo de la cara, pero ella se alejó lentamente de él.

Los médicos, a las pocas horas, constataron que había perdido parte de su memoria y, por lo tanto, no lo recordaba y difícilmente conseguiría hacerlo. «Siempre tan positivos», pensó. Pero él aún y así se sentía dichoso de volver a ver aquella mirada inocente y llena de luz que la caracterizaba. Su memoria era una nimiedad en comparación con el hecho de volver a verla despierta junto a él.

No fueron días fáciles para ambos, pero poco a poco aprendieron a estar juntos de nuevo. Él le preparaba su chocolate cada mañana, le contaba historias y juntos paseaban a Vida, que había vuelto a ser una perra feliz. Ella percibía que su mamá estaba algo cambiada, pero al fin y al cabo era su madre humana y la amaba incondicionalmente, como solo un alma pura sabe amar.

Extendí mi mano para acariciar el suave pelo de Vida, y fue entonces cuando nuestras manos se unieron por primera vez des del accidente. La miré intentando leer sus pensamientos y emociones. Ella leyó la frase que había escrito, de su puño y letra, en su taza y levantó su mirada hacia mí tímidamente.

¿Éramos nosotros, verdad? —dijo girando su mirada hacia la perra que disfrutaba de las caricias de ambos.

Afirmé con la cabeza.

¿Por qué sigues a mi lado, aún y sabiendo que soy una carga para ti y que no te quiero?

No eres una carga, eres todo mi mundo y sí que me quieres —dije convencido—, solo que no lo recuerdas. Tú me has dado todo lo que tengo en la vida, y me sacaste del pozo de amargura en el que me había metido hace algo más de un año. Mi vida había dejado de tener sentido, pero al sentir que te perdía me di cuenta. Tú eres mi vida. Y después de unas cien tazas de un excelente chocolate caliente —dije con una sonrisa pícara—, estoy seguro de que recordaras qué fue lo que te enamoró de mí.

Bajó su mirada hacia su taza, su rostro se había sonrojado de repente, quizás —pensé— por la temperatura del chocolate, y con un hilo fino y dulce de voz me dijo:

Creo que lo estoy empezando a recordar.

Fue entonces cuando volví a sentir aquella mirada que jamás pensé volver a ver. Y nuestras almas volvieron a unirse para no separarse nunca más.

FIN

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7 Comentarios

  1. Como ya te dije en su momento, este relato me parece precioso Cris y es uno de mis favoritos.
    El amor es magia… creo que eso resume todo jaja es muy emocionante, guardo tu relato en mi memoria 🙂

    • ¿Sabes? Me alegra muchísimo que tú, que no te hace mucha gracias leer XD, leas mis relatos. De verdad, nunca me hubiese imaginado que haría de ti una gran lectora XD y mira lo estoy consiguiendo jajajaja. Cuando publique el libro estarás lista para leértelo en dos días, ya veras 😛 EN SERIO, GRACIAS POR LEÉRTELOS Y POR TU APOYO ENANA <3

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