Un amor sin fin

Los humanos somos demasiado orgullosos y arrogantes en vida, no valoramos lo que tenemos hasta que la muerte nos vuelve humildes.

Ella se encuentra sentada en nuestro escritorio. Su delicada nuca permanecía igual que el primer día que la vi, desnuda y pálida como el marfil.

Amor mio, hoy sin duda es un día muy especial. El día en que tú y yo, celebramos nuestra boda definitiva. El amor no es finito, la muerte no es una barrera, tan solo una nueva oportunidad de hacer de él, un amor infinito.

No puedo verte, pero sí sentirte y aunque me siento despedazada, como si un enorme roedor hubiese jugueteado a placer con mi corazón, sé que estás a mi lado.

La gente me mira con pena, incluso a veces creo oír sus pensamientos: «pobre mujer, con lo que ha luchado siempre…». Ven en mí una viuda más, pero están muy equivocados. Sigo casada con el hombre de mi vida: TÚ.

Nuestra vida ha sido como el reflejo de la mar; a veces trasparente y en calma y otras revuelta y oscura. Pero no hay un solo día que no haya disfrutado de tu amor.

Me intentan consolar diciéndome que ya no estas con nosotros, pero hablan sin saber. Tu esencia sigue viva en nuestros hijos y tu recuerdo en mi corazón.

Gracias cariño, por compartir tu vida conmigo. Has sido, eres y será mi mayor regalo.

TE AMO ESTÉS DONDE ESTÉS.

—Y yo —digo sin esperar que sus débiles oídos puedan oírme. Sus palabras siguen repitiéndose en mi interior como susurros suaves pero hipnotizantes.

Las lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas dejando algún borrón de tinta en la carta. Finalmente decide plegarla. La introduce en un sobre y la sella con su dulce saliva. «Aún me parece recordar su sabor». Se pone en pie y saca del cajón de la mesita de noche un frasco de cristal, lo destapa y lo coloca bajo uno de sus pómulos, esperando llenarlo con esa salada secreción que ha conseguido escapar de su dolorido corazón.

 

—¿Mamá estás lista? —La voz de nuestra hija la sobresalta. Y la devuelve al mundo “real”.

—Casi.

Pero consigue volver a introducirse en ese otro mundo. Un lugar al que solo unos pocos, que saben entenderlo, tienen acceso: el mundo de las emociones, de los sentimientos, de las almas. Extiende una mano hacia una pequeña caja de color naranja que tiene a su derecha. En la tapa puedo distinguir una foto; somos nosotros el día de nuestra boda. Dos nombres entrelazados lucen escritos con suma delicadeza sobre nuestros jóvenes rostros. Resigue con ternura mi rostro y accede a levantar la tapa. Introduce la carta a un lado y el pequeño frasco al otro, pero sus pensamientos me muestran que falta lo más importante. Se levanta y se dirige hacia el armario. Todos mis trajes siguen tal y como yo los dejé. Introduce su fina mano en el bolsillo de mi esmoquin, el mismo que utilicé el día de nuestra boda, y saca mi alianza. Se la acerca a su ojeroso rostro y puedo notar, a través de sus sentidos, mi aroma aún en ella. Su corazón se contrae de repente y sus ojos se cierran de dolor. Pero su fuerza no le permite echarse atrás, así que introduce el anillo en la caja y la cierra para siempre. Sellándola con el amor de un dulce beso.

Se encuentra frente las escaleras con la caja llena de recuerdos en una mano y la cola de su largo vestido de novia en la otra. Suspira, el oxigeno que entra por sus pulmones la llena de valor y empieza a bajar. «Esta preciosa», pienso.

Son las doce en punto. El sonido susurrante de las campanadas de la iglesia nos llega a través del viento. La mañana está dando sus últimos coletazos y con el sol situado en su punto más álgido, llego a la conclusión: «Es la hora».

Todos los invitados a la ceremonia van vestidos con alegres trajes. Frente a mí, se encuentran mi mujer, mis hijos, mis amigos… todos escuchando con atención la voz del párroco. El corazón de mi mujer late con rapidez, no es tristeza lo que en él intuyo sino pasión. Estamos a punto de sellar nuestra unión para siempre. Hoy he aprendido una importante lección y es que la muerte no es un obstáculo para el amor, pues es en vida cuando éste puede disiparse y romperse. «Ahora ya nada podrá acabar con él», pienso mientras la miro con satisfacción.

La melodía de nuestra primera boda empieza a sonar: el tango “volver” de Carlos Gardel. Ella levanta su mirada, posando sus ojos en mí. «No puede verme, pero sabe que estoy aquí», pienso. La miro y me siento parte de ella.

Vuelve su mirada hacia el féretro. Deposita la caja con delicadeza, como si del más valioso talismán se tratase, junto a mi cuerpo sin vida. Siento mi alma liberada. Me he quitado un peso de encima, y nunca mejor dicho —sonrío. La arena cae sobre mí, pero nada interrumpe la claridad que me rodea. Mi luz no proviene del sol, sino del amor que custodia en su interior.

 

Por siempre jamás.

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