Una navidad diferente

Los ángeles dejamos un vestigio para que las almas puras como la tuya, llegado el día, alcen libremente sus alas y regresen a su hogar. Esa huella se impregna en el corazón de la gente a través de una historia. No una cualquiera, sino la de la persona que más admiramos y amamos como humanos y, ahora, como ángeles. Esta no es solo la historia de un niño, sino la de muchos de ellos, cuyo coraje y amor crecen, día tras día, al ser regado por sus lágrimas.

La noche de la tragedia brilló por encima del resto con sus luces y festejo navideños. ¿Irónico, no? Ali se mostraba inquieta, excitado esperanzado con que aquellas leyendas que su padre le había contado sobre unos seres mágicos que se presentaban justo esa noche del año en las casas para dejarles algún un pequeño trozo de chocolate. «¿Chocolate, ni más ni menos, lo he probado alguna vez?», pensó con los ojos iluminados por la emoción con el momento de llegar a saborear aquel dulce placer. Su madre, en cambio, le habló de lo verdaderamente importante de aquellas fechas: los milagros que desde hacia miles de años se hacían realidad durante esa noche tan especial. Años en los que un niño era solo un niño y la navidad su época favorita. Su magia los envolvía como niebla espesa aunando realidad y fantasía entre dulces aromas y divertidos cánticos. El momento perfecto para reunir a la familia frente a un hermoso árbol de Navidad. Pero para el pequeño esta magia estaba a punto de desaparecer de su vida.

Justo antes de que su madre le diese un cálido beso en la frente y le arropase con su colorida manta, Ali había pedido un deseo. No se lo había dicho a nadie, pues sino, no se cumpliría. Por aquel entonces aún no sabía de qué se trataba, pero minutos después su deseo llegó a mí oculto bajo la incandescente luz de una estrella fugaz. Debía hacerlo realidad. Él, un inocente de tan solo cinco años de edad, merecía ser feliz. ¿Pero cómo?

Su madre apagó la luz de su cuarto y salió de él, dejando la puerta entreabierta para que le entrase un pequeño hilo de luz procedente del salón. Sabía que su hijo no podía dormirse si no era así, y no le importaba dejar la luz toda la noche encendida con tal de que los hermosos sueños del niño penetrasen en su alma haciéndole olvidar su realidad.

Ali escuchó como los susurros y risas, provenientes del dormitorio de sus padres, resonaban rompiendo el silencio de la casa. Un profundo suspiro salió de lo más hondo de su alma, liberándolo de su pesar y se adentró en aquel mundo onírico, donde la fantasía relevaba durante unas horas la realidad de la vigilia, para dar paso a los sueños más remotos que habitan en el corazón.

Abrió sus ojos y vio a lo lejos, en la orilla de la playa, a sus padres. He de decir que Ali nunca antes había estado en una, pero su increíble imaginación hacía que su sueño pareciese real. Sus padres le llamaron con un enérgico gesto de manos, Ali miró hacia los lados, pero no había nada que le impidiese ir. Nada que le impidiese disfrutar de aquel magnifico día, lo que le extrañó haciendo que la duda abrazase con mayor fuerza el miedo que lo acompañaba cada segundo de su vida, desde su nacimiento. Después de una espacio de tiempo relativamente corto, se confió y dejó que el miedo volara solo. Se levantó y echó a correr hacia su familia. Por primera vez en su vida la libertad alimentaba su alma. La fría arena de la playa le provocaba una placentera sensación en las plantas de los pies, liberándolo de la fuerte presión que había acumulado durante demasiado tiempo en el pecho. Al llegar a donde su madre le esperaba de rodillas con los brazos abiertos, la abrazó con toda la fuerza que su pequeño cuerpo le permitía. El nexo que los unía era como el más bello de los diamantes: duro e irrompible. Había sido un niño muy deseado a pesar de la época y del lugar en el que había nacido. Siempre pensé que era uno de los niños más amados de mundo. Y ahora que puedo ver en el interior de los corazones de la gente, lo corroboro. Lo era. Ambos cayeron al agua y la presión desapareció de su corazón. Las risas de sus padres lo arroparon en invisibles capas hechas de amor. Un amor incondicional. Un amor que traspasaba todos los confines del mundo. Y juntos entraron en una atmósfera de despreocupación y felicidad en la que nunca antes había estado.

Un ensordecedor estruendo hizo retumbar toda la casa. Abrió repentinamente los ojos. Se llevó su pequeña mano al pecho y se percató: la presión seguía comprimiendo su corazón. «Todo ha sido un sueño», pensó desolado. Esa noche Ali dejó de ser el un niño para convertirse en un adulto con demasiadas cicatrices e historias que contar. Los gritos y sollozos de la gente llegaban como ecos apagados a sus oídos. «¿Qué pasa?»

—¿Mamá? —gritó asustado— ¿Papá?

Otro espantoso estallido seguido de pequeños golpes y gritos volvió a turbarlo, arrasando con la poca felicidad que aún se hallaba en su interior. Siguió llamando a su madre, siempre acudía a su llamada. «Siempre», resonó esta palabra en su nublada mente.

—¿Mamá? —dijo entre sollozos.

Pero nadie acudió esta vez. Salió de su habitación envuelto en lo único que le propiciaba calidez en aquel duro momento: su manta. Sus ojos se abrieron como platos al ver la escena que estaba sucediendo. Fuera del umbral de su cuarto no quedaba nada. Toda su vida, todo lo que había conocido, estaba ahora entre los escombros, incluida su familia. Su casa había desaparecido. La cocina en la que había cenado la noche anterior ahora estaba oculta bajo una niebla cenicienta que le impedía hasta respirar. Se tapó la nariz con su mano y siguió intentando recordar su casa antes del desastre, con el propósito de romper la invisible linea que separaba la realidad de la ficción y sumirse en el único lugar donde había sido feliz: los sueños.

El salón donde su padre le había contado: cómo celebraban la navidad en otros lugares del mundo, cómo decoraban un bonito árbol con bellos adornos y luces y cómo la familia se ponía frente a él a cantar villancicos Historias que le parecían sorprendentes y que esperaba poder vivir algún día. Aquella noche vi un brillo especial en sus ojos, «¿Un ápice de ilusión, quizás?», pensé. Pero duró poco. Pronto se eclipsaron por la lúgubre estampa de navidad que la guerra había dejado en su corazón.

Giró la cabeza en dirección al dormitorio de sus padres. No estaba. Las paredes yacían apiladas en el suelo, el techo sobre la cama y sus padres… bajo este. El silencio se apoderó de él. De su vida. Se sintió solo en un mundo enorme, lleno de odio y maldad. Y lloró. A su alrededor los gritos y el sonido de las bombas que caían hacían retumbar la ciudad, pero para él ya solo existía el silencio. Nada por muy atronador que fuese consiguió hacer vibrar su tímpano. Ya no respondía. Como tampoco lo hacia el resto de su cuerpo.

La luz del dormitorio se encendió, su madre corrió en su auxilio, «Sabía que vendría», pensó aliviado. Abrió los ojos. Estaba transpirando, las sábanas yacían húmedas bajo su cuerpo y él seguía en la cama. La miró confuso. No era ella. Aquella mujer que había corrido a su auxilio, alertada por sus gritos, no era su madre. Esta le abrazó con fuerza, apretándolo hacia su pecho, pero Ali empezó a chillar y mover con rabia sus pequeñas extremidades. Sabía que estaba dañándola, pero aun y así, seguía notando el calor del cuerpo de aquella extraña junto al suyo. No desistió a pesar de la brutalidad de su rabieta siguió abrazándolo, transmitiéndole todo su amor. Pasados unos minutos todo acabó. Ali se calmó y entonces lo recordó. Todo había sido una pesadilla. La sombra de su pasado le acechaba cada noche. El silencio volvió a presidir su corazón.

Volvía a ser navidad, las luces se reflejaban a través de las ventanas del cuarto del pequeño, pero él no las veía. Ya hacía un año de aquel fatídico día, pero gran parte de su cuerpo seguía paralizado. Había dejado de creer en aquella magia de la que tantas veces su madre le había hablado. Su infancia se había desaparecido, al igual que sus padres, bajo los escombros. Su deseo no se había cumplido y ya jamás lo haría. Se abrazó a la mujer con fuerza, pues era lo único que le quedaba, y lloró.

Cada noche, el pequeño Ali se convertía en prisionero de su propio sueño. Una pesadilla que para muchos niños hoy en día sigue siendo real. Pero él tenía la suerte de que al despertar siempre acudía ella a su angustiosa llamada. La mujer que no era su madre pero que sí que lo era. Y le calmaba ofreciéndole todo su amor.

La guerra había dejado un vacío en su corazón. Un hueco que jamás podrá rellenarse ni curarse con nada. Sus verdaderos padres habían fallecido, al igual que sus amigos y vecinos, a consecuencia de ella. Un año después seguía sintiéndose como aquella noche de navidad en la que se despertó tras el sonido de las bombas. Solo, bajo el único refugio de su manta.

La navidad volvió a dejarse caer como un bloque de acero macizo sobre su alma. La ilusión que envuelve a los demás niños no se había dejado ver en su rostro desde entonces. Una mañana su madre le levantó temprano de la cama. «No es día de colegio», pensó Ali. Pero ella lo cogió, le vistió y le llevó hasta el coche.

¿A dónde vamos, ma… —se quedó callado, no podía decir aquella palabra— Neylan?

—A un lugar mágico —le dijo su madre dibujando una hermosa sonrisa llena de amor e ilusión y cogiendo con fuerza su mano.

En ese momento el pequeño se dio cuenta de una cosa. Fuese quien fuese esa mujer, jamás lo soltaría.

Antes de llegar, Neylan le hizo ponerse una venda para darle más expectación a la sorpresa que le iba a dar a su hijo. Ali dudó, pero confió en ella. Cogido de la mano de Neylan y Murat, el hombre extraño que estaba casado con Neylan, el pequeño llegó al maravilloso sitio. Murat le ayudó a quitarse la venda. Ali apretó con fuerza los ojos, pues se le había nublado la visión por la presión de esta, y miró al frente. Su mirada volvió a iluminarse mientras levantaba poco a poco su cabeza fundiéndose esta vez sin temor en una verdadera sensación de seguridad.

Entonces lo supe. La sombra se estaba marchando de su interior y esta vez para no volver. Aquel paisaje cubierto de nieve y con un hermoso árbol de navidad en el centro estaba sanando su herida. No era el árbol en sí, si no lo que representaba para él. La historia que su padre le había contado sobre la navidad en otros lugares del mundo era cierta. Durante sus años en Siria jamás había visto un verdadero árbol de navidad, y allí estaba frente a él. Un espléndido árbol adornado con todo lujo de detalles que resplandecían gracias a la luz de su inocente alma. «La magia existe», pensó. Miró al cielo, sabía que allí había un ángel que velaba por él. El ángel que había hecho posible su deseo. Pues la verdadera magia no es cosa de reyes magos ni de ancianos barbudos vestidos de rojo que van diciendo con voz grave “jo-jo-jo”. Esta magia venía de algo mucho más enigmático y ancestral: el amor.

Levantó su mirada, primero a un lado y luego al otro. Allí estaba, junto a sus padres, dos personas que lo amaban con locura y harían cualquier cosa por él. No eran sus verdaderos padres, pero los amaba como si lo fueran.

Toda historia acaba con un final feliz, ¿No es así? La de Ali termina bien, su oscuridad se disipa de su corazón para dejar paso a la magia que todo niño debe sentir en estas fechas. Pero no todas las historias de niños como Ali acaban bien. Yo he querido contar su historia, pues yo fui su verdadera madre. Y no quisiera que ningún otro niño sufriese lo mismo. Nuestras narraciones no siempre son alegres, pues cada día que pasa se convierten en más trágicas, pero seguimos contándolas con la esperanza de hacer reflexionar a los que aún viven.

Quizás esta no sea una historia típica de navidad, pero por desgracia no todas las navidades se viven del mismo modo. Esta es la navidad vivida a través de los ojos de mi pequeño Ali, y posiblemente la de muchos otros como él. Yo solo soy un ángel que narra historias; tú, en cambio, navegas bajo el influjo de tu corazón, no permitas que otro ángel cuente una historia como la de Ali. Nosotros solo podemos contarlas, tú puedes hacer que estas nunca tengan que narrarse. ¿Sabes ya qué historia no contarás?

Fin

Publicado en relato y etiquetado , , , , , , , , .

3 Comentarios

  1. Criss, adoro este relato desde que lo leí en el curso donde nos conocimos 🙂 Es muy triste pero muy tierno, es muy dura ver esta realidad que muchas veces nos tapan… y es muy duro ver la cantidad de niños que sufren las consecuencias de unos adultos inmaduros que no saben lo que es la paz, el respeto y el perdón… En fin, que te voy a decir a ti, esperemos que un día cese todo esto y los pequeños dejen de sufrir.

    Tienes talento como escritora 🙂

    ¡Un beso guapa!

Deja un comentario