¿Por qué escribimos?

Este es un post que escribí para el blog de autores de Sabes Leer, del cual formo parte, y que ahora me gustaría compartir con todos vosotros. No sin antes, invitaros a echar un vistazo a su página web, donde encontraréis un amplio y selecto abanico de autores y sus respectivos libros, para elegir vuestra próxima lectura.

¿Por qué escribimos?

Esta es la pregunta estrella que muchos nos hacen y el resto de personas piensan. Quizás ni nosotros mismo tenemos la respuesta exacta al hecho de por qué un día nos planteamos empezar a escribir.

Y hoy me gustaría haceros reflexionar sobre dicha elección que un día tomamos y de la que os aseguro que no nos arrepentiremos nunca.

Una vez escuché decir a un escritor que existían dos clases de escritores: los que escriben para hacerse ricos y los que escriben para no suicidarse. Esta radical clasificación llamó mi atención, y hasta me hizo plantearme a qué grupo creía pertenecer yo misma. Tras una larga tarde de  reflexión yo diría que estoy entre ambas. No pretendo hacerme rica escribiendo, aunque sí me gustaría poder vivir de ello y tampoco la escritura es una alternativa al suicidio, aunque sí que es una buena manera de escapar de la crueldad y frivolidad del mundo que nos rodea. Así que en parte este escritor tenía razón, pero yo creo que en vez de clasificaciones los llamaría extremos. Son quizás los dos extremos, por los que alguien decidiría escribir. Sin hablar de la pasión por las letras, que está inscrita en todo corazón narrador.

¿Por qué empecé a escribir?

Supongo que escribir, era mi forma de llorar. Cuando ya no te quedan lágrimas que derramar, los sentimientos se acumulan en tu interior y para mí la mejor vía de escape fue la escritura y la lectura. Ambas por igual. Es cierto, que primero descubrí la magia de los libros con la lectura y me perdí durante años en ese mundo de fantasía alejado de la pesadilla que por aquel momento se había adueñado de mi persona. Más adelante, empecé a escribir en un diario mis pensamientos, reflexiones y miedos. Fue entonces, cuando me di cuenta de lo mucho que me ayudaba y, además, gustaba. Pero ese no fue el inicio de mi carrera como escritora, sino que primero trabajé de lo lindo para erradicar mis propios demonios y, una vez alejados de mí, llegó la inspiración a mi vida. Había dejado mi mente libre, para que ésta pudiese anidar en mi cabeza. Y cuando inspiración y sueños se unieron, nació el  germen de mi primera novela: la magia del amor.

Así que regresando al tema del post, si me preguntan hoy en día que por qué escribo, mi respuesta más sincera sería: para ser feliz.

¿Para qué sino hace alguien algo tan arduo como idear una historia, una trama, unos personajes y escribirla, sino es porque durante el proceso se divierte y ante el resultado se siente dichoso?

Y como conclusión final me gustaría dejaros esta pequeña frase, que deseo que os guste:

La escritura nos convierte en mejores personas, nos ayuda a comprender el mundo que nos rodea y, a la vez, nos mantiene a salvo de él.

 

El final de una historia

¿Cuantas veces te has encontrado escribiendo el final de tu novela y… de repente te entra un ansia descomunal por concluir su desenlace?

Pues en este punto es donde me encuentro yo. Me siento muy feliz de estar acabando el primer libro de una trilogía llena de amor y ciencia ficción, todo ello envuelto en una trama que te invitará a conocer un nuevo avance científico que permitirá crear humanos sintéticos con alma, como es el caso del protagonista de esta historia.

Os dejo, en primicia, la imagen del personaje que está a punto de enamoraros.

Siento deciros que de momento no os puedo desvelar mucho más, pero realmente este post lo escribo para tratar de ordenar esas ideas que me vienen a grandes oleadas justo al final de mi historia y que piden a gritos un hueco entre mis páginas. Es increíble que, a pesar de tener un esquema bastante pensado, me sigan surgiendo cambios e ideas originales a estas alturas. Hasta yo misma me sorprendo. Y sin duda, en cuanto acabe este post, me voy a poner a recopilarlas todas para así crear un colosal final para esta primera novela de una gran trilogía.

Y hablando del final de la novela…

Cómo muchos sabéis, aunque el final parece algo de lo más sencillo no lo es. En él tienes que introducir una gran cantidad de escenas a cada cual más sorprendente y tratar de cerrar todos los cabos sueltos que durante la historia fuiste abriendo. Y como es mi caso, dejar alguno que otro sin resolver para dar juego a la siguiente novela de la serie.

No, el final no es fácil, pero estoy de acuerdo en que es, quizás, uno de los momentos más divertidos para el escritor.  Momento en que la excitación se apodera de tu cuerpo para crear algo increíble. Ese final que tú como escritor estabas deseando leer en algún momento de tu vida y que ahora lo estás convirtiendo en una realidad plausible para que otros lectores lo saboreen.  

¿Sabes qué es lo mejor del final?

Que nunca lo es. Como en la vida real, tras él siempre hay un principio que, puedes tomar la opción de continuar en una segunda entrega, o bien, puedes optar por dejar que la imaginación de los lectores lo cree a su voluntad. Tú elijes. La decisión es del autor. Y mientras lo decides, los lectores se están empezando a acomodar en sus sillones, deseosos por degustar ese plato preparado con tanto mimo y dedicación, a la espera de que el sabor penetre en su paladar y lo convierta en una recuerdo inolvidable.

¿Sabes cómo sería tu final ideal como lector? Pues escríbelo.

Reseña: El principito

FICHA TÉCNICA

Autor: Antoine de Saint-Exupéry

Obra: El principito

Género: Infantil

Editorial: Salamandra

Año publicación: 1943

Páginas: 93

RESEÑA

En este libro de apariencia infantil su autor Antoine de Saint-Exupery refleja una serie de valores transcendentales para la vida de las personas grandes, envueltos en una atmosfera infantil y tierna que te invita a reflexionar en cada una de sus páginas.

Antoine de Saint-Exupery (1900-1944), escritor y ganar de importantes premios literarios de Francia y piloto militar al comienzo de la segunda guerra mundial, escribió e ilustró esta obra mientras se encontraba exiliado en los Estados Unidos, tras la batalla de Francia. A través de su obra el autor refleja su disconformidad con el mundo que le rodea haciéndose valer de la  inocencia infantil, etapa, que según refleja, de mayor pureza y sabiduría a lo largo de la vida del hombre.

A través de su lectura El principito nos desvela ciertas conductas banales que las personas a lo largo de su vida aceptan como únicas realidades, que en realidad a ojos de un niño no tienen ninguna relevancia.

Pero nadie le creyó por culpa de su vestido. Las persona grandes son así.” P.19 (Prejuicios)

Los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes.” P.20 (Incomprensión)

Sólo los niños saben lo que buscan.” P.75 (Pureza)

La obra trata sobre un piloto, el narrador, que al averiarse su avioneta cae en medio del desierto. Es entonces cuando este se encuentra con un extraño hombrecito llegado de un diminuto planeta que le mostrará cómo es su vida en un planeta donde tan solo existe una única flor y en el que él mismo deshollina sus volcanes.  Un lugar muy distinto al que conoce el narrador, pero que a medida que pasan los días y el hombrecito le cuenta aspectos de su vida y de su viaje por los distintos planetas, se da cuenta de la sabiduría y bondad de este pequeño gran hombre.

A lo largo de su viaje el principito pasa por un total de siete planetas, en los que apreciará distintas formas de vivir y comportarse que le llevarán a amar aún más su humilde vida dedicada principalmente a cuidar de la única flor que habita en su planeta, con un carácter algo peculiar y vanidoso, pero que al fin y al cabo, él domestico para que fuese “SU FLOR”.

El respeto hacia el medio ambiente, la amistad, la pérdida, la justicia, la búsqueda de la felicidad… son solo algunos de los aspectos que el autor nos refleja gracias a ese entrañable hombrecito que, recién llegado a la tierra y sin conocer nada de ella, despierta en él una serie de sueños e ilusiones que, a causa de la edad y de las personas grandes, permanecían latentes. La pintura es uno de esos sueños que en su día los mayores le robaron.

Quizás me creía semejante a él. Pero yo, desgraciadamente, no sé ver corderos a través de las cajas. Soy quizás un poco como las personas grandes. Debo de haber envejecido.” P21.

Gracias a su sencilla y atractiva narración y a la profundidad con la que se abordan distintos temas vitales, El principito no es tan solo una novela infantil más, sino que se ha convertido en una joya literaria indispensable para niños y adultos.

CITAS CON ALMA

“Es triste olvidar a un amigo.” P.20

“¡Es tan misterioso el país de la lágrimas!”P.30

 “Nadie está nunca contento donde está.” P.72

“Los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón.” P.81

Un único libro nos regala: cientos de lecturas y miles de emociones

Hola queridos soñadores, como ya os comenté la guarida ha dado un pequeño cambio, y se ha vuelto mucho más reflexiva y profunda que nunca.

¿Es posible que un libro que puede llegar a ser muy beneficioso para unos sea, a la vez, dañino para otros?

En el post de hoy me gustaría compartir una reflexión propia que en ocasiones mientras leía me ha venido a la cabeza. Veréis ¿cuántos de vosotros no os habéis emocionado nunca mientras leías una escena que os recordaba a alguien conocido, o bien que despertaba recuerdos dormidos en nosotros mismos?

La verdad esos son los buenos libros, los mejores diría yo. Libros que en su interior, a parte de la historia, guardan una serie de reflexiones válidas para todos. Pero… del mismo modo que nos emocionamos quizás porque despierta en nosotros una serie de recuerdos, también puede perjudicarnos por revivirlos. ¿No lo habéis sentido? Sí, sé que todos pensamos que la lectura no tiene ningún perjuicio para la salud, y mucho menos para la salud mental, pero ¿y si esa lectura remueve momentos del pasado que aún no hemos superado?

No quiero, ni mucho menos, decir que leer este tipo de libros sea malo, de hecho todo lo contrario, creo que nos ayudan a superar esos momentos. Pero sí que puede llegar a ser doloroso, y en ciertas circunstancias, en las que aún no lo hayamos superado, quizás perjudicial.

Como por ejemplo…

Libros que hablen de un aborto, muchos quizás nos emocionaríamos y sentiríamos cierta compasión por la protagonista pero… pongámonos en la piel de una lectora que lo ha sufrido hace poco. Es posible que leer este libro le ayude, ya que puede ser un libro que le albergue luz a su oscuridad, pero también puede ser que se vea obligada a dejar de leerlo por el intenso dolor que le provoca dicho recuerdo. Otro ejemplo, este mucho más común seguramente para todos: una pérdida, hoy en día casi en todos los libros se habla de una, le da emoción y profundidad a la historia. Yo soy de las que creen que la muerte no es para nada el final, así que no creo que sea algo negativo, y si lo trato en mis libros procuro reflejar ese lado positivo que puede dejar en los seres queridos dicha pérdida. Nosotros, los que nos quedamos en la tierra, realmente no perdemos nada, sino que durante todo el tiempo compartido con dicha persona hemos ganado mucho más de lo que nos imaginamos. Pues bien, quizás para alguien que recientemente haya sufrido en sus propias carnes una muerte cercana esta la lectura, en la que el protagonista sufre una pérdida similar, pueda causarle un dolor tan grande que tenga que parar de leer. Y no digo que el libro sea malo, ni esté mal escrito, de hecho cuando nos sentimos tan reflejados en ese personaje es porque está narrado de una forma muy verosímil, vamos que el autor a dado en el clavo al reflejar la escena.

Hace poco me pasó con un libro, era un libro que me estaba leyendo con la idea de documentarme para mi próximo proyecto de escritura, pero cuando me di cuenta estaba inmersa en la historia de un personaje que sufría una situación que me recordaba demasiado y con todo lujo de detalles a una parte dolorosa de mi vida. Por supuesto, no es culpa del autor, él puede narrar todo lo que desee en su libro, pero en esta pequeña y modesta reflexión podemos ver que lo que para unos puede ser muy beneficioso para otros puede llegar a ser, en las circunstancias más extremas, dañino. Es más, mientras leía este libro me sorprendió lo bien que describía cierta escena pero, aunque ya han pasado muchos años, no me siento aún a día de hoy capaz de leer ciertas cosas, de revivir quizás ciertos momentos, no solo por dolor, sino por el temor que dichas emociones, sensaciones y recuerdos puedan causar en mi mente, llegando incluso a querer volver a vivir dicha situación. No lo creo, pero nunca sabes por donde puede salir nuestra mente, así que por si acaso esperaré unos años más para leer este libro del que os he hablado.

Como veis la lectura llega a ser mucho más compleja y profunda de lo que quizás muchos se imaginan, es algo maravilloso visto de este modo, ya que una historia nos puede producir ciertos cambios psicológicos, de tal modo que al acabar un libro no seremos la misma persona que antes de leerlo, y eso es algo que me fascina. Con cada libro cambiamos, evolucionamos, crecemos, aprendemos y, aunque a los lectores apasionados y divulgadores de la lectura no nos guste oír esto, también es posible perjudicarnos.


Esta reflexión no pretende hacer que dejes de leer, o que dejes de leer libros en los que personalmente te sientas identificado, si consigues hacerlo es porque estas totalmente curado, por así decirlo, te sientes seguro de ti mismo y leerlo te ayudará a consolidar este estado. Pero también hemos de tener en cuenta que no todos estamos nos encontramos en esta misma situación. Quizás lo ideal antes de elegir un libro es conocernos a nosotros mismo, conocer en qué momento de la vida nos encontramos y qué esperamos obtener con esta lectura, de este modo, todo lo que leamos será beneficioso y nos ayudará a seguir creciendo como personas.

Un buen lema quizás seria:

Conócete, lee y sigue conociéndote.

Con este post no quiero decir que no podamos sufrir ante una situación dolorosa de la historia, está claro que sí, y eso es lo que más me engancha de los libros. Me encanta sufrir por amor, por una pérdida, por un personaje… Suena un poco cruel pero esto significa que nos ha llegado tanto que hasta podemos sentir justo lo que él siente en ese momento. Pero siempre separando ese sufrimiento de nuestra propia integridad física y psíquica. Es decir, siempre y cuando ese sufrimiento se quede solo en esas páginas.

El próximo post será también una reflexión, muy relacionada con esta, pero esta vez bajo el punto de vista del escritor a la hora de hablar de ciertos temas. ¡Os espero!

Si os ha gustado me encantaría que compartieseis vuestra opinión y si habéis sentido alguna vez algo parecido a lo que intento explicar, de la mejor manera que sé, en este articulo.

Gracias por leerme y, sobre todo, continuad, por muy pesado e imposible que parezca, persiguiendo vuestros sueños. Veréis cómo el día que menos os lo esperéis se cumplirán. 

Renovarse o Morir

Buenos días queridos soñadores, esta es una entrada diferente a las habituales. Pues, tal y como digo en el título, estoy renovando la forma de ver y sentir la guarida, con el propósito de que llegue con mayor intensidad a acariciar vuestras almas. 
¿Y cómo lo lograré?
 
Con honestidad y Amor.
Esta noche, las musas que viven en esta guarida han decidido visitarme y por supuesto como me suele pasar robarme horas de sueño, pero… siempre son bienvenidas pues gracias a ellas tienen sentido y alma mis historias.
Me han hecho reflexionar, y como yo no necesito, las dudas me han envuelto y perseguido toda la noche. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Qué podría mejorar? ¿Cómo podría sentirme más a gusto yo misma con mi guarida?
Bien pues aquí está mi reflexión y por consiguiente aprendizaje, pues toda reflexión aporta algo importante que deja huella en nosotros.
He decidido darle un nuevo enfoque a la guarida. Uno, espero, mucho más sincero y cercano.  Con el tiempo nos equivocamos, cambiamos, rectificamos y eso es lo que nos hace aprender. Creo que yo he aprendido algo, no mucho de estos meses como bloguera o mejor dicho habitante de mi guarida, y ese algo es que no puedo convertir algo tan maravilloso en un obligación. Me explico, hay días en los que todo ser humano, por una u otra razón, no se encuentra con ánimos para realizar según que cosas: como escribir en su propio blog, o en el caso de que seamos muy previsores y ya tengamos el post escrito, no creo que si estamos en uno de esos días al menos bajo mi parecer, sea muy honesto publicar según qué entradas. Y más en mi caso que intento que todas mi historias y posts desprendan un aroma de felicidad, esperanza e ilusión en cada palabra, frase o párrafo. Que lo llegue a conseguir es otra cosa pero esa, y ahora al menos lo sabréis, era mi intención. 
Bien pues con esto explicado quiero compartir una reflexión que me ha llevado a este cambio. Ha habido días en que me he visto presionada, por mí misma sí pero presionada al fin y al cabo, por publicar tal día, a tal hora, cierto post o cierto relato. Suelo tener más o menos preparadas mis publicaciones pero… Me gusta revisarlas y retocarlas antes y eso requiere que ese u el día de antes le eche un ojo para publicarlas tranquila. Ese “deber” que yo misma me autoimpongo con mi blog, que para muchos puedes ser algo positivo no lo dudo, para mí no es que sea negativo pero sí que en ciertos días lo noto forzado, o incluso me siento mal por engañaros diciéndoos unas cosas cuando en realidad mi estado anímico está a kilómetros de ese sentimiento esperanzador que intento compartir. Esta es una opinión totalmente personal y por lo tanto, no digo que sea lo adecuado a la hora de llevar un blog, simplemente digo que es lo que yo como persona y aprendiz de escritora siento que debo hacer. Así que a partir de ahora no os voy a prometer que tal día de la semana predeterminado tendréis un nuevo post en nuestra guarida, digo nuestra porque tú al entrar en ella formas parte también de ese corazón que alimenta sus historias y reflexiones, simplemente el día que me sienta sinceramente con ánimo, con ganas y sobretodo sienta lo que esas palabras que he escrito dicen y crea en esa ilusión que intento transmitir ese día, tendréis un nuevo post o relato cargado de verdadero amor, de verdadera ilusión y en definitiva de verdaderos sentimientos.
Así que lo que en su día me planteé o mejor dicho estudié que debía plantearme como un blog para captar posibles lectores, captar suena muy mal, prefiero enamorar a posibles lectores, hoy lo veo de otra manera. ¿Por qué no abrirlo a un público más extenso? No voy a dar lecciones de cómo escribir, no estoy a ese nivel, pero… ¿no somos los escritores unos de los sectores que más libros leen? ¿O es que los escritores solo escribimos? Pues bien este blog también es para vosotros y para todos aquellos que os apetezca reflexionar y soñar conmigo. 
Esta es vuestra guarida y crecerá con vuestros pensamientos, sentimientos, reflexiones y como no, pues ella siempre está en el corazón de este lugar, con la literatura. Así que entre todos, hagamos de ella un bonito hogar.
No os prometo nada, tan solo que todo lo que halléis en ella será fruto del amor, la honestidad y la ilusión.

Una navidad diferente

Los ángeles dejamos un vestigio para que las almas puras como la tuya, llegado el día, alcen libremente sus alas y regresen a su hogar. Esa huella se impregna en el corazón de la gente a través de una historia. No una cualquiera, sino la de la persona que más admiramos y amamos como humanos y, ahora, como ángeles. Esta no es solo la historia de un niño, sino la de muchos de ellos, cuyo coraje y amor crecen, día tras día, al ser regado por sus lágrimas.

La noche de la tragedia brilló por encima del resto con sus luces y festejo navideños. ¿Irónico, no? Ali se mostraba inquieta, excitado esperanzado con que aquellas leyendas que su padre le había contado sobre unos seres mágicos que se presentaban justo esa noche del año en las casas para dejarles algún un pequeño trozo de chocolate. «¿Chocolate, ni más ni menos, lo he probado alguna vez?», pensó con los ojos iluminados por la emoción con el momento de llegar a saborear aquel dulce placer. Su madre, en cambio, le habló de lo verdaderamente importante de aquellas fechas: los milagros que desde hacia miles de años se hacían realidad durante esa noche tan especial. Años en los que un niño era solo un niño y la navidad su época favorita. Su magia los envolvía como niebla espesa aunando realidad y fantasía entre dulces aromas y divertidos cánticos. El momento perfecto para reunir a la familia frente a un hermoso árbol de Navidad. Pero para el pequeño esta magia estaba a punto de desaparecer de su vida.

Justo antes de que su madre le diese un cálido beso en la frente y le arropase con su colorida manta, Ali había pedido un deseo. No se lo había dicho a nadie, pues sino, no se cumpliría. Por aquel entonces aún no sabía de qué se trataba, pero minutos después su deseo llegó a mí oculto bajo la incandescente luz de una estrella fugaz. Debía hacerlo realidad. Él, un inocente de tan solo cinco años de edad, merecía ser feliz. ¿Pero cómo?

Su madre apagó la luz de su cuarto y salió de él, dejando la puerta entreabierta para que le entrase un pequeño hilo de luz procedente del salón. Sabía que su hijo no podía dormirse si no era así, y no le importaba dejar la luz toda la noche encendida con tal de que los hermosos sueños del niño penetrasen en su alma haciéndole olvidar su realidad.

Ali escuchó como los susurros y risas, provenientes del dormitorio de sus padres, resonaban rompiendo el silencio de la casa. Un profundo suspiro salió de lo más hondo de su alma, liberándolo de su pesar y se adentró en aquel mundo onírico, donde la fantasía relevaba durante unas horas la realidad de la vigilia, para dar paso a los sueños más remotos que habitan en el corazón.

Abrió sus ojos y vio a lo lejos, en la orilla de la playa, a sus padres. He de decir que Ali nunca antes había estado en una, pero su increíble imaginación hacía que su sueño pareciese real. Sus padres le llamaron con un enérgico gesto de manos, Ali miró hacia los lados, pero no había nada que le impidiese ir. Nada que le impidiese disfrutar de aquel magnifico día, lo que le extrañó haciendo que la duda abrazase con mayor fuerza el miedo que lo acompañaba cada segundo de su vida, desde su nacimiento. Después de una espacio de tiempo relativamente corto, se confió y dejó que el miedo volara solo. Se levantó y echó a correr hacia su familia. Por primera vez en su vida la libertad alimentaba su alma. La fría arena de la playa le provocaba una placentera sensación en las plantas de los pies, liberándolo de la fuerte presión que había acumulado durante demasiado tiempo en el pecho. Al llegar a donde su madre le esperaba de rodillas con los brazos abiertos, la abrazó con toda la fuerza que su pequeño cuerpo le permitía. El nexo que los unía era como el más bello de los diamantes: duro e irrompible. Había sido un niño muy deseado a pesar de la época y del lugar en el que había nacido. Siempre pensé que era uno de los niños más amados de mundo. Y ahora que puedo ver en el interior de los corazones de la gente, lo corroboro. Lo era. Ambos cayeron al agua y la presión desapareció de su corazón. Las risas de sus padres lo arroparon en invisibles capas hechas de amor. Un amor incondicional. Un amor que traspasaba todos los confines del mundo. Y juntos entraron en una atmósfera de despreocupación y felicidad en la que nunca antes había estado.

Un ensordecedor estruendo hizo retumbar toda la casa. Abrió repentinamente los ojos. Se llevó su pequeña mano al pecho y se percató: la presión seguía comprimiendo su corazón. «Todo ha sido un sueño», pensó desolado. Esa noche Ali dejó de ser el un niño para convertirse en un adulto con demasiadas cicatrices e historias que contar. Los gritos y sollozos de la gente llegaban como ecos apagados a sus oídos. «¿Qué pasa?»

—¿Mamá? —gritó asustado— ¿Papá?

Otro espantoso estallido seguido de pequeños golpes y gritos volvió a turbarlo, arrasando con la poca felicidad que aún se hallaba en su interior. Siguió llamando a su madre, siempre acudía a su llamada. «Siempre», resonó esta palabra en su nublada mente.

—¿Mamá? —dijo entre sollozos.

Pero nadie acudió esta vez. Salió de su habitación envuelto en lo único que le propiciaba calidez en aquel duro momento: su manta. Sus ojos se abrieron como platos al ver la escena que estaba sucediendo. Fuera del umbral de su cuarto no quedaba nada. Toda su vida, todo lo que había conocido, estaba ahora entre los escombros, incluida su familia. Su casa había desaparecido. La cocina en la que había cenado la noche anterior ahora estaba oculta bajo una niebla cenicienta que le impedía hasta respirar. Se tapó la nariz con su mano y siguió intentando recordar su casa antes del desastre, con el propósito de romper la invisible linea que separaba la realidad de la ficción y sumirse en el único lugar donde había sido feliz: los sueños.

El salón donde su padre le había contado: cómo celebraban la navidad en otros lugares del mundo, cómo decoraban un bonito árbol con bellos adornos y luces y cómo la familia se ponía frente a él a cantar villancicos Historias que le parecían sorprendentes y que esperaba poder vivir algún día. Aquella noche vi un brillo especial en sus ojos, «¿Un ápice de ilusión, quizás?», pensé. Pero duró poco. Pronto se eclipsaron por la lúgubre estampa de navidad que la guerra había dejado en su corazón.

Giró la cabeza en dirección al dormitorio de sus padres. No estaba. Las paredes yacían apiladas en el suelo, el techo sobre la cama y sus padres… bajo este. El silencio se apoderó de él. De su vida. Se sintió solo en un mundo enorme, lleno de odio y maldad. Y lloró. A su alrededor los gritos y el sonido de las bombas que caían hacían retumbar la ciudad, pero para él ya solo existía el silencio. Nada por muy atronador que fuese consiguió hacer vibrar su tímpano. Ya no respondía. Como tampoco lo hacia el resto de su cuerpo.

La luz del dormitorio se encendió, su madre corrió en su auxilio, «Sabía que vendría», pensó aliviado. Abrió los ojos. Estaba transpirando, las sábanas yacían húmedas bajo su cuerpo y él seguía en la cama. La miró confuso. No era ella. Aquella mujer que había corrido a su auxilio, alertada por sus gritos, no era su madre. Esta le abrazó con fuerza, apretándolo hacia su pecho, pero Ali empezó a chillar y mover con rabia sus pequeñas extremidades. Sabía que estaba dañándola, pero aun y así, seguía notando el calor del cuerpo de aquella extraña junto al suyo. No desistió a pesar de la brutalidad de su rabieta siguió abrazándolo, transmitiéndole todo su amor. Pasados unos minutos todo acabó. Ali se calmó y entonces lo recordó. Todo había sido una pesadilla. La sombra de su pasado le acechaba cada noche. El silencio volvió a presidir su corazón.

Volvía a ser navidad, las luces se reflejaban a través de las ventanas del cuarto del pequeño, pero él no las veía. Ya hacía un año de aquel fatídico día, pero gran parte de su cuerpo seguía paralizado. Había dejado de creer en aquella magia de la que tantas veces su madre le había hablado. Su infancia se había desaparecido, al igual que sus padres, bajo los escombros. Su deseo no se había cumplido y ya jamás lo haría. Se abrazó a la mujer con fuerza, pues era lo único que le quedaba, y lloró.

Cada noche, el pequeño Ali se convertía en prisionero de su propio sueño. Una pesadilla que para muchos niños hoy en día sigue siendo real. Pero él tenía la suerte de que al despertar siempre acudía ella a su angustiosa llamada. La mujer que no era su madre pero que sí que lo era. Y le calmaba ofreciéndole todo su amor.

La guerra había dejado un vacío en su corazón. Un hueco que jamás podrá rellenarse ni curarse con nada. Sus verdaderos padres habían fallecido, al igual que sus amigos y vecinos, a consecuencia de ella. Un año después seguía sintiéndose como aquella noche de navidad en la que se despertó tras el sonido de las bombas. Solo, bajo el único refugio de su manta.

La navidad volvió a dejarse caer como un bloque de acero macizo sobre su alma. La ilusión que envuelve a los demás niños no se había dejado ver en su rostro desde entonces. Una mañana su madre le levantó temprano de la cama. «No es día de colegio», pensó Ali. Pero ella lo cogió, le vistió y le llevó hasta el coche.

¿A dónde vamos, ma… —se quedó callado, no podía decir aquella palabra— Neylan?

—A un lugar mágico —le dijo su madre dibujando una hermosa sonrisa llena de amor e ilusión y cogiendo con fuerza su mano.

En ese momento el pequeño se dio cuenta de una cosa. Fuese quien fuese esa mujer, jamás lo soltaría.

Antes de llegar, Neylan le hizo ponerse una venda para darle más expectación a la sorpresa que le iba a dar a su hijo. Ali dudó, pero confió en ella. Cogido de la mano de Neylan y Murat, el hombre extraño que estaba casado con Neylan, el pequeño llegó al maravilloso sitio. Murat le ayudó a quitarse la venda. Ali apretó con fuerza los ojos, pues se le había nublado la visión por la presión de esta, y miró al frente. Su mirada volvió a iluminarse mientras levantaba poco a poco su cabeza fundiéndose esta vez sin temor en una verdadera sensación de seguridad.

Entonces lo supe. La sombra se estaba marchando de su interior y esta vez para no volver. Aquel paisaje cubierto de nieve y con un hermoso árbol de navidad en el centro estaba sanando su herida. No era el árbol en sí, si no lo que representaba para él. La historia que su padre le había contado sobre la navidad en otros lugares del mundo era cierta. Durante sus años en Siria jamás había visto un verdadero árbol de navidad, y allí estaba frente a él. Un espléndido árbol adornado con todo lujo de detalles que resplandecían gracias a la luz de su inocente alma. «La magia existe», pensó. Miró al cielo, sabía que allí había un ángel que velaba por él. El ángel que había hecho posible su deseo. Pues la verdadera magia no es cosa de reyes magos ni de ancianos barbudos vestidos de rojo que van diciendo con voz grave “jo-jo-jo”. Esta magia venía de algo mucho más enigmático y ancestral: el amor.

Levantó su mirada, primero a un lado y luego al otro. Allí estaba, junto a sus padres, dos personas que lo amaban con locura y harían cualquier cosa por él. No eran sus verdaderos padres, pero los amaba como si lo fueran.

Toda historia acaba con un final feliz, ¿No es así? La de Ali termina bien, su oscuridad se disipa de su corazón para dejar paso a la magia que todo niño debe sentir en estas fechas. Pero no todas las historias de niños como Ali acaban bien. Yo he querido contar su historia, pues yo fui su verdadera madre. Y no quisiera que ningún otro niño sufriese lo mismo. Nuestras narraciones no siempre son alegres, pues cada día que pasa se convierten en más trágicas, pero seguimos contándolas con la esperanza de hacer reflexionar a los que aún viven.

Quizás esta no sea una historia típica de navidad, pero por desgracia no todas las navidades se viven del mismo modo. Esta es la navidad vivida a través de los ojos de mi pequeño Ali, y posiblemente la de muchos otros como él. Yo solo soy un ángel que narra historias; tú, en cambio, navegas bajo el influjo de tu corazón, no permitas que otro ángel cuente una historia como la de Ali. Nosotros solo podemos contarlas, tú puedes hacer que estas nunca tengan que narrarse. ¿Sabes ya qué historia no contarás?

Fin

El falaz sabor de la felicidad

 

La mañana en que llegó Juan era fría. La niebla cubría todo lo que podía verse tras mi ventana. Sentía como si me estuviese quitando parte de mi oxígeno, y quizás así fuese. Mi vida ya no tenía sentido. Mi familia, mi pareja, mis amigos, etc. Todo parecía insípido después de haber probado el sabor de la falsa felicidad. Una falacia que envolvió todo mi mundo y de la que pocos consiguen escapar. Y cuando todo parecía perdido, llegó él.

Cansado de pasarme las horas y los días mirando a la nada, desde la ventana de mi cuarto, me giré dando la espalda al mundo real. Y allí estaba Juan, de pie junto la puerta. No lo había escuchado entrar, de hecho era imposible que hubiese entrado por la puerta, pues la llave siempre estaba echada. Llevaba meses en aquel cuarto, saliendo muy de vez en cuando por necesidad. Pero él había entrado. ¿Cómo? Más adelante lo sabrás. Pero en aquel momento yo tampoco lo sabía. Así que, creo que lo más justo es que ambos juguemos las mismas cartas y que tú, al igual que yo, en aquel entonces, tampoco lo sepas.

¿Su aspecto? No sabría cómo describirlo. Era un ser diferente. Medio hombre, medio animal o quizás otro tipo de criatura. Con el paso del tiempo, me di cuenta de que su semblante iba cambiando, adquiriendo formas cada vez más inverosímiles.

Me sonrió y me sentí, por primera vez después de meses, bien. Fue como si parte de él entrase en mi interior y me llenase de vida. Desde aquel momento nos hicimos inseparables. Siempre estaba a mi lado. Nos divertíamos juntos y hablábamos largo y tendido sobre la vida. «Un gran amigo», pensaba.

Pero, poco a poco, aunque no física pero sí psicológicamente fui pareciéndome a él. Sus pensamientos se difuminaron en una capa perfectamente homogénea con los míos. Mis seres queridos empezaron a notar algo extraño en mí. Mi mirada, decían, había cambiado y mi silencio ya no era tranquilo, sino más bien tenso. Julia, mi novia, lloraba cada vez que hablaba conmigo. No entendía el porqué en aquel momento. Yo me sentía feliz, después de muchos meses atrapado en la más absoluta indiferencia. Pues lo peor que le puede pasar a una persona es sumergirse en ese mar. Te ahogas en él sin llegar a sentir nada. Y cuando quieres darte cuenta ya es demasiado tarde para salir a la superficie. Pero mi familia no creía que yo estuviese saliendo a ella, sino que seguían viendo como me hundía sin ni siquiera enterarme.

Pasaba los días encerrado en mi habitación igual que antes, pero con la diferencia de que ahora no miraba nunca por la ventana. Aquella pequeña abertura que me mantenía conectado al mundo real, ahora estaba siempre de espaldas a mí. La luz del sol no llegaba a penetrar ni un solo átomo de mi cuerpo. Seguía en la oscuridad, sí, pero no estaba solo, tenía a Juan. Era mi mordaz lazarillo, pues yo me encontraba ciego y solo, en medio de un mundo extraño en el que él me guiaba a placer. Su visión del mundo se introdujo en mi como el hilo en una aguja en mi ser. Creía ver el mundo tal y como era de verdad gracias a él. «Crecí entre falacias», pensaba. Y me sentí confuso y enfadado a la vez con mis seres queridos. Me distancié, aún más, de ellos pero seguía en continuo contacto con mi fiel amigo Juan.

Un día, mi novia entró en mi cuarto. Hacía mucho que no entraba en él. Para mí era muy personal, pues en él estaba lo único en lo que de verdad creía. Todo lo que había al otro lado de la puerta de madera de haya, que custodiaba mi habitación, era mentira. Según Juan: ella, mi familia y mis amigos me habían mentido. El hedor a habitación cerrada y sudor le provocó una pequeña arcada que disimuló colocando la mano sobre su boca y tapando sus fosas nasales. La miré con un ápice de odio, nunca antes lo había hecho, y ella se sobresaltó. Sus ojos me hablaron aterrorizados. En aquel preciso momento olvidé aquel sabor que me había llevado al infierno en el que me había refugiado y recordé lo mucho que la amaba.

Me sentí atrapado. Sin saber qué hacer. Mi única certeza en ese momento era que: “no quería, por nada del mundo, perderla”. Mis ojos se empezaron a empañar y, poco a poco, me fui acercando a ella. Estaba igual que antes de que todo esto empezase, antes de que la droga consumiese mi ser. Todo parecía estar en silencio pero un sibilante susurro me alejó de ella, llevando mis pensamientos a un lugar mucho más lejano y frío. «No. Detente. No vayas hacia ella. Es mala», me decía. Pero por primera vez ignoré aquella voz hipnotizante y la abracé. Recuerdo que pasé el resto del día a su lado, llorando de impotencia por no saber cómo salir a la superficie. Me abrazó con fuerza y me dijo al oído:

Yo te sacaré de aquí.

En ese momento me la imaginé tendiéndome su larga cabellera, como hizo en su día la princesa Rapunzel de los hermanos Grimm, pero en mi caso era para salir de allí, no para entrar. Mi “princesa” era libre, yo no. Y gracias a su apoyo tomé una dura decisión: distanciarme de Juan.

Juan no se lo tomó nada bien. En los días que siguieron a este acontecimiento su voz resonaba con mayor furia en mi interior. Su aspecto se había vuelto diabólico. Pero me giré hacia la ventana de mi cuarto de nuevo y observé lo que aquella pequeña muestra de verdad me revelaba. Vi a Julia saliendo de nuestra casa con Anec, nuestra preciosa perra mestiza. Mi novia estaba igual de bella que el primer día que la vi, tan natural, tan alegre y viva como siempre. Ella era mi anti-yo, todo lo que yo no tenía ella lo poseía en grandes cantidades. Deseaba ser un poco más ella y menos yo. «¿Quizás fuese eso lo que me enamoró de ella? ¿Y lo que me distanció? Si no me amo a mí mismo, ¿cómo podré amarla de verdad? Nunca había llegado a esta conclusión ¿Por qué ahora? ¿Qué está cambiando en mi?», un hilo de pensamientos saturó mi mente durante unos minutos. Sin duda el distanciamiento de Juan me estaba aclarando las ideas. Su presencia y su sibilante voz seguían incordiándome pero lo ignoraba. Seguí observándola mientras jugaba con Anec y, entonces una mueca extraña para mí se dibujó en mi rostro. Estaba sonriendo. Había recuperado algo que creí haber perdido para siempre: mi ilusión. Ella lo había conseguido. Me estaba sacando de la profundidad. Me estaba salvando. En aquel preciso momento, mi corazón empezó a latir de nuevo con fuerza como hacía antes de que todo esto empezase.

Y del mismo modo en que aquella ventana había atraído a Juan hacia mí, encerrándome en mi mundo sin prestar atención al verdadero, también lo hizo poco a poco desaparecer. De igual manera en que entró en mi cuarto sin yo enterarme, se desvaneció. Había llegado a la superficie. Entonces lo supe. Fui yo quien le abrí la puerta al probar aquella sustancia que inundó todos mis sentidos en un mar de locura. Pero también fui yo quien le dio la espalda hasta que desapareció.

Hoy Juan forma parte de mi pasado. Un pasado que no quisiera olvidar jamás, ya que irremediablemente, yo era Juan. Mi nombre verdadero es Gabriel, pero con el tiempo me fui dando cuenta de que aquel personaje lo había creado yo. Cogiendo, de forma inconsciente, la primera sílaba del nombre de Julia y de Anec, los dos seres que mantuvieron a mi corazón con vida. Dando de este modo forma a un horrible ser que me hizo perder la ilusión por soñar y, sobre todo, por vivir mis sueños.

Aún hoy le sigo agradeciendo su visita. Ahora sé las consecuencias que el falaz sabor de la felicidad puede acarrear de forma invisible para muchos y destructiva para otros. Un sabor que dura toda la vida y que aún hoy siento. Pero no con deseo de volver a probarlo. Juan me enseñó a odiarlo con todas mis fuerzas. Desde aquella fría mañana han pasado ya cinco años. Y hoy, ya en la superficie, cogido siempre de la mano de mi mujer, estamos a punto de cumplir nuestro mayor sueño: ser padres.

Con este escrito quiero agradecer, primero a ti lector que hayas leído mi historia y espero que gracias a ella, Juan también haya conseguido crear en tu interior una emoción especial. Una emoción que solo pueden sentir las buenas personas: empatía. Es fácil juzgar, pero es tremendamente difícil empatizar con la persona que es juzgada. Espero que seas de los que se complican la vida pues solo así se consigue un mundo mejor. Y segundo a mí mismo. Suena ególatra, pero conseguí apreciarme lo suficiente como para volver a amar, y por supuesto a soñar.

Recuerda, si dejas de soñar lo pierdes todo, caes en la indiferencia. Pero si sueñas, serás capaz de conseguir hasta lo más inesperado, como este pequeño milagro que está a punto de nacer iluminando aún más mi mundo después haber estado en la más profunda oscuridad. No hay nada perdido, todo está por soñar.

Fin

La mirada de tu corazón

Si miras con los ojos no verás lo que la vida tiene que mostrarte, abre tu corazón y mira a través de él, solo así comprenderás la verdad.

Recuerdo como si hubiese sucedido ayer, la primera vez que vi mi reflejo. Tenía tan solo dos años y pasé por delante del espejo de la habitación de mamá con mi paso torpe, similar al de un tentetieso. Me paré frente a él y vi el rostro de un niño. «Ese no soy yo, yo soy una niña», pensé. Y asustada, corrí, con las lágrimas en los ojos aún esperando resbalar por mis mejillas, hacia mi madre. Ella me sonrió, pensé que no me comprendería, pero olvidé que las madres siempre lo hacen, porque ellas no nos ven con los ojos sino con el corazón. Me asió en sus brazos, limpió el bálsamo que mi corazón dolorido había vertido sobre mi rostro y me llevó de nuevo frente al espejo. Ambas miramos nuestros reflejos, y volví a ver a ese horrible niño, pero ahora, sobre los brazos de mi mamá. Oculté asustada mi rostro en su pecho y con dulzura me dijo:

—Tu reflejo no te representa, cariño. Solo es algo que vemos con los ojos. Ciérralos. ¿Qué ves? —me sorbí los mocos y traté de cerrarlos intentado calmar mi temor.

—Una niña —dije con timidez y algo de preocupación por su reacción.

—Pues ahí tienes tu verdadero reflejo, y así será siempre. Tú eres y serás siempre mi princesa.

La abracé, nunca me había llamado princesa y me encantaba pensar que pudiese ser como Ariel de “La sirenita”, ella también era algo diferente por fuera, y cuando consiguió su sueño, todos la seguían amando por su interior. Si lo piensas bien la apariencia es efímera y el tiempo poco a poco la erosiona hasta dejarla irreconocible, pero el alma que es custodiada en su interior siempre se mantiene igual y será ella la que un día ascenderá a nuestro verdadero hogar.

Después de sentirme como una verdadera princesa algo dentro de mí, empezó a rugir y noté como si destripara con sus garras mi falsa apariencia para mostrar su verdadero rostro. Volví a mirar al reflejo del espejo y, esta vez, vi una hermosa niña en brazos de mamá. Entonces los supe. Mi alma se había abierto paso por la falsa fachada de mi cuerpo. La vista nos engaña, el corazón es el único que comprende la realidad.