Desde mi arcoíris

La felicidad parecía haberse colado en el interior de la casa de la puerta azul del paseo marítimo de Badalona. La casa de mis papás. Aquel día mamá estaba pintando la pared de mi cuarto, puedo decir que se le daba muy bien dibujar ángeles, pues se parecían mucho a los de verdad. Quizás el tono del cielo real no era tan celeste como ella se lo imaginaba, pero me sentía muy agradecido por el amor con el que revestía mi cuarto. Papá entró al cabo de un rato, cargado con maderas, tornillos, un martillo; a simple vista parecía todo un carpintero pero cuando mirabas más detenidamente veías en él la torpeza que lo caracterizaba. Me reí mucho cuando uno de los palo que compondría mi cuna de ensueño cayó sobre su pie y papá emitió un doloroso quejido semejante al de una niña. A mamá también le hizo gracia, pues su rostro cansado pero lleno de ilusión, dibujó una tierna sonrisa que conquistó mi alma. No podía dejar de mirarla; era tan hermosa. Y al fin, cuando papá se recuperó y mamá dejó de reírse de él, se arremangaron las mangas de sus camisas, intercambiaron una mirada donde ambos vieron reflejada su dicha y procedieron a armar mi cuna.

Esta ardua pero entretenida tarea les llevó toda la tarde, aún hoy la recuerdo con cariño y añoranza, pues en aquel momento la causa de su alegría era mi llegada. Finalmente, después de estar un rato embelesados observando mi cuarto y acariciando con dulzura la tripa abultada de mamá, apagaron la luz y salieron de él. Desde aquel instante, mi cuarto cubierto de amor y sueños, quedó desangelado durante más tiempo del deseado, hasta que otra alma volvió a iluminarlo.

Aquella noche mamá notó un agudo dolor que la obligó a acudir con papá al hospital. Y aunque la vida desde aquí se ve diferente; se siente igual o, incluso, con mayor intensidad por el hecho de poder escuchar sus corazones. Su miedo me llegó como si un viento gélido traspasase mi diáfano cuerpo. Un médico la atendió rápidamente, dejando a papá en una solitaria sala con la única compañía de su ángel de la guarda que intentaba calmar el desasosiego de su alma envolviéndolo con sus alas.

Miré a mi alrededor, aquí sobre mi arcoíris todos parecían tan felices, eran almas igual que, al igual que la mía, no tuvieron la suficiente fuerza para dar el último paso, hacia un mundo donde el odio y la envidia gobernaban los corazones de los hombres. Para ahorrarme dicho sufrimiento mi ángel me recomendó finalizar aquí mi viaje, en un lugar donde podría seguir viendo a mamá y salvar el candor de mi alma. «¿Pero cómo voy a ser feliz sin su sonrisa?», pensé. Volví de nuevo mi atención a ella, papá había dejado la soledad de aquella sala para abrigar a mamá con su amor. Ambos se encontraban ensombrecidos bajo una incandescente iluminación artificial que eclipsaba la luz propia de las almas. El doctor se dirigió a ellos dejando entrever su aflicción, a pesar de haberse encontrado, por desgracia, infinitas veces en esta situación.

—Lo siento —dijo mirando con intensidad los aterrados ojos de mamá—. El corazón de su bebé hace días que dejó de latir.

Su férrea voz llegó a mí como si un rayo procedente de la furia del Creador me traspasara. Miré a mamá. Su rostro se había paralizado, sus grandes ojos de color miel, se nublaron eclipsando su dulce mirada. El espeluznante sonido de su corazón desgarrándose llegó a mí, como el doloroso quejido de la rama de un joven árbol partiéndose.

El calor de las alas de mi ángel, arropando mi desconsuelo, alivió ligeramente mi ánimo. Siempre estaba atento a mí, pero en ese momento un pensamiento nubló todo mi ser «¿Para qué lo va a necesitar un alma que ya no se iba a ver envuelta en las vicisitudes del mundo terrenal?», pensé. Me giré hacia él y advertir mi desolación reflejada en sus ojos ocre iluminando mi alma.

—Lo superará —me dijo intentando ocultarme la falacia que escondían sus palabras.

Intenté creerle y volví mi mirada hacia aquella funesta sala de hospital. Mamá y papá se encontraban abrazados tratando de impedir que el alma del otro huyese en mi búsqueda.

Los días, dieron paso a los meses y la desolación que se alimentaba del corazón de mamá, embebió todos sus sueños desamparándola en un lúgubre vacío que colmaba su alma de melancolía.

El bálsamo que emergía de su afligido corazón y fluía por sus mejillas, había borrado la hermosa sonrisa que alimentaba mi ser. «¿Por qué no tuve la suficiente lozanía para enfrentarme a ese mundo?», pensé. Me sentía triste, pues la debilidad de mi alma había perjudicado el corazón de la persona que más amaba.

—Aún hay una posibilidad —me dijo en tono afable mi ángel.

—¿Una posibilidad para qué?

—Para volver a ver brillar la sonrisa de tu mamá. —Al asimilar la fuerza de sus palabras noté como la luz que alimentaba mi cuerpo translucido, volvía a emerger.

—¿Cuál?

—Enviándole otra alma en tu lugar. Esto no hará que ella se olvide de ti, pero sí que te recuerde con mayor intensidad y dicha.

En ese momento me tendió una de sus alas, me cogí a ella, y volamos hacia el cielo donde nací: el de las almas nonatas. Me alegré de volver, allí me sentía protegido como una perla en el interior de su concha. Tiempo atrás deseaba salir de él, ahora, después de ver lo que esconden los corazones de los hombres, sin duda lo echaba de menos. Reconocí a muchas de las almas que danzaban con despreocupación sobre las frondosas nubes. Pero debía elegir bien; no dudaba de la bondad que rebosaba en su interior, pero mi mamá necesitaba un alma especial; que sanase su dañado corazón y lo colmara de felicidad. Miré a mi ángel, dudoso de lo que estaba a punto de hacer, él me animó con una cómplice sonrisa. Y accedí a darme un paseo por mi antiguo hogar. «Todas son igual de capaces de llenarla de dicha, pero ninguna de aliviarla por completo», pensé. Entonces vislumbré una tenue luz que me era familiar, provenía de una alma que costaba de ver por su extrema transparencia. Estaba perdiendo su fuerza. Me acerqué, y lo reconocí: era el alma que nació de mi misma estrella. Creí que no volvería a verla, pero estaba equivocado. Parecía triste, busqué a su ángel por los alrededores, pero no lo atisbé. «¿Por qué no estaba a su lado aliviándolo?», pensé.

—Hola —le dije con algo de timidez. Mi voz le provocó un respingo, no estaba acostumbrado a que le hablaran. Levantó con lentitud sus ojos, sumidos en un mar atribulado por la desesperación. Su apesadumbrada mirada absorbió la escasa luz que aún habitaba en mí.

—Hola —dijo bajando de nuevo su rostro.

Me senté a su lado, intentando que la cercanía de mi ángel alumbrase su compungida alma. Al rato se sintió con más fuerzas y me contó porqué se encontraba tan triste. Semanas atrás, su ángel de la guarda le comunicó que el encuentro con su mamá estaba muy próximo. Pero éste nunca llegó. El mayor sueño de un alma: arroparse en los brazos de su mamá, no se satisfaría. Pues poco después una triste noticia eclipsó toda su esperanza. Y el ángel que le había cuidado hasta entonces, lo dejó desprotegido de su abrigo «ya no me necesita», pensó y fue en busca de otra alma. Entonces lo supe, por eso mi ángel no me había abandonado, él seguía a mi lado esperando esta oportunidad. Miré de soslayo a mi ángel, y me sonrió levantando sus alas como si todo hubiese sucedido por casualidad «Pues claro —pensé— son ángeles lo saben todo». Tenía delante de mí al elegido, él sanaría el corazón de mamá.

—Ven —le dije tendiéndole mi mano— mamá te está esperando. —Dudó pero accedió a cogérmela.

—¿A dónde vamos?

—Voy a presentártela.

Mi ángel abrió sus alas y nos porteó hasta mi arcoíris. Como desde el cielo no podíamos ver lo que ocurría en la tierra, Dios creó este lugar tan especial para nosotros, los niños que se encontraron a un paso de las puertas de un mundo demasiado cruel para nuestra naturaleza. Un hogar dónde poder sentir el calor del ángel más poderoso de la creación: nuestra mamá.

La superficie del arcoíris es aterciopelada y el olor de su aire, dulce como el de la vainilla. Todo en él te invita a sonreír. No hay lugar para la tristeza, y gracias a esta alma podría disfrutar de dicha felicidad.

—Es ella —le dije mostrándole a una mujer que se encontraba tumbada en su cama, entre arrugadas sábanas y los rayos del sol iluminado su sombría figura. Sus cabellos húmedos debido a las lágrimas de la pasada noche, se le habían adherido a la cara ocultando su hermoso rostro.

—Está muy triste —dijo, con voz tenue.

—Sí; me echa de menos, pero cuando sepa de tu existencia volverá a sonreír. —Me giré para mirarle directamente a los ojos. —¿Te gustaría tener una mamá? —Asintió sin titubear y sonrientes volvimos nuestra mirada hacia ella.

—Pero tú eras el alma que ella esperaba, ¿crees que me amará? —dijo con preocupación.

—Te amará por duplicado. Tú no solo serás su sueño, sino que también mi recuerdo.

Durante varios días observamos juntos a nuestra mamá, ella seguía zambullida en su propio mar de tristeza. Pero una mañana el resplandor del sol la despertó provocándole un fuerte dolor de cabeza. Y corrió de repente hacia el lavado, no presentaba muy buen aspecto. No entendí qué le ocurría, hasta que vino papá y ella le dio la noticia mostrando de nuevo el brillo de su sonrisa.

—Estoy embarazada —le dijo.

Papá la cogió en brazos y le dio varias vueltas en el aire, pensé que se marearía, pero aguantó y no dejó de iluminarme con su felicidad.

—Es la hora —le dije a mi hermano.

—Pero no tengo ángel —dijo mirando al mio abochornado. Sonreí admirado por su inocencia, «sin duda es el elegido».

—Mi ángel será tu guardián. Yo no lo necesito aquí arriba —dije mirando a mi alrededor, las risas de mis amigos me incitaban a unirme a su juego, pero aún me faltaba una cosa por hacer. —¿Me harías un favor? —le pregunté.

—Claro —dijo sin vacilar.

—Cuando aprendas a hablar dile que mi alma se ilumina con su sonrisa y que nunca vuelva a dejarme en penumbras.

Ocho meses después el cielo parecía presagiar lo que ese día iba a ocurrir y todos los fenómenos naturales se dieron cita esa mañana para anunciar la buena nueva. Los rayos, el viento y la lluvia se marcharon con la misma rapidez con la que habían aparecido, dejando el camino libre a un impetuoso sol que descansaba sobre el mar. Y a su lado, uno de los fenómenos más mágicos y hermosos, también quiso dar su especial bienvenida: el arcoíris.

Tras la fachada de la casa de la puerta azul, unos ángeles pintados parecían cantar de alegría susurrando una dulce melodía que llegó hasta sus oídos. Fue entonces cuando mamá asió a su recién nacido y con paso cansado fue hacia la ventana de mi cuarto, se sentó en el alfeizar y observó sonriente mi arcoíris.

—Te amo, hijo mio —me dijo entre susurros. Y yo la correspondí con una centelleante luz que penetró sus ojos, entrando en su corazón en forma del más sincero de los “te quiero”. Y feliz al ver que lo había recibido, me marché a jugar.

Fin

El mundo de los sueños

Érase una vez en un lugar muy remoto vivía una niña de cabellos rosados y piel blanca como la nieve. Sus mejillas parecían dos cuarzos rosas y sus ojos grandes y purpuras te hacían soñar. Su nombre: Galilea. Pues así fui bautizada por mi Creadora. Vivía en un mundo especial, muy diferente al que tú, querido lector, conoces. Pero parte de él depende de ti. Tú eres un Creador. Tu mente ha creado una región solo para ti, en el mundo de los sueños.

Un lugar en el que el sol nunca desaparecía y su luz dejaba una estela brillante y un dulce olor a vainilla. Los habitantes que en él vivíamos estábamos separados por distintas regiones, que se iban, poco a poco, formando gracias a las ilusiones más sinceras y puras de su Creador.

Yo habitaba en Celeste, pues ese era el nombre de mi Creadora. Una arquitecta de sueños. Las regiones podían ser de dimensiones enormes o insignificantes. La mía pertenecía a este segundo grupo, pero no dejaba nada que desear a las del primero, ya que sus sueños eran de los más hermosos. Mi casa estaba hecha de libros, literalmente, las paredes eran columnas de tomos de todos los colores y tamaños, vista desde fuera parecía un libro abierto. Me encantaba. Era la mejor casa de este mundo, al menos. El interior de la casa era un enorme palacio lleno de páginas y páginas escritas. En ella vivíamos muchos más personajes: humanos, animales parlantes y seres fantásticos. Cada personaje tenía su propia historia repleta de grandes dosis de magia y amor. Todos estábamos acostumbrados a nuestros finales felices, pero aunque por aquel entonces no lo sabía, el mundo de los sueños estaba a punto de llegar a su fin y de mí dependía que este fuese feliz o no.

Un día en que el dulce aroma, que el viento transportaba de alguna región vecina, me despertó como cada mañana bajo el centelleante sol, salí de mi casa, feliz como siempre. Fui a saludar, como de costumbre, a mis vecinos que vivían en una hermosa casa en forma de chupete. Todos ellos eran bebés rechonchos y con grandes ojos. Pero ese día no encontré a ninguno. La ausencia de sus contagiosas carcajadas hizo que mi pequeño corazón hecho de ingeniosas ideas se debilitara. Una leve sospecha invadió mi mente y llevé mi mirada hacia mi propio cuerpo. Me sorprendí al ver que mi piel se había vuelto translúcida, en aquel momento decidí no alarmarme y me dirigí como cada mañana a buscar a mi mejor amigo.

Timoteo vivía en la región vecina. Un lugar hermoso lleno de grandes sueños. Él formaba parte de uno de ellos, un sueño de la infancia, imaginé. Pues él tenía el semblante de una pequeña comadreja, pero su pelaje era de un intenso tono azul como el mar. Me gustaba mucho ir a visitarlo pues una dulce melodía sonaba a todas horas inundando nuestros oídos y alimentando nuestras ilusiones, animándonos a soñar. Su Creador, por lo que me contó Timoteo, era un joven muy alegre llamado, en el mundo real, Javi. «Debe de ser una gran persona», pensé el día que me lo confesó. Pues no conocía personaje más dulce, sincero y divertido como mi amigo. Una mala persona no es capaz de crear sueños hermosos. Algunas de estas consiguen sortear a su propia mente con falsos sueños creando una región ególatra, pero la gran mayoría, no crean nada en él. Para mí era un privilegio formar parte de mi mundo, pues era un lugar donde la maldad no tiene cabida y las ilusiones sueñan con hacerse realidad.

Ese día, crucé el enorme umbral que separaba su región de la mía y un extraño escalofrío me envolvió. Las calles y casas seguían como siempre, pero no había nadie en ellas. Me dirigí a la de Timoteo, una especie de madriguera hecha con algodón de azúcar rosado. Nada, ni rastro de él. Sí, todos sus habitantes habían desaparecido. Por lo que deduje que su Creador había dejado de soñar. Entonces lo supe. Volví a mirar mi cuerpo, aterrorizada, y aún estaba más trasparente que antes. Me estaba desvaneciendo. «¿Pero por qué? ¿Qué nos está ocurriendo?», pensé.

No podía quedarme de brazos cruzados. Algo no iba bien y tenía que resolverlo. Sabía cómo hacerlo. El modo no era de mi agrado, pero debía intentarlo. Me armé de valor pues el lugar dónde estaba dispuesta a entrar no era precisamente agradable, y mi ser no estaba acostumbrado a ello. Debía recurrir a mi Creadora para entrar en el otro mundo, el lugar a donde viajaban los sueños rotos: el mundo de las pesadillas.

Me dirigí a lo alto de una torre que se encontraba en el centro de cada región, la mía era de color rosa como mi pelo. Era allí donde podíamos comunicarnos con nuestro Creador. Yo solía ir cada día a susurrarle historias de mi vida aquí y así alimentar sus sueños. Pero ese día estaba a punto de decirle todo lo contrario. Lo que estaba dispuesta a hacer era cruel. Y aunque la amaba con locura, puesto que yo era fruto de su mente, debía hacerlo.

Llegué a la cima en pocos minutos gracias a un ascensor totalmente acristalado que se encontraba situado alrededor del edificio. A medida que iba subiendo este también lo rodeaba permitiéndome así contemplar sin ninguna complicación todo lo que albergaba mi región, desde las altas montañas nevadas donde se decía que vivía una niña con su abuelo, hasta un hermoso mar repleto de seres mágicos. La sala más alta de la torre estaba decorada con suaves sillones de terciopelo, y figuras de caballos alados, como los que solía ver sobrevolando mi cielo. Un único libro presidia el centro de la sala. Custodiado con delicadeza por un cristal que impedía el contacto directo. Su nombre estaba escrito en letras doradas que parecían brillar al leerlas. Reconocí la silueta de la imagen de la portada, era Amel, una de mis compañeras, y sobre ella las palabras seguían incitándote a leerlas. Las había leído todas las veces que había subido, pero esta vez me detuve más de lo normal, aunque no tenía tiempo, eclipsada por la fuerza de su mensaje: «la magia del amor». Conocía a sus personajes, pues vivían en mi casa, y también su historia. Y como último objeto y no menos importante que aguardaba deseoso formar parte del mundo real: una cuna hecha de madera y pintada de un suave tono celeste. Me acerqué decidida a la ventana. Miré hacia mi casa y la de mis pequeños vecinos, con añoranza. Suspiré. Cerré mis ojos y grité mis palabras para que le llegaran a Celeste con mayor intensidad.

Nunca lo conseguirás. Nunca serás escritora ni —titubee— madre.

Mis duras falacias calaron antes de lo que pensaba en su mente. «¿Quizás alguien ya se las había dicho antes que yo? ¿Pero quién? ¿Y por qué?», pensé. Una luz me envolvió con fuerza. Sentí un profundo dolor por todo mi cuerpo y como si de magia se tratase, me desvanecí.


Tardé unos segundos en volver a notar mis pies sobre el suelo. Pero no abrí en ese momento los ojos. Estaba asustada, aquel lugar me trasmitía un vacío enorme. Su hedor traspasaba mis fosas nasales penetrando hasta mi garganta. Hacía frío y a través de mis párpados aún cerrados noté la inmensa oscuridad que me rodeaba. Abrí los ojos. Y lo que vi me aterrorizó. Era horrible, era el peor mundo que podía existir. El sol allí no hacía acto de presencia, en su lugar una pequeña luna de color carmesí gobernaba los cielos del mundo de las pesadillas. Mi ilusión por lo que siempre había creído: los libros, la palabra escrita, las historias de amor y fantásticas, estaba disipándose y cubriéndose de bruma. Cada vez veía más difícil llegar a cumplir el sueño de Celeste. Ya jamás escaparía de este mundo infernal.

Miré a mi alrededor sin saber a ciencia cierta qué era lo que buscaba. Me encontraba en una región. «¿Será la de mi Creadora?», pensé. Pero cuando vi mi casa, no tuve ninguna duda. Allí estaba en forma de libro abierto. Aunque no parecía la misma: su aspecto era lúgubre, el tejado estaba lleno de moho y las paredes hechas de libros rotos. Mi ser se llenó de la más profunda melancolía al ver aquella imagen. Todo estaba exactamente igual que mi región, pero engalanado con un aspecto siniestro. Y lo peor de todo es que vi en ella a todos los personajes que Celeste había creado: los bebes, los personajes de cuentos e historias que salían de su ingenio, los animales fantásticos, etc. Solo faltaba yo. Y ahora ya no quedaba nadie en mi mundo. «¿Significa esto que Celeste ya nunca volverá a soñar?», pensé. Nadie podría susurrarle ya sus sueños. Miré con atención a los personajes con los que había convivido durante toda mi vida. Algunos ya estaban cuando yo nací, otros llegaron más tarde, pero todos éramos una gran familia creada a partir de nuestra arquitecta de sueños. Pero parecían diferentes. Me acerqué a Amel, la protagonista del libro que con tanto cuidado se custodiaba en la sala más alta de la torre, pero no parecía verme. Me dirigí apesadumbrada hacia Samuel, un hermoso bebé que se encontraba sentado sollozando. «No ríe», reparé horrorizada. Quise calmarlo, pero sus grandes ojos estaban velados, no me podía ver ni sentir. Dejé atrás esos horribles sollozos que perturbaban mi ser y levanté mi mirada «Debe de quedar parte de mi mundo en algún remoto lugar del corazón de estos personajes», pensé. Seguí caminando por aquel mundo, esperando encontrar un ápice de ilusión y color en él, pero lo que encontré aún me conmovió más. Sentado sobre un banco de madera astillada estaba Timoteo. Su pelaje que antes brillaba con un precioso tono azul ahora era gris, como el resto de personajes que me había encontrado. Ninguno mantenía su color. Era como si este mundo se hubiese impreso en tonalidades grises. Me acerqué a él, lo echaba de menos, al fin y al cabo había sido mi mejor amigo. Pero éste no se inmutó al verme. Sus ojos me miraban, pero por primera vez en su interior pude ver la Nada. Muchos libros y películas del mundo real la representan como algo físico,una niebla, un lugar… Pero no. La Nada es la ausencia de ilusión. Agaché mi cabeza, apesadumbrada, y con más valor que nunca decidí arreglar esta situación. No sabía cómo, ni qué estaba sucediendo, pero existía en alguna parte de ese terrible mundo una oscura fuerza que estaba destruyendo los sueños.

A lo lejos, encontré una torre que se alzaba hasta el cielo. Se parecía a las que existían en mi mundo, pero ésta era oscura y su cúpula estaba cubierta de una neblina gris que engullía todo lo que encontraba a su paso. Después de quince minutos subiendo escalones por fin llegué a la cúpula. «Son tan crueles que no ponen ni ascensor», pensé. No sabía por qué pero mi intuición me advertía del peligro en el que entraría al cruzar la puerta. Me vinieron a la cabeza mis vecinos de cuentos, mis bebes y mi mejor amigo Timoteo, y la abrí: por ellos, por Celeste y por mí. En su interior se encontraba el ser más terrorífico que jamás había visto. Un personaje oscuro de mirada aterradora, dientes afilados y sonrisa malévola. Aún no me había visto. «Por suerte», pensé. Y me quedé observando lo que hacía. Con la ayuda de una especie de megáfono pregonaba palabras a los cuatro vientos. Su voz resonaba por todo su mundo inundándolo así de un atronador sonido.

—Eres mala, muy mala escribiendo. Jamás llegarás a nada. Tus historias no llegaran a ver nunca la luz. —Mi corazón dio un agudo respingo como respuesta a dichas palabras. Él era el ser que me estaba destruyendo.

Sin querer, choqué contra una mesita que había a mi lado y una lámpara que desprendía una luz roja se tambaleó, provocando un estruendo que alertó al ser. Se giró con rapidez hacia mí. Sus ojos me penetraban, estaban completamente vacíos. Su oscuridad era infinita y en ellos me sentí perdida y desalentada. Estaba aplastando con su mirada toda la ilusión que quedaba en mi interior. «¿Qué estoy haciendo aquí? Él tiene razón: jamás llegaré a ver la luz en el mundo real», pensé hechizada por su oscuridad. Me sonrió. Parecía satisfecho de verme en su mundo ¿Quizás era lo que pretendía? Entonces lo supe. «Esta era la advertencia, pero ¿quién la había puesto en mí? ¿Celeste? Quizás no sea demasiado tarde», pensé más animada. Ella deseaba seguir soñando y me lo había comunicado con aquel sentimiento que había hecho brotar en mí. Él quería que viniese para acabar con mi ilusión y así crear en la mente de Celeste la más profunda Nada. Pero estaba equivocado, no había venido gracias a él, sino que había llegado por ella, desde su mundo me había guiado y juntas pondríamos fin a todas las pesadillas. No retiré mi mirada de la suya, aunque me costó, la aguanté desafiándole. Él parecía sorprenderse pero no se achicó. Se apartó de aquella especie de megáfono y se acercó estrepitosamente a mí. Parecía molesto ante mi perseverancia y, finalmente, al ver que no me inmutaba ante su presencia me gritó con fiereza:

—¡Fuera! —Su voz turbó a todos los seres de su mundo. Llevando su atención hacia aquella oscura torre.

—JAMÁS —dije.

Miré tras él, y una idea brotó en mí. «Gracias», pensé agradeciendo su fiel ayuda. Corrí a través de él, sin duda yo era más ágil, y llegué al megáfono. Lo miré, su rostro ahora reflejaba miedo. Lo que confirmó mis sospechas y me dio la fuerza para actuar.

—NUNCA DEJES DE SOÑAR. CREE EN TI, CELESTE. SERÁS UNA GRAN ESCRITORA Y… —volví a titubear pues sabía cuánto deseaba ese sueño— UNA GRAN MADRE.

Aquellas palabras que salieron de mi boca cayeron como finos copos de nieve sobre aquel ensombrecido mundo, cubriéndolo de luz y alegría. No solo había ayudado a Celeste sino que mis palabras habían devuelto la ilusión a muchos más Creadores.

En aquel momento, algo estalló con fuerza tras de mí. Me giré, y vi caer una pluma negra al suelo. No había rastro de aquel ser, tan solo aquel objeto. La cogí y en aquel momento vi, a través del ventanal de la torre, como todos los seres de aquel lugar habían vuelto a su verdadero hogar. Acto seguido sentí un plácido calor por todo mi cuerpo y me disipé, como la nieve al caer a un húmedo suelo, sin dejar rastro.

Para mi sorpresa no regresé de nuevo a mi mundo, sino que aparecí en otro, el real. El mundo de Celeste. Ella y aquella extraña pluma me habían dado la vida. Y hoy, querido lector, si estás leyendo estas palabras, tú eres testigo de que los sueños se hacen realidad.

Fin

Dedicado con cariño a mi primo Javi que este año nos dejó en el mundo real pero que seguirá habitando siempre en el mundo de los sueños.

La mirada de tu corazón

Si miras con los ojos no verás lo que la vida tiene que mostrarte, abre tu corazón y mira a través de él, solo así comprenderás la verdad.

Recuerdo como si hubiese sucedido ayer, la primera vez que vi mi reflejo. Tenía tan solo dos años y pasé por delante del espejo de la habitación de mamá con mi paso torpe, similar al de un tentetieso. Me paré frente a él y vi el rostro de un niño. «Ese no soy yo, yo soy una niña», pensé. Y asustada, corrí, con las lágrimas en los ojos aún esperando resbalar por mis mejillas, hacia mi madre. Ella me sonrió, pensé que no me comprendería, pero olvidé que las madres siempre lo hacen, porque ellas no nos ven con los ojos sino con el corazón. Me asió en sus brazos, limpió el bálsamo que mi corazón dolorido había vertido sobre mi rostro y me llevó de nuevo frente al espejo. Ambas miramos nuestros reflejos, y volví a ver a ese horrible niño, pero ahora, sobre los brazos de mi mamá. Oculté asustada mi rostro en su pecho y con dulzura me dijo:

—Tu reflejo no te representa, cariño. Solo es algo que vemos con los ojos. Ciérralos. ¿Qué ves? —me sorbí los mocos y traté de cerrarlos intentado calmar mi temor.

—Una niña —dije con timidez y algo de preocupación por su reacción.

—Pues ahí tienes tu verdadero reflejo, y así será siempre. Tú eres y serás siempre mi princesa.

La abracé, nunca me había llamado princesa y me encantaba pensar que pudiese ser como Ariel de “La sirenita”, ella también era algo diferente por fuera, y cuando consiguió su sueño, todos la seguían amando por su interior. Si lo piensas bien la apariencia es efímera y el tiempo poco a poco la erosiona hasta dejarla irreconocible, pero el alma que es custodiada en su interior siempre se mantiene igual y será ella la que un día ascenderá a nuestro verdadero hogar.

Después de sentirme como una verdadera princesa algo dentro de mí, empezó a rugir y noté como si destripara con sus garras mi falsa apariencia para mostrar su verdadero rostro. Volví a mirar al reflejo del espejo y, esta vez, vi una hermosa niña en brazos de mamá. Entonces los supe. Mi alma se había abierto paso por la falsa fachada de mi cuerpo. La vista nos engaña, el corazón es el único que comprende la realidad.

La última campanada

Anoche, mientras la luna alumbraba en todo su esplendor, sucedió algo extraordinario. Algo que yo jamás habría creído posible, cambió mi vida en cuestión de segundos. Nada volvería a ser lo que era.

Todo ocurrió antes de que sonase la última campanada. Mi corazón estaba desbocado, mirando el reloj de la puerta del sol. No era el primer año que pasaba la última noche del año allí, pero esta estaba a punto de convertirse en inolvidable. Las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. Acababa de meterme en la boca la penúltima uva. Miré de soslayo a Julia, mi novia, que estaba a mi derecha. No parecía muy feliz. A ella no le gustaban estos jaleos pero yo la había animado a venir. Creí que se lo pasaría bien, pero por lo visto me equivoqué. Giré, algo afligido, mi mirada de nuevo al reloj. La gente vitoreaba ya la entrada del nuevo año. Ansiosos por dejar en el olvido este año y empezar uno lleno de nuevas posibilidades y propósitos. Les miré como si fuesen extraterrestres, no los podía entender. Para mí era indiferente que acabase un año y entrase otro. «Todo seguirá igual mañana», pensé. Pero me equivocaba.

Mi mano ya había cogido la última uva, dispuesta a metérmela en cualquier momento en la boca. Miré de nuevo a mi novia. Su rostro seguía igual de compungido, pero algo en él me llamó la atención. No se había movido ni lo más mínimo, ni siquiera parpadeaba, ¿qué estaba ocurriendo? La uva, entre mis dedos, estaba empezando a resbalar. Llevaba mucho tiempo esperando que sonase aquella última campanada, «demasiado», pensé.

El reloj parecía haberse parado, miré la uva, «¿y ahora qué? ¿Estamos en el dos mil dieciséis o en el diecisiete?». Una extraña sensación invadió todo mi cuerpo, provocándome un escalofrío. Nadie decía nada. Nadie se quejaba. «Con la que liaron un año porque se había cortado la emisión de las campanada en televisión. ¿Y hoy que se para el reloj justo en la última campanada, nadie dice nada?» Algo no iba bien. Pero ¿el qué? Julia seguía en la misma posición que hacía cinco minutos. Miré a mi alrededor asustado. Nada. Todos estaban paralizados. «Debe de ser una broma», pensé. Pero en una broma al cabo de un tiempo todos se ríen y dicen—: Inocente. Pero nadie me lo decía. Nadie se inmutaba, entonces me sentí vacío y solo. Quizás si supieses todo lo que poseo, pensarías que estaba loco por sentirme así. Pues sí, no acababa de entender por qué me sentía así de mal. Tenía todo y más de lo que un hombre de mi edad pudiese desear, pero en cuestión de segundos me lo habían arrebatado todo. Hasta la luna antes resplandeciente parecía haberme abandonado. Frente a mí, una luz iluminó lo que quedaba de mí: mi sombra. Adornada eso sí, con sus mejores galas y joyas, pero no dejaba de ser oscura como si de repente su foco, en este caso mi cuerpo, se hubiese apagado. Miré la misteriosa luz asombrado. «¿Quizás ella tenga la solución?», pensé guiado por una extraña locura.

Un ser de no más de un metro de altura salió de entre sus propias alas, mostrándome su rostro. Sus cabellos dorados como la luz del sol reposaban formando grandes rizos sobre su cabeza. Su cara rosada y sus ojos extremadamente brillantes me transmitieron tranquilidad y sosiego. Vestía un largo vestido blanco como la nieve, que le cubría hasta los pies. Su apariencia, sino estuviese volando y reluciendo como una antorcha, era como la de un niño. Pero aunque me costó admitirlo, no tuve duda alguna, se trataba de un ángel.

—Hola Marcos —me dijo en tono dulce y suave.

No podía hablar, un nudo en la garganta me lo impedía. La abrí para tratar de emitir algún sonido, pero de mi esfuerzo no salió nada. Tenía la boca seca. Tragué saliva y esperé a que continuara.

—¿Sabes quién soy? —Negué con la cabeza—. ¿Sabes por qué estoy aquí? —Volví a negar—. Soy tu ángel de la guarda Marcos, mi nombre es Haziel. No he venido por ti, contigo ya lo intenté todo y no funciono, sino para salvarla a ella. —Señaló con su cabeza a Julia. «¿Por qué? ¿Qué le ocurre?», quise preguntarle pero en lugar de eso estas palabras se repetían como un disco rayado en mi mente—. ¿Cuál es tu deseo para este nuevo año? —Alcé mis hombros en señal de duda, no entendía a cuento de qué venia aquella pregunta. Esperé, pero no parecía conformarse con mi silencio, así que me aclaré la garganta y conseguí hablar:

—No tengo ninguno. No… —titubee, pues ahora no sabía en qué creía y en qué no— no creo en esas cosas.

—Lo sé, por eso he venido. ¿Crees que solo existe lo que tus ojos pueden ver, no es así, Marcos?

—Asentí entornando los ojos, «¿A dónde quiere ir a parar?», pensé—. ¿Y qué me dices de mí? ¿Crees en mí? —Me quedé pasmado, no esperaba aquella vuelta de tuerca.

—No, digo, bueno ahora sí. Pero…

—Pero no soy real, no al menos para ti. ¿No es así? ¿Quién ha hecho esta clasificación sobre qué es o no real? —Volví a alzar mis hombros, empezaba a no entender nada de lo que me decía, y me estaba desesperando—. Pues, a partir de hoy vas a rodearte tan solo de tu realidad, de todo lo que puedes ver y por lo tanto creer. Mi misión contigo está a punto de acabar —dijo en tono afligido. No parecía satisfecho consigo mismo.

—Espera, ¿y qué hay de ella? —Señalé a Julia—, ¿y del resto de personas? ¿Volverán a su estado normal?

—No —dijo con rotundidad.

—No lo entiendo. Ellos son reales.

—Sí claro, igual que yo. Pero esto es lo único que puedes ver de ellos, y por lo tanto es en lo único que crees. Su alma que es lo que no se ve, ya no está en su interior. Ahora mismo tan solo hay lo que ves tú a simple vista. Esto Marcos —dijo levantando la vista hacia el resto de personas inmovilizadas que se encontraban celebrando fin de año en la puerta del sol y señalándolas con sus alas dijo—: es todo en lo que tú crees. ¿Creías ser feliz tan solo con esto, no? Todo lo que de verdad importaba para ti: tu trabajo, tu físico y tu dinero. Lo tienes. Así que ¿por qué no te sientes feliz? No te entiendo. ¿Qué es lo que quieres? —dijo en tono retorico sin esperar respuesta, pero contesté:

—Necesito —titubee— yo… —miré mi nuevo reloj Rolex que me había comprado hacia dos días. Ahora ya no me hacía sentir bien, ya no me hacía sentir nada. Mis ojos empezaron a empañarse— no puedo ser feliz sin ella. —Miré a Julia. Su sonrisa invertida, a pesar del día, el lugar y el momento de celebración en el que nos encontrábamos, me cautivó. Me había vuelto un egoísta que solo miraba por mí. Y ella en cambio —pensé— se conformaba con verme feliz. En ese momento, en que mis ojos seguían inmersos en su profunda tristeza, noté un agudo pinchazo en el pecho.

—La tienes. La única diferencia es que ahora sólo tienes lo que en ella puedes ver. Su interior está vacío.

—Las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas a consecuencia de aquellas duras palabras. —Los seres humanos sois mucho más de lo que a simple vista podéis ver. Todo lo que creéis ver, no es ni la mitad de lo que existe, pues no son los ojos los que ven, sino el alma. Ella es la que os mantiene con vida, la que os hace sentir tristeza, alegría, preocupación, amor… Sin ella sólo sois —dirigió una mirada apesadumbrada hacia Julia— un cuerpo vacío.

—¿Cómo puedo recuperarla? —pregunté desesperado.
—Deseándolo. El tiempo es algo efímero. Los años vienen y se van, a veces dejan consigo objetos materiales como: relojes, coches, casas, dinero, pero esto no es lo que hace feliz a tu alma. Dicha felicidad no es visible. Se encuentra escondida tras los recuerdos y las personas que los protagonizan. Cree. Pues es tu alma quien decide qué existe y qué no, no tus ojos. Ahora debo marchar, lo dejo en tus manos. Puedes creer y pedir un deseo para el nuevo año, o bien, seguir como hasta ahora e intentar ser feliz con la realidad que te muestran tus ojos. Tú eliges.

El ángel se desvaneció tras sus últimas palabras. El silencio me inundó. Me sentí como si me estuviese sumergiendo en un profundo océano y, poco a poco, se me estuviese agotando el oxígeno. Miré a Julia. Las lágrimas, que ahora corrían sin resistencia alguna por mis mejillas, me dificultaban apreciar su profunda y triste mirada. Giré de nuevo la cabeza hacia el reloj, seguía marcando las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos, cogí de nuevo mi última uva, cerré los ojos y pedí mi deseo para el nuevo año. En ese momento, la última campanada estalló en mis oídos rompiendo aquel doloroso silencio y me metí, al fin, mi última uva en la boca. Miré a Julia, que masticaba con dificultad su última uva. Le sonreí y vi en su interior su luz. Aquel brillo que antes no podía ver. Se trataba de su alma. Una preciosa sonrisa se dibujó en su rostro. Entonces lo supe. Los deseos que proceden del alma se hacen realidad. Hacía mucho que no la veía así de feliz. «Ahora sí que lo tengo todo», pensé y me abalancé hacia ella. Sentía como si llevase años sin verla. Y la besé.

Anoche pasé la noche más extraña de mi vida, sí, pero también la más hermosa. Ahora veo a través de mi alma, y la vida se ve diferente. Ahora sé que no todo lo que veo es real, ni todo lo que no veo no lo es. Me siento feliz, hoy mi vida tiene sentido. No gracias a mi dinero, ni a mi cuerpo, ni a mi nuevo Rolex, sino gracias a la sonrisa de Julia y al ángel que me hizo de lazarillo cuando mi alma estaba ciega. Gracias Haziel por abrir mis verdaderos ojos y, ayudarme a creer. Gracias Julia por ser lo primero que vio mi alma al despertar. Y gracias a ti, querido lector, por leer mi historia. Quizás a ti no se te apareció ningún ángel anoche, pero piensa con qué ojos ves la vida y pide con humildad tu deseo para este nuevo año. Y, sobre todo, CREE.

Fin